Mi mamá estaba tensa, bloqueada, con un malestar que no encontraba explicación.
No hablaba mucho, pero su cuerpo decía todo. Yo la observé un momento y sentí que
tenía que hacer algo, aunque no sabía qué.
Le pedí que cerrara los ojos, que pusiera la mente en blanco, que no pensara en nada.
Nos abrazamos en silencio. Madre e hijo. Sin palabras. Solo presencia.
Mientras la abrazaba, algo en mí se acomodó. Una calma profunda, como si mi mente
se hubiera quedado vacía por unos segundos. No dije nada. No hice nada “especial”.
Solo me entregué a ese instante.
Cuando abrió los ojos, estaba llorando. Me dijo que el dolor se había ido, que ya no
estaba tensa, que podía pensar, que se sentía liviana. Su llanto no era por tristeza,
sino por alivio.
En ese momento entendí que la luz actúa cuando uno se corre del medio. Yo no la
“sané”. Solo fui el puente. Y algo más grande hizo el resto.