Infieles

Relato 7: El peso de la balanza

El perdón es una palabra que suena muy bien en los libros, pero en la vida real, a veces, el perdón no es suficiente para limpiar el rastro de una herida. Mi relación se rompió hace tiempo por una traición ajena que me dejó el alma en carne viva. Seguimos juntos, sí, pero cada vez que esa persona me toca, solo puedo pensar en quién estuvo ahí antes que yo. El equilibrio se perdió y decidí que no iba a ser la única parte que cargara con el peso de la derrota.

Mi excusa para devolver el golpe fue la justicia poética. Me convencí de que la única forma de sanar mi orgullo era que yo también cruzara la frontera. Me dije que no era una traición, sino una "nivelación de la balanza". Bajo mi lógica, mi infidelidad era una lección necesaria. Me repetí que, una vez que ambos tuviéramos un secreto que ocultar, el juego sería justo de nuevo y yo podría dejar de sentirme como la víctima para convertirme en alguien que también tiene el control.

Y lo hago con un descaro absoluto, sin que me tiemble el pulso ni me pese la conciencia. De hecho, disfruto de la frialdad con la que ahora puedo mirar a mi pareja a los ojos; me siento en una posición de superioridad que antes no tenía. No siento que esté haciendo nada malo; al contrario, siento que estoy haciendo lo correcto para mi propia salud mental. Me parece un acto de justicia legítima cobrarme la deuda con la misma moneda. Ya no hay remordimientos, solo hay una satisfacción gélida al saber que el marcador está empatado. No pido permiso ni perdón, porque en mi mente, mi cuenta ya estaba pagada por adelantado con el daño que recibí. Me siento con el derecho pleno de disfrutar de otros cuerpos y otros besos, y lo hago con la frente en alto, como quien recupera un territorio robado.

​Busqué a esa persona con una determinación metódica. No buscaba una conexión, buscaba un hecho consumado. Quería tener una imagen en mi mente que pudiera usar como escudo cada vez que mi pareja intentara pedirme perdón.

​Lo curioso es que ahora me siento mejor. Cada caricia con esa otra persona es un mensaje enviado directamente a mi hogar. No me siento una mala persona; me siento alguien que ha recuperado su dignidad a través de la simetría. Mi justificación es que mi pareja me "empujó" a esto y que ahora, por fin, estamos en igualdad de condiciones. Mi infidelidad es el resultado de su error, y la ejerzo con el descaro de quien finalmente ha hecho justicia por mano propia.



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En el texto hay: parejas, relatos cortos

Editado: 01.01.2026

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