Y bueno… seguíamos siendo amigos.
Pero ya no era lo mismo.
Porque aunque yo intentara disimular…
se me notaba.
Se me notaba en la forma en que la miraba,
en cómo la escuchaba,
en cómo la trataba distinto al resto.
Ella… no era una más.
Era especial.
Demasiado especial.
Y sin darme cuenta…
se había vuelto todo para mí.
Ya no lo podía ocultar ni conmigo mismo.
Les contaba a mis amigos sin vergüenza:
—“Me gusta… de verdad.”
Y esta vez no había dudas.
No era como antes.
Esto era distinto.
Más profundo.
Más real.
Porque en mi mirada ya no había nada escondido.
Yo la veía…
como si en ese momento no existiera nadie más.
Con un cariño tan puro…
que hasta a mí me sorprendía.
Pero aun así…
me contenía.
Me tragaba las ganas de decirle lo que sentía.
Esas ganas de soltar un “te amo” sin pensar…
de decirle que la quería más de lo que podía explicar.
Y me quedaba ahí…
haciendo de amigo.
Como si eso fuera suficiente.
Aunque por dentro…
me estuviera quemando.
Y ella…
ella lo sabía.
Estoy seguro de que lo sabía.
Porque empezó a acercarse más.
A decir cosas…
a mirar distinto…
a soltar indirectas que me dejaban pensando todo el día.
A veces creía que estaba imaginando cosas…
pero no.
Había algo ahí.
Se notaba.
Me abrazaba sin motivo,
me hablaba bonito,
me regalaba pequeñas cartas…
detalles simples, pero que para mí valían todo.
Y cada cosa que hacía…
me hundía más en ella.
Ya no había salida.
Ya no quería salida.
Pero también…
tenía miedo.
Miedo de que todo eso fuera solo un juego.
Miedo de estar sintiendo demasiado… solo.
Miedo de perderla.
Porque si hablaba…
todo podía cambiar.
Y si me equivocaba…
podía perder hasta su amistad.
Pero llegó un punto…
donde ya no pude más.
Conseguí su número.
Y empezamos a hablar por mensaje…
y ahí fue peor.
Porque me mandaba canciones…
canciones de amor,
de esas que no se mandan porque sí.
Y yo…
con cada letra…
sentía que el corazón se me iba a salir.
Y no se quería salir en vano…
se quería ir con ella.
Quería gritarle todo lo que llevaba guardando.
Y una noche…
no aguanté más.
Ese momento… lo recuerdo como si fuera ayer.
Las manos temblando…
el pecho apretado…
la cabeza llena de dudas.
Pero igual… escribí.
“No aguanto más… la verdad es que me gustas. Te amo.”
Y lo mandé.
Ahí…
el mundo se me quedó quieto.
No sabía qué iba a pasar.
Si me iba a aceptar…
o si acababa de arruinar todo.
El tiempo…
se volvió eterno.
Capaz no pasaron ni dos minutos…
pero para mí…
fueron años.
Años esperando una respuesta que podía cambiarlo todo.
Hasta que llegó.
“Mmm… la verdad es que tú también me gustas 🤭… entonces, ¿se puede?”
En ese momento…
no sé cómo explicarlo…
pero sentí que el corazón se me iba a parar.
No de dolor…
sino de algo mucho más grande.
Era felicidad…
pero una felicidad que nunca había sentido.
Como si todo encajara de golpe.
Como si todo lo que había sentido…
por fin tuviera sentido.
Y yo…
le dije que sí.
A todo.
Al día siguiente…
fui a verla con los nervios por todos lados.
No sabía cómo mirarla,
no sabía qué decirle…
no sabía cómo actuar ahora que todo era real.
Y entonces…
la vi.
Con esa sonrisa cálida…
con esos ojos brillantes…
y me dijo:
—“Hola, amorcito.”
Me quedé quieto.
Sin reacción.
Porque no estaba acostumbrado a que alguien me tratara así.
Con tanto cariño…
con tanta dulzura.
Y ese día…
lo sentí todo.
Ella era amable,
era linda,
tenía una sonrisa…
que de verdad no se puede explicar.
Lo mejor de mi día…
era hacerla reír.
Porque cuando lo hacía…
todo valía la pena.
Yo la miraba…
y sentía que estaba viviendo un sueño.
Me abrazaba…
me daba un cariño que nunca había sentido antes…
y yo simplemente…
me dejaba querer.
Me sentía bien.
Demasiado bien.
Como si el mundo ya no importara…
como si todo lo demás desapareciera…
y solo quedáramos ella y yo.
Y en ese momento…
yo estaba seguro de algo:
había pasado un milagro.
Porque alguien como yo…
que no creía en el amor…
ahora lo estaba viviendo.
Y lo estaba viviendo con ella.
Pero lo mejor…
todavía estaba por venir.