Infelices para Siempre

La ladrona Enmascarada.

El mundo se fue alejando cada vez más mientras la diminuta figura de Caelan se difuminaba en la distancia. El viento cortaba su piel como una navaja segundos antes de que el frío la envolviese oscureciendo su mundo. Ariadne cayó y, rodeada de sombras, hizo el intento por gritar, pero solo logró dejar ir el poco aire que aún le quedaba. Su cuerpo, atrapado en el vestido, se hundía cada vez más mientras la corriente la llevaba lejos. Luchó por subir, lo hizo, tomó aire, volvió a hundirse. Las telas la arrastraban, haciéndole imposible librarse de la espiral de burbujas que contenía sus gritos cada vez que hacia el esfuerzo por subir y era tirada, una vez mashacia el fondo. Veía gris entre las luces que apenas se filtraban, un sabor terroso golpeaba su lengua al tragar bocanadas de agua y, mientras más quería escapar, más lejos era llevada. Se estaba ahogando, luchando contra su propio cuerpo por sobrevivir contra una corriente iracunda que la arrastraba lejos de su cuento. Entonces sintió una fuerza halar de ella y, dando vueltas, volvió a caer.

Voy a morir.

No hubo gritos esta vez,

No quiero morir.

Solo perduraron las sombras y un dolor abrasador envolviendo su cuerpo cuando este cayó de espaldas contra el final del arroyo.

Se quedó quieta, inerte, viendo las luces a través del agua teñirse de negro mientras se dejaba llevar por su propio peso. El mundo se pausó y por un segundo, mientras flotaba, todo pareció insignificante. El dolor, Caelan, Leandra, su cuento. Se sintió de nuevo en la torre, bien alta sobre el cielo, pero en vez de mirar hacia la niebla, caía directamente hacia ella y hacia aquellos terribles ojos amarillos. Lentamente sus labios se entumecieron, sus dedos se volvieron fríos y cerró los ojos despacio cuando el negro sobre el agua se volvió lo único que sus ojos veían.

Entonces la sombra se movió y algo la tomó del brazo halándola con fuerza hacia arriba. Un movimiento tan brusco que el golpe de su cuerpo contra la tierra la obligó a toser una y otra vez luchando por aire, soltando el agua que tenía dentro y pudiendo al fin... respirar.

Se volteó, su garganta ardía con cada bocanada y sus dedos se aferraron a la tierra con fuerza como abrazándola.

—Gra... gracias —balbuceó.

Pero al levantar la vista no había nadie.

Observó el callejón vacío, oscuro e infinito enfrente de ella, guiando a un submundo desconocido. A sus espaldas el arroyo dividía la ciudad y más allá de este, en la lejanía, el castillo, donde las luces de una celebración que no terminaba, aún bañaban la vista. Su celebración, su banquete. Era un momento nuy importante y todos seguían de fiesta.

Ariadne trató de levantarse y gimió de dolor. Le dolía todo, sus pies, sus manos, estaba segura de estar herida en alguna parte, perdió su zapato izquierdo y ahora encima estaba llena de lodo hasta la barbilla. Intentó removerlo y, aunque no podía verse, juró que lo había dejado peor.

Pero sigues viva, dijo una voz en su cabeza.

Suspiró. Aquella mujer, Leandra, enloqueció, la había lanzado del balcón. A ella, a una princesa. El cuento debió elegirla como villana, pero no tenía sentido. Era hermosísima. Casi podría ser una princesa ella misma, sin embargo su alma estaba más podrida que las manzanas. Recordarlo le daba escalofríos. Se aseguraría de que la encerrarían en un calabozo cuando regresase. Reanudaría su boda con Caelan y todo regresaría a la normalidad. A fin de cuentas él la amaba. Solo tenía que volver.

Si es que podía.

Regresar por el arroyo era imposible, a menos que en las últimas 24 horas hubiese aprendido a escalar, que era algo que estaba segura no se le daba bien.

—Tan bien como caer de una cascada —se respondió observando su hogar en la distancia antes de voltearse al oscuro callejón—. No es como si hubiese más dragones.

Cojeando se alisó el vestido y paso a paso se adentró en los silenciosos recovecos de su reino.

Puertas cerradas, ventanas con ojos y murmullos a voces fue lo primero que la recibió. No la luz de los faroles, que en aquel lugar parecía inexistente, sino la falta de vida alguna que se apreciaba en las calles y, a su vez, el exceso de la misma. Ariadne no podía evitar sentirse observada en aquella abrumadora soledad que la acompañaba. Pero tampoco se sintió más tranquila cuando empezó a ver personas.

La imagen de su pueblo recibiéndola, alegre y entusiasmado, del día anterior ya no se encontraba. En cambio, miradas hoscas de rostros ajenos, escupitajos fugaces justo hacia sus narices o incluso gestos de desprecio mientras la ignoraban. Ni una sola de estas personas se dignaba a acercarse para ayudarla o siquiera preguntarle si estaba bien.

—¿Pero qué les sucede? —balbuceó para sí misma.

Se arrastró un par de metros más antes de encontrar a una señora y su hijo entrando en su vivienda entre cordiales sonrisas. Sintiéndose aliviada decidió acercarse.

—Buenas noches, buenos ciudadanos, si fuesen tan amables de...

Pero estos la observaron y, antes de que pudiese terminar de hablar, corrieron a su vivienda y le cerraron la puerta en la cara.

—Qué groseros. Bien podrían mostrar un poco de cortesía.

Habló lo suficientemente alto, pensando que recapacitarían, pero eso solo hizo que también cerrasen las ventanas.

—¡Nada les costaría ser amables!

Igualmente no hubo respuesta. Ariadne parpadeó varias veces antes de suspirar y girar sobre sus pasos rumbo a quién sabía dónde. No tenía sentido nada de lo que había ocurrido. No solo el incidente de la bruja o su prometido. Se supone que en los cuentos cuando la princesa está perdida o en problemas, todos la ayudan. ¿Por qué el autor estaba escribiendo algo tan irreal?

El autor nunca se equivoca, nada es un error.

—¡Ya sé!

Zapateó en el suelo y autoseguido se arrepintió cuando un pinchazo le subió desde el tobillo hasta media pierna haciendo que sus ojos se llenasen de lágrimas. Estaba sola, tenía frío, el fango la cubría y se había roto el vestido. No sabía cómo regresar a casa. ¿Por qué el autor no la ayudaba?




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