Infusión

2. ⊹ ࣪ ˖ Horas Compatibles ˖ ࣪ ⊹

24 de enero

Pensé que Evan sería de esas personas que madrugan sin esfuerzo, disciplinadas y organizadas. Como descubrí la semana pasada, para él, sus alarmas son canciones de cuna. Cuando tiene clase temprano pone cuatro alarmas. Cuatro. Con el intervalo de cinco minutos. Probablemente despierta a todo el edificio. A mí definitivamente me despierta. Todas las mañanas de martes y jueves.

Está mañana mientras me alistaba para las clases sus alarmas no dejaban de sonar. 6:00. 6:15. 6:25. 6:30. A la cuarta ya me había cansado y la apagué. Me quedé a lado de su cama y debatí sobre si despertarlo o no.
No es mi responsabilidad. Él es un adulto. Me repetí como el otro día.

Al final, toqué su hombro.
Nada.
Lo sacudí un poco más fuerte.
Nada.

—Evan —dije, más alto—. Tienes clase en veinte minutos.

Gruñó algo ininteligible y se dio la vuelta, dándome la espalda.
Suspiré y volví a sacudirlo.

—Evan. En serio. Vas a llegar tarde.

Esta vez abrió un ojo. Me miró con una expresión que solo puedo describir como "odio puro y profundo hacia la existencia misma".

—¿Qué hora es? —murmuró con voz pastosa.
—Seis cuarenta.

Cerró los ojos de nuevo.

—Cinco minutos más.
—No tienes cinco minutos más.
—Entonces diez.

¿Negociaba? ¿En serio negocia tiempo de sueño?

Decidí dejarlo por la paz y me alejé. O eso creí.
Le lancé una almohada (igual de infantil) cuando noté que sus hombros se relajaban de nuevo. Volvió a gruñir y creo que también maldijo. Finalmente se levantó, arrastrando los pies hacia el baño.

Después, salí para empezar mi trayecto al edificio dónde tenía clase, mientras conectaba mis audífonos a mi celular escuché que se abrió la puerta del dormitorio.

Evan salió apenas se había puesto un suéter encima de la camiseta que uso para dormir, su cabello estaba esponjado. Comenzó a caminar y yo igual.

Tenemos clase en el mismo edificio. Caminamos… no juntos. Solo lo suficientemente cerca como para que pareciera coincidencia.

Ninguno aceleró el paso o intentó alejarse de alguna manera. El silencio empezó a pesar y lo miré de reojo. Se veía... tranquilo, pero seguía teniendo mirada de: “Odio existir”. Tenía cientos de preguntas para no quedarme en silencio. ¿Desayunaste? (conozco perfectamente la respuesta), ¿A qué hora es tu clase? (trivial), ¿Dormiste bien? (innecesaria). Me rendí porque de igual manera él tenía puestos sus audífonos.
Y aunque no los tuviera, probablemente no respondería de todas formas.
Afortunadamente llegamos al edificio y cada uno se fue por su camino.

Cuando regresé al dormitorio Evan ya había regresado también, estaba en su escritorio con los audífonos de nuevo con los audífonos puestos. Me aseguré de dejar mis cosas en orden para evitar que me diera un sermón antes de dirigirme a la cocina para prepararme algo sencillo. Abrí el refrigerador y de nuevo aparecieron los recipientes de comida como siempre de la nada.

Mientras cocinaba, no pude evitar pensar en esos recipientes. Siempre aparecen. Dos o tres veces por semana. Comida casera. Bien hecha.
Evan no cocina. Eso es un hecho. Lo he visto abrir uno de esos tuppers, calentar la comida en el microondas y comerla directamente del recipiente mientras estudia. Los tuppers es lo único que había en el refri cuando llegué, además de leche y una que otra fruta, también varias cajas de té negro en la alacena y café. La cocina estaba casi vacía, ahora está algo lleno con lo que yo compro.

Estaba comiendo la pasta que preparé, cuando Evan entró a la cocina.
Busco la tetera para calentar agua, en lo que se calentaba abrió el refrigerador, sacó uno de los recipientes y lo metió al microondas. Se apoyó contra la encimera mientras esperaba. Ahí fue cuando me di cuenta que lo estaba siguiendo con la mirada. Y todavía me encuentro describiendo cada movimiento ahora.

Creí que iba regresar a su escritorio mientras comía como siempre hace, pero está vez comió en la cocina. Directo del recipiente, sin molestarse en servirse en un plato. De pie. Con la mirada perdida en la comida.
El silencio solo era interrumpido por el sonido de los cubiertos. Necesitaba decir algo (eso creí), pero cada pregunta era igual de estúpida que las se me ocurrieron está mañana.
Terminó de comer y se quedó ahí, apoyado contra la encimera con la taza entre sus manos. Para mí sorpresa, él hablo. Si, hablo y no era un reclamo.

—¿Siempre cocinas?
—Si... Casi siempre —contesté intentando sonar casual.

Evan solo asintió. No agrego nada más, pero noté como su pulgar movía lentamente sobre la taza, como si estuviera pensando. Seguí comiendo mi pasta, fingiendo que no lo veía de reojo cada tres segundos.

Cuando salió de la cocina, me quedé preguntándome por qué carajo me sentía... decepcionado.¿Decepcionado de qué? ¿De que no hablara más? ¿De que no se sentara? ¿De que no... qué?

Ni siquiera lo sé. No hay porque de darle tantas vueltas a esto.

Me repetí esa frase mientras lavaba mi plato, intentando convencerme pero seguí pensando lo contrario porque seguí dando vueltas.

Me fui a mi lado de la habitación, Evan estaba en su escritorio con esa postura que seguro deja dolor de espalda. De nuevo, no intercambiamos más palabras. Solo adelantaré mi tarea y me iré a dormir.




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