Cuando todo terminó, entendí que nada de lo que había ocurrido dependía de mí. La
voz que volvió no era mía, las palabras no nacían de mi mente, y la calma que sentí no
venía de mi cuerpo. Todo fue luz obrando a través de un medio dispuesto. Ese día
confirmé que la palabra, cuando nace del alma y se entrega sin miedo, llega
exactamente a quien la necesita. Y comprendí que mi misión no es hablar fuerte, sino
mantener el corazón abierto para que la luz encuentre por dónde pasar.