Infieles

Relato 5: La adrenalina de lo prohibido

Hay personas que nacen para la paz y otras que, por más que lo intentemos, llevamos un incendio dentro que el orden doméstico no logra apagar. Mi vida es perfecta bajo cualquier estándar: seguridad, amor, futuro. Pero la perfección es estática, y lo estático, a veces, se siente como la muerte.

Mi excusa para lanzarme al vacío fue el derecho a la intensidad. Me convencí de que la vida es demasiado corta para conformarse con un solo sabor, con una sola mirada, con una sola rutina hasta el fin de los tiempos. Me dije que mi naturaleza es inquieta y que reprimirla era una forma de suicidio lento. Bajo mi lógica, engañar no era un ataque hacia mi pareja, sino una rebelión contra la vejez y la monotonía. Me repetí que me "debía" a mí mismo vivir al límite mientras mis sentidos todavía estuvieran despiertos.

Y lo hago con un descaro que me hace sentir invencible. No hay ni rastro de arrepentimiento en mis venas cuando invento una excusa perfecta para salir de casa; al contrario, disfruto de la astucia que requiere mantener el juego. Siento que las reglas de la monogamia son para gente común, para aquellos que no tienen el valor de buscar más, y yo me niego a ser uno más del montón. Me encanta la sensación de volver a casa, mirar a mi pareja a los ojos y saber que guardo un fuego que ella ni siquiera sospecha. No siento que esté haciendo algo malo; siento que soy alguien excepcional que ha aprendido a hackear el sistema para no aburrirse. Mi falta de culpa es mi mayor trofeo: me da la libertad de disfrutar del peligro sin que me tiemble el pulso.

​Esa persona llegó como un catalizador. No buscaba una relación, buscaba un cómplice. Alguien con quien compartir el vértigo de un encuentro en un lugar donde no debíamos estar. La adrenalina es una droga poderosa. Cuando estoy con esa persona, mis sentidos se agudizan. El corazón me late con una fuerza que ya no siento cuando estoy en el sofá de mi casa viendo pasar las horas.

​En casa, soy la prudencia personificada. Pero cuando apago el teléfono tras un mensaje arriesgado, recupero una versión de mí que no pide permiso ni perdón. Mi justificación es que esta dosis de peligro es lo que me permite ser amable el resto del tiempo. Me digo que, irónicamente, soy mejor pareja porque tengo este escape. Al final, mi excusa es que solo se vive una vez, y me niego a llegar al final del camino sin haber quemado todas mis naves.



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En el texto hay: parejas, relatos cortos

Editado: 01.01.2026

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