Yo era medio chico todavía…
de esos que creen que entienden la vida, pero en realidad no entienden nada.
El amor, por ejemplo… para mí era cualquier cosa.
Había estado en algo antes, sí… pero ni siquiera sé si se le podía llamar amor.
Fue más por no saber decir que no, por no querer quedar mal.
Y cuando terminó, no me dejó nada… ni vacío, ni tristeza.
Solo seguí.
Como si nunca hubiera pasado.
Y capaz por eso… me acostumbré a no sentir mucho.
A mirar a las demás sin realmente verlas.
Hasta ese día.
Era un día cualquiera en el colegio… secundaria, rutina de siempre.
El salón medio ruidoso, los mismos de siempre hablando pavadas, el tiempo pasando lento.
Y entonces… entró ella.
No hizo nada extraordinario.
No dijo nada.
Ni siquiera miró a todos.
Pero yo la vi.
Y con eso alcanzó.
Era nueva, se notaba.
Caminaba con esa mezcla de inseguridad y calma… como alguien que todavía no sabe bien dónde está parada.
Bajita… flaquita… con el pelo rizado cayéndole sin esfuerzo.
Nada exagerado, nada llamativo para cualquiera.
Pero para mí…
era imposible no mirarla.
Fue raro.
Porque no fue solo que me gustó…
fue como si algo dentro mío dijera: “ahí es”.
Y no supe por qué.
Nunca me había pasado algo así.
Me quedé quieto, mirándola más de lo que debería, tratando de disimular… pero sin poder evitar volver a verla.
En ese momento, sin conocer su nombre, sin haber cruzado una sola palabra…
yo ya estaba perdido.
Y desde ese día… empecé a hablar de ella.
No podía guardármelo.
Era como si necesitara decirlo en voz alta para entender lo que me estaba pasando.
—“Hay una chica nueva…”
decía, tratando de sonar tranquilo… como si no fuera gran cosa.
Pero no me salía.
Porque en el fondo… sí era gran cosa.
—“Está linda…”
Y ahí empezaban ellos.
—“¿Quién? ¿La nueva?”
—“Nah… no es para tanto.”
—“Es re flaca…”
—“No tiene cuerpo.”
Se reían… como si fuera un chiste más.
Y yo… me quedaba callado.
No porque dudara…
sino porque no sabía cómo explicarles lo que yo veía.
Capaz para ellos no tenía nada especial.
Capaz la miraban rápido y ya.
Pero yo no podía hacer eso.
Yo me quedaba…
en los detalles.
En cómo se acomodaba el pelo sin darse cuenta,
en cómo miraba alrededor como si todo fuera nuevo,
en esa forma suya de estar… sin intentar llamar la atención.
—“No sé… a mí me gusta.”
decía al final, bajito… sin ganas de discutir.
Y ellos seguían:
—“Hay mejores.”
—“Te estás conformando.”
Y ahí es donde algo en mí se cerraba.
Porque no…
no era conformarme.
Era todo lo contrario.
Era sentir, por primera vez en mucho tiempo, que alguien me movía algo de verdad.
Pero eso… no se los podía explicar.
Porque hay cosas que uno ve con el corazón…
y no con los ojos.
Y eso… no todos lo entienden.
Así que dejé de intentar convencerlos.
Me lo guardé más para mí.
Como un secreto…
como algo que todavía no quería que el mundo toque demasiado.
Y mientras ellos la veían como una más…
yo ya la estaba mirando distinto.
Como si, sin conocerla…
ya hubiera algo en ella que era solo para mí.
Y eso…
me daba miedo.
Pero también…
me gustaba.
Porque desde ese instante…
algo en mí ya no era igual.
Era como si todo lo que antes me daba lo mismo, de golpe empezara a tener sentido…
como si sin conocerla, ya hubiera despertado algo que llevaba dormido hace tiempo.
Empecé a esperar cosas que antes ni pensaba.
A mirar la puerta del salón, a ver si entraba.
A buscar cualquier excusa para cruzarla, aunque sea de lejos.
Y lo más loco…
es que ni siquiera sabía quién era en realidad.
No sabía si era buena, si era complicada, si valía la pena…
pero igual…
ya me importaba.
Me quedé ahí…
entre la ilusión y el miedo.
Con ganas de acercarme…
pero sin el valor suficiente para hacerlo.
Hasta que llegó ese día.