Pero como todo lo bueno…
también llegó lo malo.
Y no llegó de golpe.
Llegó despacio…
casi sin que me diera cuenta.
Pasaron los meses…
y yo seguía ahí, enamorado como el primer día.
Pensando que todo estaba bien.
Hasta que apareció él.
Un chico…
bajito, del tamaño de ella…
incluso menor que yo.
Al principio… no le di importancia.
Pensé que era uno más.
Un amigo cualquiera.
No tenía motivos para desconfiar…
o capaz no quería tenerlos.
Porque cuando uno ama…
a veces elige no ver.
Y después…
tuvimos una discusión.
De esas que no parecen graves…
pero que dejan un silencio incómodo.
Dejamos de hablar unos días.
Y fue en esos días…
donde todo empezó a doler de verdad.
Porque la vi.
Con él.
Feliz.
Como si yo no existiera.
Como si nunca hubiera existido.
Se abrazaban…
se reían…
y yo…
miraba de lejos…
sintiendo algo que no sabía cómo manejar.
Cuando le pregunté…
me dijo que le gustaba abrazarlo porque era pequeño.
Una excusa simple.
Y yo…
como estaba perdido en ella…
le creí.
Quise creerle.
Porque confiar…
era más fácil que aceptar lo que parecía obvio.
Pero igual…
algo adentro mío ya no estaba tranquilo.
Porque empezó a cambiar.
Pasaba más tiempo con él…
hablaba más con él…
lo abrazaba más a él.
Y yo…
me sentía distinto.
Como si me estuviera quedando atrás.
Como si todo lo que habíamos construido…
para ella ya no valiera lo mismo.
Y aun así…
la perdonaba.
Siempre.
Cada cosa.
Cada duda.
Cada incomodidad.
Porque la amaba.
Y cuando uno ama así…
aguanta más de lo que debería.
Hasta que llegó ese día.
Mi mejor amigo…
el que nunca me había mentido…
me dijo algo que me dejó frío.
—“La vi besándose con él.”
Y en ese momento…
no le creí.
No quise creerle.
Porque aceptar eso…
era aceptar que todo se estaba rompiendo.
Le pregunté a ella.
Y lo negó.
Sin dudar.
Como si nada hubiera pasado.
Mi amigo insistía:
—“Déjala… ya no es para vos.”
Pero yo…
me aferraba a la idea de que era un malentendido.
Algo que se podía explicar.
Algo que no era real.
Pero en el fondo…
sabía.
Todo apuntaba a lo mismo.
Y aun así…
me negaba a verlo.
Me sentía destrozado.
De esos dolores que no hacen ruido…
pero te rompen por dentro.
Yo la amaba de verdad.
Y no quería aceptar que eso…
podía no ser suficiente.
Pero junté valor…
y fui a hablar con ella.
No para pelear…
sino para pedirle algo simple:
—“Por favor… no te juntes con él.”
No era control…
era miedo.
Miedo de perderla.
Miedo de que lo que estaba sintiendo…
fuera real.
Y su respuesta…
fue lo que terminó de romperme.
Fría.
Directa.
—“No importa lo que me digas, o lo que te digan… no voy a dejar de hablar con él.”
Y ahí…
algo dentro mío se quebró.
No hice escándalo.
No grité.
No lloré.
Solo…
me quedé en silencio.
Y me fui.
Pero esa noche…
no dormí igual.
Porque entendí algo…
que no quería entender.
Y al día siguiente…
ya no aguanté más.
¿La amaba?
Sí.
Con todo lo que tenía.
Pero lo que estaba pasando…
me estaba doliendo demasiado.
Así que fui…
y la terminé.
Sin fuerza.
Sin ganas.
Pero sabiendo que era necesario.
Nos despedimos…
y ese momento…
se sintió vacío.
Como si todo lo que habíamos sido…
se hubiera quedado atrás, de golpe.
Después de eso…
me fui apagando.
Poco a poco.
Me hundí en mis pensamientos…
en ese silencio que nadie veía.
Pero afuera…
seguía igual.
Con mis amigos…
sonriendo,
haciendo bromas,
actuando como si nada hubiera pasado.
Como si no me hubiera afectado.
Como si no doliera.
Pero por dentro…
sabía la verdad.
Que eso…
me había dolido hasta el alma.