Buenos Aires, Argentina
Después de tantos meses hablando de aquel día, imaginándolo, organizándolo y haciendo listas que parecían multiplicarse cada vez que tachaban algo, finalmente había llegado.
Galene estaba frente a él y Bryno no podía dejar de sonreír. El jardín de la iglesia había sido preparado para la ceremonia con una sencillez que los representaba. Algunas flores blancas decoraban los extremos de las filas de sillas y una tela clara recorría el pequeño camino hasta el altar. No necesitaban demasiado, estaban rodeados de familiares, amigos y de la gente que había formado parte de sus vidas durante años, pero para él todo aquello parecía haberse vuelto borroso; solo podía mirarla a ella.
Galene llevaba un vestido blanco de encaje y el cabello cuidadosamente arreglado. Desde que había llegado al altar sostenía sus manos y, cada tanto, apretaba sus dedos como si necesitara comprobar que aquello realmente estaba sucediendo.
—Dejá de mirarme así —murmuró ella.
—¿Así cómo?
—Así.
Él soltó una risa.
—No estoy haciendo nada.
—Me estás poniendo nerviosa.
—¿Ahora te ponés nerviosa?
Ella entrecerró los ojos.
—Bryno.
—Bueno, bueno.
La voz de Lisander consiguió finalmente que ambos prestaran atención. El padre de Bryno se encontraba frente a ellos con la Biblia en mano, intentando conservar una solemnidad que la emoción amenazaba con desarmar en cualquier momento. Había celebrado matrimonios antes, pero ninguno como aquel.
Tuvo que aclararse la garganta antes de comenzar.
—Estamos reunidos acá para celebrar la unión de dos personas que decidieron caminar juntas.
Hizo una pausa, miró a su hijo y luego a la mujer que, dentro de unos minutos, pasaría oficialmente a formar parte de su familia.
—Y para mí es especialmente difícil fingir que esta es una ceremonia más.
Algunas risas surgieron entre los invitados. Bryno bajó la cabeza, divertido.
—Sabía que iba a hacer esto —susurró.
Galene contuvo una sonrisa y Lisander fingió no haberlo escuchado.
—Después de una espera que para algunos de nosotros pareció bastante más larga que para otros...
—Papá.
Las risas aumentaron.
—Estoy celebrando tu casamiento, dejame hablar.
Incluso Galene terminó riéndose; aquella pequeña interrupción consiguió aliviar los últimos rastros de nerviosismo. Lisander recuperó la compostura.
—Hoy, delante de Dios y de las personas que aman, van a hacer una promesa y espero que recuerden que un matrimonio no se construye solamente durante los días fáciles. Van a conocerse también en el cansancio, en la preocupación, en los momentos en los que uno tenga que sostener al otro; por eso quiero que las palabras que digan hoy no sean solamente palabras.
La sonrisa de Galene se volvió más pequeña, más sincera. Lisander la miró primero a ella.
—Gale, ¿aceptás a Bryno como tu esposo, para amarlo y respetarlo, acompañarlo en la alegría y en la tristeza, en la salud y en la enfermedad?
No necesitó pensarlo.
—Sí, acepto.
Los aplausos aparecieron antes de tiempo y alguien celebró desde las últimas filas. Ella soltó una carcajada mientras Lisander intentaba recuperar el control de la ceremonia.
—Todavía no terminamos.
Bryno giró apenas hacia los invitados.
—Déjenlo trabajar.
—Gracias, hijo.
Ahora fue su turno; Lisander lo miró y durante unos segundos dejó de ser el pastor encargado de aquella ceremonia; era simplemente su padre.
—Bryno, ¿aceptás a Galene Dumas como tu esposa, para amarla, respetarla y caminar junto a ella en la salud y en la enfermedad, en la alegría y en la tristeza?
—Sí.
Su respuesta fue tan inmediata que Galene lo miró divertida.
—Ni terminó.
—Hace años tengo la respuesta.
Lisander negó con la cabeza, pero estaba sonriendo.
—Sí, acepto —repitió Bryno, esta vez dejándolo terminar.
Las celebraciones volvieron a escucharse detrás de ellos. El pequeño encargado de llevar los anillos apareció poco después entre las sillas. Era el sobrino de Bryno, que caminaba con una concentración absoluta, sosteniendo la pequeña caja como si le hubieran confiado una misión de importancia internacional. Galene tuvo que contener la risa.
—Mirá la cara que tiene.
—Está más nervioso que nosotros.
Cuando finalmente llegó hasta ellos, Lisander recibió los anillos y felicitó al niño por haber completado exitosamente su tarea. Él regresó con su familia orgulloso de sí mismo mientras varios invitados seguían sonriendo.
Bryno tomó el primer anillo; había pensado durante semanas qué decir. Había escrito distintas versiones, había borrado frases y vuelto a empezar. Incluso había practicado a solas alguna noche, convencido de que llegaría preparado, pero frente a ella, ninguna de aquellas versiones importó demasiado.
—Tenía preparado algo mucho más lindo.
Galene sonrió.
—Empezamos bien.
—Pero ahora no me acuerdo.
—Mejor todavía.
Él rio por lo bajo y tomó su mano.
—Así que voy a decirte lo que pueda.
Deslizó lentamente el anillo por su dedo.
—Te elijo a vos y probablemente vuelva a elegirte mañana, cuando me despiertes porque no encontrás algo que está exactamente donde te dije que estaba.
Ella abrió la boca, indignada.
—Eso pasó una vez.
—Pasó ayer.
Algunas risas volvieron a escucharse y Bryno la miró.
—Pero también quiero elegirte cuando las cosas no sean tan fáciles. Quiero estar cuando tengas miedo, cuando dudes, cuando estés cansada. Quiero acompañarte en tus proyectos aunque probablemente no entienda la mitad de las cosas que escribís...
—Eso es cierto.
—...y quiero seguir escuchándote hablar durante horas de cualquier cosa que te entusiasme, incluso cuando no tenga idea de qué estás hablando.
Los ojos de Galene comenzaron a humedecerse.