Sus párpados pesaban. Hizo un vago esfuerzo al inicio, sintiéndose como una niña pequeña que intenta quedarse más tiempo en la cama, pero su incomodidad era tal que terminó luchando por abrir los ojos y encarar el lugar en el que se encontraba.
No lo reconoció en primera instancia. Las paredes de piedra desnuda, la ventana rota y los, cada vez más notorios, trastes regados por doquier, con tantas telas de araña que pareciese que llevaban ahí décadas. La humedad inundaba su nariz con un fuerte olor a moho y el polvo que se podía ver volando entre los pliegues de luz que se colaban en la estancia y, sin embargo, Ariadne se sentía tranquila. Una seguridad que creyó perder en el momento en que se aventuraba hasta el final de su cuento, dejando atrás recuerdos que ella sentía nefastos.
Intentó levantarse y casi al instante cayó. Su cuerpo temblaba en pequeños espasmos que solo le recordaron aún más la noche anterior.
¿Realmente había sucedido?
Miró los moretones en sus manos, como enormes salpicones violáceos que manchaban la blancura de su piel. Algunos surcados por finas líneas rojizas y magulladuras. Se observaba sucia, llena de tierra y mugre que se había asentado durante la noche. Inclusive su cabello, antes caoba, ahora se veía de un color marrón fuerte, como la madera podrida.
Huele a madera podrida.
Arrugó el rostro mientras frotaba un mechón de cabello intentando limpiarlo en vano, hasta que terminó por rendirse y enfrentar el verdadero problema.
Su pie se había hinchado. No levemente hinchado, parecía que tenía una canica debajo de la piel y que esta había inflamado toda el área alrededor. Lo pinchó con el dedo, apenas molestaba, pero no estaba segura de que fuese a pensar lo mismo si se ponía de pie.
— No parece roto.
Alzó la vista a la cálida voz, encontrando a su salvadora saliendo del sótano. Esta vez vistiendo como cualquier otra aldeana, con un vestido de lino amarillento y un corset marrón ajustando su cintura. Los volantes, cortados por encima de sus tobillos, dejaban ver unas botas magulladas y embadurnadas en lodo. A la luz del día su piel blanca se veía canela, como un caramelo suave que resaltaba aún más la negrura de su pelo y la intensidad de aquella marca roja en su cara.
— Podría darte algo para asegurarlo —comentó pasando por su lado—, pero igual no hará diferencia.
— Buenos días...
— ¡Oh! Sí, claro... buenos días, Arya —encogiéndose de hombros empezó a rebuscar entre sus trastes, más regando que organizando en sí—. Tu vestido estaba hecho un asco, lo tienes en una esquina, pero yo que tú lo quemaba. Saldrá más barato que lavarlo.
— No tengo... nada más que ponerme.
— Puedes tomar alguna de mis ropas, aunque ninguna te va a ayudar a entrar al cuento.
Con una sonrisa burlona señaló a un montículo de ropa en el suelo con un olor rancio algo característico. Ariadne arrugó el rostro de imaginarse en eso, pero Sybill no estaba bromeando.
— ¿Y... dónde puedo lavarme?
Enarcando una ceja, la morena se volteó hacia ella antes de carcajearse con fuerza. Estuvo así un par de segundos antes de observar el sonrojo en las mejillas de la chica.
— ¿Estás de joda? Venga, vístete. No tenemos todo el día antes de que empiece el evento del fin del cuento.
Ariadne se detuvo a medio levantarse, reaccionando como un resorte a las palabras de la chica. Hoy era el final de su cuento. Su padre celebraría la boda al atardecer. ¿Pero qué boda iban a celebrar si ella no estaba allí? Todos deberían estar buscándola.
Caelan debería estar buscándola.
— Wow, ahora esa sí es una sonrisa.
— No estoy sonriendo —Ariadne se apresuró a levantarse, cojeando hacia el montón de ropa sucia.
— No estarás pensando en intentar colarte en la boda real, ¿verdad?
Sybill bufó, observando cómo la chica husmeaba entre los trapos con desdén. Rodó sus ojos antes de tomar una fruta de encima de la mesa y empezar a morderla.
— Escucha lo que te digo, personas como nosotras no debemos inmiscuirnos en los cuentos. No nos conviene —continuó, apenas ganándose un asentimiento por parte de la joven—. No importa qué tanto creas que la fama y el dinero te alcanzarán si entras en una historia, nada bueno sale de ahí. Si lo que quieres es dinero, puedo unirte a mi gremio. Te presentaré un par de personas que seguro estarán interesados en tu contacto para las joyas de imitación. Será fácil y te garantizo que ahí sí encontrarás lo que buscas.
— No tiene idea de lo que busco.
— Lo que todos buscamos, lindura —respondió antes de dar una enorme mordida a la fruta—. Seguir sobreviviendo en esta mierda de mundo, de la mejor manera posible.
Ariadne, conforme con su elección de lo que ella pensaba era lo menos repugnante, se volteó hacia la chica y parpadeó varias veces al verla morder una manzana. Tragó con fuerza, una parte de sí esperando ver gusanos brotar de la fruta; pero solo consiguió que la morena subiese una ceja.
— ¿Qué pasa? ¿Quieres una?
La chica negó.
— No me gustan las manzanas.
Sybill se encogió de hombros y siguió desayunando tranquilamente. Sin ningún inconveniente mágico o desagradable que la hiciera empatizar con su compañera. No había nada en esa chica que la hiciese confiar en ella. Lo más lógico sería botarla a la calle y que se las apañase sola, dejarla a su suerte. Pero los pendientes que le había dado en la noche anterior gritaban dinero alto y claro. Al inicio pensó que eran zafiros, la falsa ilusión que la luna creó para engañar sus ojos. Pero a la luz del día; ¡oh!, a la luz del día su valor relucía más alto. Lapislázuli incrustado en oro rosa con cuarenta diamantes. Uno solo de ellos servía para saldar un cuarto de su deuda. Y no eran solo los pendientes, ella traía un collar a juego, más disimulado, escondido bajo su ropa, pero aún visible. Peor aún era el destrozado vestido, seda color cian, por las ataduras que llevaba seguro que estaba incrustado con algún tipo de perlas o diamantes antes de que se rompiese. No conocía a una sola persona de los barrios bajos que pudiese adquirirlos, solo alguien de alta cuna sería capaz de andar por ahí luciendo una combinación como esa tan descuidadamente. Sin embargo, la chica no parecía ser una noble, ni de lejos. Caminaba con torpeza, tartamudeaba y desconocía hasta los protocolos más sencillos de etiqueta. La había engañado por un segundo, pero verla allí vistiéndose sola no demostraba sino que era un teatro bien montado.
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Editado: 30.10.2026