Desde siempre tuve una sensibilidad difícil de explicar. No era fragilidad ni exceso de
emoción. Era algo más profundo: una capacidad de percibir lo que otros no notaban.
La energía del ambiente me atravesaba. Lo positivo me elevaba. Lo negativo me
drenaba. A veces me costaba estar cerca de ciertas personas porque irradiaban una
densidad que me afectaba el cuerpo y el ánimo. Sentía más de lo que podía justificar
con palabras.
Con el tiempo entendí que no era debilidad. Que tampoco era casualidad. Era una
forma de ver, sentir y percibir que nacía desde el alma. Y cuando el alma está
despierta, no se puede ignorar. La energía llega, se absorbe, atraviesa, y uno tiene que
aprender a protegerse.
Nunca pensé que eso tuviera un propósito. Hasta que un día, sin buscarlo, empezó a
manifestarse de una manera distinta.
Porque cuando uno se dispone, la luz encuentra por dónde entrar.