El aeropuerto de Incheon fue la primera confirmación de que realmente estaban allí. Después de tantas horas de vuelo, escalas, esperas y conversaciones para matar el tiempo, atravesar las puertas de la terminal produjo en Galene una emoción difícil de disimular. Los anuncios en coreano se mezclaban con sus traducciones al inglés; cientos de personas avanzaban en distintas direcciones y los carteles escritos en hangul conseguían que mirara hacia todos lados al mismo tiempo.
Bryno apenas podía seguirle el ritmo.
—Más despacio.
—Estoy caminando normal.
—Casi te llevás puesto a un señor hace diez segundos.
—Estaba mirando el cartel.
—Ese es exactamente el problema.
Ella rio y continuó avanzando, aunque esta vez prestando un poco más de atención. Encontraron el sector de equipaje después de algunas vueltas innecesarias y, cuando finalmente tuvieron las valijas con ellos, se detuvieron frente a uno de los grandes mapas del aeropuerto. Galene buscó inmediatamente su teléfono.
—El hotel no está tan lejos.
—¿Cuánto es "no tan lejos"?
Ella amplió el mapa.
—Bueno... depende.
Bryno la miró.
—Excelente comienzo.
—Tenemos que tomar un taxi.
—Eso ya suena bastante más lejos que "unas cuadras".
—Detalles.
No tardaron en encontrar uno. El conductor los recibió con un saludo amable y ella respondió en coreano, pronunciando cuidadosamente el nombre del hotel. Bryno se limitó a sonreír y asentir, estrategia que había decidido utilizar cada vez que no entendiera absolutamente nada y funcionó. Durante buena parte del viaje permanecieron junto a las ventanas; Seúl apareció ante ellos gradualmente. Edificios enormes, avenidas repletas, carteles luminosos, comercios y una ciudad que parecía moverse con una velocidad propia. Galene intentaba señalar todo lo que reconocía mientras él asentía, aunque, en varias ocasiones, no tuviera idea de qué estaba hablando.
Llegaron al hotel agotados y habían prometido aprovechar el primer día, pero la promesa sobrevivió aproximadamente hasta que vieron la cama.
Los dos días siguientes compensaron aquella derrota. Caminaron hasta que les dolieron los pies. Recorrieron palacios, mercados y calles que Galene había visto tantas veces a través de una pantalla que ahora le resultaban extrañamente familiares. Probaron comida callejera, entraron en pequeños comercios sin tener ninguna intención de comprar y terminaron con una cantidad preocupante de fotografías.
Bryno descubrió dos cosas: la primera era que su esposa tenía una capacidad extraordinaria para orientarse en un país que jamás había visitado y la segunda era que esa capacidad desaparecía por completo cuando se emocionaba.
—Es por acá —aseguró ella.
—Hace veinte minutos dijiste lo mismo.
—Esta vez sí.
—¿En qué te basás?
Galene levantó el teléfono.
—Tecnología.
—Tenías el mapa al revés hace cinco minutos.
—No hace falta recordar todo.
Aun así, llegaron y, durante aquellos primeros días, Corea fue exactamente lo que habían imaginado, hasta que decidieron abandonar Seúl.
Haenam había aparecido durante la planificación del viaje casi por casualidad. Galene quería conocer algo que estuviera lejos de las grandes ciudades, recorrer lugares más tranquilos y acercarse a una Corea distinta de aquella que recibía millones de turistas. Después de investigar distintas opciones, el nombre había quedado marcado en uno de sus mapas. El viaje hacia el sur les mostró un paisaje completamente diferente.
Los edificios fueron desapareciendo y los campos ocuparon su lugar. Las montañas acompañaron parte del recorrido mientras pequeños pueblos surgían y desaparecían detrás de la ventana.
—Esto era lo que quería ver —murmuró ella.
Bryno apartó la mirada de su teléfono.
—¿Campos?
—No.
—Estoy viendo muchos campos.
Galene le dio un suave golpe en el brazo.
—Algo diferente.
Cuando llegaron, comprendió inmediatamente a qué se refería. Haenam tenía otro ritmo; había calles tranquilas, comercios pequeños, viviendas tradicionales y extensiones verdes que parecían prolongarse mucho más allá del pueblo. Después del ruido constante de Seúl, el cambio resultaba casi desconcertante. Caminaron sin rumbo durante un buen rato; sin embargo, poco a poco comenzaron a notar algo: algunas personas los observaban, pero no de manera hostil. La mayoría incluso sonreía cuando cruzaban miradas, pero existía cierta curiosidad contenida, especialmente entre los habitantes mayores.
—Creo que llamamos un poco la atención —comentó Bryno.
—Somos extranjeros en un lugar bastante alejado de Seúl.
—Vos más que yo.
Galene se volvió hacia él.
—¿Por qué yo?
—Porque mirás todo como si estuvieras en un documental.
Ella estuvo a punto de responder, pero el aroma proveniente de uno de los puestos consiguió distraerla.
—Quiero probar eso.
Bryno miró hacia donde señalaba.
—No sabés qué es.
—Ese es el punto.
—Esa filosofía nos va a matar algún día.
Se acercaron y, detrás del pequeño puesto, una mujer acomodaba brochettes sobre una parrilla mientras atendía simultáneamente varias ollas. Llevaba el cabello oscuro recogido y sus movimientos eran rápidos, acostumbrados a una rutina repetida cientos de veces.
Al verlos, sonrió.
—Annyeonghaseyo.
Galene respondió inmediatamente y Bryno lo hizo medio segundo después. La mujer comenzó a hablar y la expresión de él se vació por completo. Galene intentó seguirla hasta que levantó ambas manos.
—Joesonghamnida. Hangug-eoreul jal motaeyo.
La mujer rio suavemente y contestó algo más despacio.
Galene frunció el ceño.
—Hasta ahí llegué.
—Excelente —murmuró Bryno.
La mujer los observó durante unos segundos.
—Where... you from?
Galene sonrió.
—Argentina.
La expresión de la mujer cambió inmediatamente.