Infernum

1

La pantalla del teléfono iluminó tenuemente el rostro del Padre Choi. El mensaje era breve; lo había leído tantas veces durante el trayecto que ya podía repetirlo de memoria, pero aun así permaneció unos segundos observándolo, con el pulgar suspendido sobre la pantalla; había llegado el momento.

Bloqueó el teléfono y lo guardó en el bolsillo de la sotana. Sobre el asiento del acompañante descansaban una Biblia, una pequeña botella de agua bendita y un rosario oscuro que había llevado consigo durante años. Tomó los tres objetos antes de abrir la puerta del vehículo.

La lluvia golpeaba con fuerza el techo. A varios metros, apenas visible entre los árboles, se encontraba la casa. Era una construcción tradicional coreana apartada de Haenam, rodeada por un bosque que parecía extenderse indefinidamente detrás de ella. La iluminación exterior era escasa. Una lámpara junto a la entrada permanecía encendida, aunque parpadeaba ocasionalmente con las alteraciones provocadas por la tormenta.

Choi permaneció unos segundos junto al vehículo; había realizado aquel recorrido otras veces, había entrado en otras casas, había escuchado testimonios similares, personas que aseguraban escuchar voces donde no había nadie. Familias convencidas de que uno de sus integrantes había cambiado de un día para otro. Enfermos que reaccionaban de manera extraña ante objetos religiosos y había aprendido a no precipitarse. La desesperación podía hacer que una persona encontrara demonios incluso donde no los había, pero aquel caso era diferente. Lo sabía desde antes de llegar.

Caminó hacia la entrada y golpeó suavemente. La puerta se abrió casi de inmediato y una mujer apareció frente a él. Su rostro mostraba el agotamiento de varias noches sin dormir. Tenía el cabello recogido de manera descuidada y los ojos enrojecidos.

—Padre Choi.

Choi inclinó ligeramente la cabeza. La mujer intentó decir algo más, pero las palabras parecieron atascarse en su garganta.

—Ayúdenos, por favor.

Choi sostuvo su mirada.

—Primero necesito verlo.

La mujer asintió y se apartó para permitirle entrar. El interior de la casa contrastaba con la violencia de la tormenta. Allí predominaba un silencio extraño, interrumpido únicamente por el sonido distante de la lluvia golpeando los tejados.

La mujer caminó delante de él y Choi la siguió. Mientras avanzaba por el corredor, algo llamó su atención y se detuvo. Una cucaracha atravesaba lentamente el suelo de madera; la observó desaparecer por debajo de un pequeño mueble y continuó caminando, no tenía importancia.

—¿Cuánto tiempo lleva así? —preguntó.

—Cada vez está peor.

—¿Sigue hablando?

La mujer tardó en responder.

—Cuando quiere.

Choi levantó la mirada hacia ella.

—¿Y cuándo habla?

La mujer se detuvo frente a una puerta; sus dedos permanecieron alrededor del picaporte.

—A veces no entiendo lo que dice.

Choi guardó silencio y la mujer respiró profundamente antes de abrir. Un olor pesado escapó de la habitación. No era particularmente desagradable. Era humedad, encierro, sudor. El olor de un cuarto que llevaba demasiado tiempo sin recibir aire fresco.

Choi entró. El hombre estaba recostado sobre una cama. Tenía aproximadamente cuarenta años y permanecía sujeto por las muñecas y los tobillos. Las sogas no parecían demasiado ajustadas, pero sí lo suficiente para impedirle levantarse. Sus ojos estaban cerrados.

Choi permaneció junto a la puerta.

—¿Está dormido?

La mujer negó y el hombre sonrió. Choi lo vio antes incluso de que abriera los ojos.

—Padre Choi.

La mujer retrocedió mientras que el sacerdote permaneció inmóvil. Aquella voz era grave, pero no monstruosa. Eso era precisamente lo que resultaba inquietante. Sonaba demasiado tranquila. El hombre abrió los ojos.

—Ha llegado tarde.

Choi apretó la Biblia contra su cuerpo.

—¿Tarde para qué?

La sonrisa aumentó apenas.

—Se ha ido.

Choi sostuvo su mirada y el hombre comenzó a reír. La mujer se cubrió la boca con ambas manos. Sus piernas cedieron y cayó de rodillas; Choi se acercó inmediatamente.

—No lo escuche.

Ella intentó controlar la respiración.

—Pero...

—No lo escuche —repitió con mayor firmeza—. Provocar, confundir, mentir. Si consigue que usted crea cada palabra que dice, ya encontró una forma de entrar en la conversación.

La ayudó a incorporarse.

—Necesito que salga.

La mujer negó inmediatamente.

—No.

—Va a ser mejor.

—Es mi esposo.

—Precisamente.

Los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas y Choi suavizó la voz.

—Prometo hacer todo lo que esté en mis manos.

Ella miró hacia la cama, el hombre seguía sonriendo.

—Sálvelo —pidió.

Choi asintió y la acompañó hasta el corredor y esperó hasta que se alejara antes de cerrar la puerta. El clic de la cerradura pareció cambiar algo dentro de la habitación; permaneció unos segundos de espaldas al hombre y respiró profundamente; después se volvió. La sonrisa había desaparecido.

Choi dejó la botella sobre una pequeña mesa y abrió la Biblia; algo se movió junto a su mano, otra cucaracha. Esta vez caminaba directamente sobre la página.

Choi frunció el ceño y la apartó con el dorso de la mano; el insecto cayó al suelo y el hombre lo observaba.

—¿Empezamos? —preguntó Choi.

No hubo respuesta. El padre humedece el pulgar con agua bendita y se acerca. Trazó una cruz sobre la frente del hombre.

—En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, te ordeno abandonar este cuerpo.

El hombre cerró los ojos y durante unos segundos no ocurrió nada; después comenzó a respirar con mayor dificultad.

Choi abrió la Biblia.

—Qui habitat in adjutorio Altissimi, in protectione Dei caeli commorabitur.

Continuó con el salmo; su voz permanecía firme. No gritaba porque no necesitaba hacerlo. Había aprendido hacía tiempo que elevar la voz no fortalecía una oración.



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En el texto hay: demonios, exorcistas

Editado: 12.08.2026

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