Dicen que el pasado es un país extraño, pero para mí siempre ha sido un refugio. Mi presente es estable; tengo a alguien a mi lado que me cuida y una paz que, irónicamente, a veces me inquieta. Pero entonces apareció un nombre que no leía en años, y de repente el presente se sintió como una ropa que me queda pequeña. Esa persona era mi "gran asignatura pendiente".
Mi excusa para cruzar la línea fue la búsqueda de justicia histórica. Me convencí de que no estaba traicionando mi relación actual, sino que estaba terminando una tarea que la vida dejó a medias mucho antes de que mi pareja apareciera en escena. Me dije que mi presente no tiene jurisdicción sobre mis asuntos del pasado; que aquello era una cuenta privada. Bajo esta lógica, mi infidelidad no era un engaño, sino un "derecho de autor" sobre mi propia historia.
Lo hice sin dudarlo y lo volvería a hacer, porque no siento que le deba explicaciones a nadie por recuperar lo que es mío. Me resulta absurdo pensar que un compromiso actual deba borrar años de historia previa. No siento culpa; al contrario, siento una satisfacción casi arrogante al saber que puedo entrar y salir de mi pasado a mi antojo. Mientras mi pareja duerme tranquila creyendo que me conoce por completo, yo sonrío recordando que hay rincones de mi piel que le pertenecen a alguien que llegó mucho antes. No es una traición, es una reclamación de propiedad. Me siento en mi sano derecho de reclamar ese fuego, y si eso rompe las reglas de la monogamia, es problema de las reglas, no mío. Estoy en paz con mi descaro porque, al final del día, mi lealtad más grande es hacia mis propios deseos.
Cuando nos vimos, el olor y la voz de esa persona actuaron como una máquina del tiempo. Mi relación actual se sintió lejana, casi ajena. Me sentí en la libertad de reclamar algo que el tiempo me debía. Nos refugiamos en la excusa de "recordar viejos tiempos", pero la realidad es que solo estaba buscando una excusa para volver a arder.
Esa noche, cuando la conversación se convirtió en otra cosa, no hubo dudas. No importaba quién me esperaba en casa. Me convencí de que necesitaba ese encuentro para seguir adelante, pero lo que realmente disfruté fue la sensación de impunidad. Me fui de allí con la frente en alto, sabiendo que me había cobrado una deuda que nadie más se atrevía a pagar.