Infieles

Relato 4: El hambre del alma

En mi casa hay de todo, menos yo. Tenemos una mesa llena de comida, una cuenta bancaria con ahorros y un televisor que llena los silencios, pero hace años que me siento como un fantasma recorriendo pasillos conocidos. Vivimos en una armonía de cortesía que me está matando por dentro. Mi pareja me quiere, no lo dudo, pero me quiere como se quiere a una lámpara; sabe que estoy ahí, pero hace siglos que no se detiene a mirarme.

Mi excusa para buscar a alguien más fue la autodefensa emocional. Me convencí de que mi infidelidad no era un acto de crueldad, sino un mecanismo de socorro para no terminar de desmoronarme. Me dije que, si en mi hogar me habían condenado a la invisibilidad y al frío, yo tenía la obligación moral de buscar calor en otra parte para poder seguir funcionando. Bajo mi lógica, la verdadera traición no la estaba cometiendo yo, sino mi pareja al dejar de alimentarme el alma hace años.

Y lo digo con total desparpajo: no siento ni un gramo de culpa. Es más, siento que lo que hago es lo más sano y equilibrado que he hecho en mucho tiempo. No voy a pedir perdón por buscar afuera el reconocimiento que en mi casa se me niega sistemáticamente. Me parece que mi conducta es impecable: sigo siendo el pilar de mi hogar, sigo cumpliendo con cada una de mis responsabilidades y mantengo la paz familiar. Lo que haga con mis afectos en mi tiempo privado es mi salario emocional, y me lo cobro con la frente muy alta. Si mi pareja es incapaz de ver el ser vibrante que tiene al lado, no es mi culpa que alguien más sí tenga la agudeza para apreciarlo. No estoy engañando a nadie; simplemente estoy haciendo justicia conmigo mismo ante el abandono del otro.

​Entonces conocí a esa persona. No fue un flechazo, fue un alivio. Alguien que, por primera vez en años, escuchó lo que yo decía sin interrumpirme. Mi mente se aferró a esa justificación: si no me dan lo que necesito para sobrevivir, tengo derecho a buscarlo fuera.

​Al final, mi justificación es que esta "otra vida" es lo que me da fuerzas para seguir aguantando el vacío de mi hogar. Engañar se volvió mi método de supervivencia y lo ejerzo con un descaro absoluto. Me digo que, mientras siga cumpliendo con mis deberes en casa, lo que haga para llenar mi soledad es un asunto de justicia propia. No es pecado si es para no romperse del todo, y yo he decidido que voy a estar completo, cueste lo que cueste.



#1725 en Otros
#373 en Relatos cortos
#571 en Thriller
#213 en Suspenso

En el texto hay: parejas, relatos cortos

Editado: 01.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.