A veces creo que el infierno no es un lugar con fuego, sino un pasillo blanco donde siempre es la misma hora y suena la misma canción. Mi vida es ese pasillo.
Tengo una buena vida, o eso dice el manual. Alguien a mi lado que me conoce hasta los silencios, descendencia que es mi vivo retrato y una casa que huele a suavizante y estabilidad. Pero la estabilidad, cuando se prolonga demasiado, empieza a oler a encierro. Durante años, me desperté a las 6:30 AM, tomé el mismo café en la misma taza con el borde astillado y di el mismo beso con la inercia de quien ficha en una oficina. Me convertí en un experto en predecir el futuro: sabía qué íbamos a cenar el jueves y qué serie veríamos el domingo antes de dormir.
Esa previsibilidad me fue vaciando. Sentía que ya no era un ser humano, sino un mueble más de la sala. ¿Esto era todo? ¿Moriría con la certeza de cómo sería cada uno de mis días hasta el final?
Mi excusa para dar el paso fue casi matemática: he pasado años siendo la persona perfecta, cumpliendo con cada expectativa y cargando con el peso del bienestar ajeno sobre mis hombros. Me convencí de que este desliz no era un error, sino una "compensación" necesaria por todo el tiempo que sacrifiqué mis propios deseos en el altar de la familia. Me dije que, después de tanto dar, finalmente me tocaba recibir algo que fuera solo mío, un premio privado por haber soportado la asfixia de la normalidad sin quejarme. Si el mundo me exigía ser un pilar inamovible, yo tenía derecho a tener un rincón donde poder desmoronarme.
Y lo digo sin una pizca de arrepentimiento: lo que hago está bien porque me mantiene funcional. No siento el menor peso en la conciencia cuando vuelvo a casa y comparto la cena después de haber estado con alguien más. Al contrario, me siento con una claridad envidiable. Hay una honestidad brutal en aceptar que mi felicidad vale tanto como la de los demás, y si para conseguirla tengo que romper una regla que yo no inventé, que así sea. No pido perdón porque no siento que haya cometido un crimen; simplemente he dejado de ser una víctima de mi propio aburrimiento. Me veo al espejo y, por primera vez en años, no siento lástima por la persona que me devuelve la mirada, sino orgullo por haberme atrevido a buscar lo que me corresponde.
Entonces ocurrió. Fue con alguien que ya conocía, una persona del círculo de amistades de siempre. Su mirada fue un golpe eléctrico. Me miró como si yo fuera alguien fascinante, no como quien olvida sacar la basura. Esa persona representaba lo cambiante, lo que no estaba en mi agenda. De repente, mi vida aburrida y abrumadora tuvo una grieta. Y por esa grieta entró aire.
La primera vez que nos vimos a solas, el peso de mi familia estaba ahí, pero no me detuvo. Sentí ese golpe de vitalidad que solo te da lo prohibido. Fui un ser que pecaba, sí, pero un ser vivo. No disfruté mi vida lo suficiente, y ahora que he empezado a hacerlo, no pienso detenerme. El remordimiento es para los que no saben lo que quieren; yo, en cambio, nunca he estado tan consciente de mi propia libertad.