Con el tiempo, mi abuela me observó con esa mirada que solo tienen los que saben
cosas que no se enseñan. Un día me dijo:
“Hay algo que se transmite de generación en generación. Y vos sos la persona
indicada para recibirlo.”
Era 24 de diciembre. Faltaba un minuto para la medianoche.
Me dijo: “Cuando sean las 23:59 te voy a dar una herramienta. Y con esa herramienta
vas a poder ayudar al que está oprimido, al que está cargado de energía negativa.”
A la hora exacta, me dijo unas palabras que habían sido parte de la tradición familiar.
Era una enseñanza vieja, silenciosa, íntima. No de libros. De almas.
Yo no sabía cuánto significaba eso hasta que tuve que usarlo.
Recién entonces entendí que no era un “secreto”.
Era una responsabilidad. Un llamado.
Y yo había sido elegido para continuar algo que venía de mucho más atrás que mi
propia vida.