Esta experiencia que cuento en el libro fue solo el principio.
No nació ese día, no empezó en el auditorio ni en esa charla.
Fue la primera vez que se manifestó de forma tan visible, pero no fue la primera vez
que la sentí.
Yo siempre supe que había algo en mí que no era común.
No mejor, no peor.
Simplemente distinto.
El primero en notarlo fue Paco, mi diácono, el hombre que me acompañaba en ese
tiempo y que conocía mi interior más de lo que yo mismo lo entendía. Él fue quien
percibió que había algo espiritual en mí que no se veía todos los días:
una sensibilidad, una claridad, una intuición que, según él, pocas personas poseen.
Paco me decía:
—Vos entendés sin que te expliquen.
Vos percibís sin que te muestren.
Vos hablás sin miedo a la escena, sea donde sea.
Y tenía razón.
Yo no sabía cómo explicarlo.
Pero había algo dentro mío que se movía con naturalidad en lo espiritual, algo que no
me daba miedo, que no me sorprendía, que simplemente era parte de mí.
La fe, la convicción y ciertas experiencias que viví antes me habían marcado.
Habían despertado en mí un nivel espiritual que no es frecuente:
una capacidad de sentir, entender y comunicar desde un lugar que no pasa por la
mente, sino por el alma.
Con el tiempo aprendí que todos tenemos un lado espiritual.
Pero no todos están abiertos de la misma manera.
Algunos perciben la energía del ambiente como si fueran una esponja:
absorbiendo lo positivo
y también lo negativo.
Esa percepción puede ser una bendición o una carga.
Cuando la energía es buena, se siente como un impulso, una claridad, una liviandad
interior.
Pero cuando es negativa, no es invisible:
bloquea, confunde, inquieta.
No deja pensar con claridad.
No deja fluir.
Ocupá un lugar adentro que no debería ocupar.
En esos momentos aprendí algo fundamental:
no hay que quedarse con esa energía.
No hay que retener lo que no es nuestro.
Hay que liberarlo.
Y cuando lo soltás
—cuando te librás de esa carga—
la mente vuelve a estar disponible,
el interior vuelve a estar limpio,
y la palabra vuelve a ser verdadera.
Eso era lo que ya vivía antes de la experiencia del auditorio.
Eso era lo que estaba en mí.
Eso era lo que me formó por dentro.
Y eso fue lo que me permitió superar lo que estaba por venir.