Infinitamente enamorada.

|Capítulo 22|

Llegué a la universidad más tarde que de costumbre, gracias al cielo la clases aún no iniciaban.

—Buenos días, Katy —me saludó Perla como habitualmente.

—Buenos días, Perlita.

Tomé todas las clases con Perla, ella se quedó hablando con el profesor porque había reprobado otra materia «como siempre».

Fui a la cafetería, moría de hambre, también le compraría algo a Perla.

Pedí dos sándwiches, unas papas, un té helado y un café.

Me senté en una banca que estaba disponible, apenas le iba a dar un mordisco a mi sándwich cuando Antonio me interrumpió.

—Hola, cabeza de chorlito —besó mi mejilla.

—Hola, cabeza hueca —le di un bocado a mi desayuno —¡cuéntame todo!

—¿De qué? —me miró confundido.

—¡De Marie!

—¡Ahhh! —se formó una sonrisa coqueta en su rostro —me cayó muy bien. Es muy divertida además de que es diferente a las demás chicas, aunque claro está que no hay ninguna como tú.

—¿Ya vas a empezar? —rodé los ojos y le di un sorbo a mi bebida —no nos compares y disfruta de la buena compañía de Marie, deberías estar agradecido por haber salido con una chica como ella —sonreí orgullosa de mi nueva amiga.

—Créeme que lo estoy, quizás ella me ayude a olvidarte.

—¡No digas eso, cabeza hueca!

—¿Por qué?

—Porque al decir eso ella perderá el interés, debes de salir con ella porque realmente quieras conocerla y no para olvidar a alguien que ni siquiera deberías querer —hablé con seriedad.

—¿Cómo te lo explicó? —llevó su mano a la barbilla y la masajeaba suavemente, mientras él hablaba yo terminaba de desayunar «no importa en qué situación esté, siempre habrá tiempo para comer» —eres diferente al resto, no te importa hacer el ridículo frente a los demás mientras estés con buena compañía y pese a eso eres la chica más penosa que he conocido en mí vida, eres tan delicada en la forma en la que caminas, en la forma en la que hablas, incluso en la forma en la que te enojas y eso me fascina —suspiró —tienes una voz increíblemente dulce, siempre estás limpia oliendo a rosas y caramelo —me sorprendió y perturbó lo bien distinguidos que tenía mis olores —eres tan inteligente que me parece increíble que seas real, tienes el don de alegrar a donde quiera que vayas incluso en un cementerio —sonrió cuán bobo —eres una niña tierna, mujer agresiva y sensual al mismo tiempo, además de tus ojos tan azules como el mar, tu cabello y tus labios tan rojos como el mismo fuego, tu piel blanca y helada como la nieve, jamás encontraré a alguien tan perfecta como tú —correspondí a su abrazo —nadie se compara a ti y por esa maldita razón más de uno estamos enamorados de ti, Katherine.

—Anton... —me interrumpió.

—Shh —colocó delicadamente su dedo índice en mi boca y comenzó a acariciar mis labios —no quiero que me digas que lo sientes, no quiero que me digas que tienes novio y tampoco quiero que empieces a rechistar porque te dije que eres perfecta —besó mi mano —negarlo, te hace aún más perfecta —acarició lentamente mi rostro —te quiero Katherine, te quiero muchísimo —sus ojos se nublaron y se marchó.

Me sentí tan mal de mirarlo así, lo peor es que no podía ayudarlo.

El receso estaba por terminar, así que fui al salón y le entregué su desayuno a Perla.

—Eres la mejor amiga. Gracias, Katy —asentí.

—¿Pudiste arreglar algo?

—Sí —sonrió —haré el examen nuevamente —rodó los ojos.

—¡Esta vez estudias!

—Sí —soltó risitas.

Las clases terminaron, subí al autobús y luego del largo camino, llegué a casa.

Comí tranquilamente, me di la segunda ducha del día porque el calor está terriblemente feo, me cepillé mi cabello, me hice un moño alto, me coloque unas mallas deportivas negras, una blusa larga azul cielo «para que tapara mi trasero» y unos tenis negros, me eché perfume, arreglé mi mochila y salí a la parada del autobús.




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