Infinity

EL ALMA

Esa misma noche, después de que el bebé dejó de llorar y mi amiga se quebró en
medio de la sorpresa, me quedé en silencio. No dije nada. No hacía falta. Había algo
más fuerte que las palabras flotando en el aire.
Ella me abrazó, temblando.
—¿Cómo supiste? —me preguntó.
Y no supe qué contestar. Porque no era “saber”.
Era recordar.
Recordar algo que no había aprendido, sino heredado.
Cuando salí a la calle, la noche estaba quieta. Ni viento. Ni un ruido.
Esa quietud que no es ausencia, sino presencia.
Caminé despacio, como si cada paso me revelara un pedacito de un secreto más
grande.
De repente, entendí algo que nunca había puesto en palabras:
No era un don para mostrar.
Era una responsabilidad para cuidar.
Recordé a mi abuela.
Sus manos.
Su voz.
Las cosas que decía sin mirar, como si leyera un libro que todos teníamos escondido
adentro.

En ese momento me cayó una ficha:
Lo que yo hacía no era magia.
Era conexión.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.