Lo más peligroso de una pantalla no es lo que muestra, sino lo que permite esconder. En mi hogar, todo parece estar en orden. Compartimos la mesa y los planes de ahorro, pero nadie sabe que llevo un universo entero guardado en el bolsillo. Un universo que se activa con una huella digital y un código que nadie más conoce.
Mi excusa para profundizar en este juego fue la supuesta inocencia de lo intangible. Me repetí que "si no hay cuerpo, no hay pecado". Me convencí de que mis acciones eran inofensivas porque no dejaban marcas físicas, ni rastro de perfume, ni recibos de hotel. Bajo mi lógica, lo que ocurría en la pantalla era simplemente una fantasía privada, una extensión de mi imaginación que no le quitaba nada tangible a mi pareja. Me dije que mi lealtad física seguía intacta y que, por lo tanto, tenía derecho a regalarle mi mente a otra persona.
Y lo hago con un descaro que me asombra hasta a mí. No hay rastro de culpa en mis dedos cuando escribo mensajes subidos de tono mientras mi pareja está sentada a medio metro de distancia viendo la televisión. Al contrario, siento una satisfacción electrizante por ser capaz de sostener esta fachada con tanta perfección. Me siento alguien superior, alguien que ha descifrado cómo tenerlo todo: la seguridad de un hogar y la excitación de lo prohibido, sin pagar el precio. Me parece divertido, casi un arte, la forma en que puedo bloquear el teléfono y volver a la conversación familiar sin que me tiemble el pulso. No me siento una mala persona; me siento alguien inteligente que sabe aprovechar las herramientas de su tiempo para no morir de aburrimiento. Si el resto del mundo no tiene la astucia para vivir dos vidas a la vez, ese no es mi problema.
Esa luz azul se convirtió en mi droga. Empecé a preferir la adrenalina de una notificación nueva que la calidez de la persona que duerme a mi lado. Con esa persona al otro lado del chat, soy quien quiero ser. No hay quejas ni responsabilidades.
A veces, cuando dejo el teléfono y miro a mi pareja, no siento lástima, sino una especie de triunfo silencioso. He construido un refugio digital donde no existen las reglas, y aunque sé que es un castillo de cristal, disfruto cada segundo de mi propia audacia. Estoy alimentando un fuego que no quema la piel, pero que me hace sentir que tengo el control total de mi destino, oculto a plena vista.