9 de febrero
Estas últimas semanas nos despedimos con un simple “nos vemos” al llegar al edificio. No sé quién empezó, pero a veces él es quien se despide primero o, al menos, asiente con la cabeza. Me parecía un avance. Hasta hoy.
Cuando desperté, su cama estaba hecha, su mochila no estaba y sus llaves tampoco. Había salido sin mí.
Revisé mi celular sin saber qué esperaba. Regla 6: mensajes solo para emergencias. Esto no lo era. Y, aun así, mientras caminaba solo tenía la sensación de que algo faltaba. Tocaba mis bolsillos cada cierto tiempo pensando que era la cartera, las llaves o algo así, pero lo llevaba todo.
Todo estaba correcto.
No, no lo estaba.
Durante el día no podía evitar preguntarme: “¿Hice algo mal?”, “¿Está enojado?”. Varias veces estuve a punto de enviarle un mensaje, pero no sabía qué decir. “¿Por qué no me esperaste?” sonaba a reclamo, y no tengo derecho a reclamar. No somos amigos. Solo soy el compañero de cuarto que camina junto a él porque va en la misma dirección.
Entonces, ¿por qué me siento así?
Abandonado. Eso suena ridículo. Olvídalo.
Al terminar las clases no quería regresar al dormitorio. No quería enfrentarlo todavía. Fui a una cafetería del campus, saqué mi cuaderno de bocetos y pedí un café que terminó enfriándose porque lo olvidé.
Dibujaba sin pensar: rostros desproporcionados, trazos temblorosos que no llegaban a nada, cuando entró un grupo de chicos hablando demasiado fuerte. Mientras hacían fila, no pude evitar escucharlos.
—¿Ubican al chico alto de sudadera azul? —preguntó uno.
—Ah… ¿el que siempre trae audífonos?
—Ese.
—¿Cómo se llamaba?
—Solo recuerdo su apellido —otro se unió a la conversación.
—¿Gray Allen? El profesor lo menciona mucho.
—Nunca habla, pero parece la mascota del profesor.
—Siempre lo pone de ejemplo por sus análisis.
Me quedé con el lápiz suspendido sobre el papel.
Gray Allen.
Hasta su apellido suena a “soy importante”.
Estudiante modelo. El estudiante modelo comparte habitación con el estudiante promedio. Ni siquiera a promedio llego.
Pero… ellos no saben que ese estudiante prodigio se queda dormido. Que casi siempre tiene flojera. Que se despierta con el cabello alborotado y la mirada perdida. Que nunca desayuna, aunque su estómago ruja traicionándolo.
Y, aun así, tienen razón en algo: es importante.
Y yo ni siquiera sé quién soy.
Quería dejar de pensar en él su ausencia Nada suena bien. Pero fue inútil. Esa conversación me hizo volver a lo de esta mañana y, sin darme cuenta, había dibujado a Evan.
No perfecto. Estaba desproporcionado. Pero era suficiente para que, si alguien lo conociera, supiera que era él.
Arranqué la hoja del cuaderno con más fuerza de la necesaria. Estuve a punto de arrugarla, de tirarla, pero no pude. Guardé la hoja entre un libro.
Más patético no puedo ser.
Cuando regresé, me detuve a mitad de las escaleras porque alguien estaba apoyado en la pared, junto a la puerta del dormitorio. Un muchacho de cabello castaño claro y lacio. Tenía facciones definidas y parecía mayor que yo. Miraba su celular con extrañeza y en la otra mano llevaba una bolsa.
Cuando me acerqué, levantó la mirada.
—¿Vives aquí? —señaló la puerta del dormitorio.
Asentí.
—¿Está Evan? Toqué varias veces y no abre. También le envié un mensaje y no contesta.
Fruncí el ceño. A esa hora debería estar ahí.
—Supongo que sí… Debe tener los audífonos puestos.
Por eso nunca debo olvidar mis llaves. Podría quedarme afuera mientras él escucha música a todo volumen.
Saqué mis llaves con una torpeza que no supe explicar y abrí la puerta.
Evan estaba sentado frente a su escritorio, abrazándose las rodillas mientras veía una serie en la computadora.
¿Por qué no estaba estudiando?
Además, parecía perdido. Como si ni siquiera estuviera prestando atención a lo que veía.
El muchacho le tocó el hombro. Evan se sobresaltó y se quitó los audífonos con brusquedad.
—¿Cómo entraste? —preguntó mientras se levantaba.
—Te envié un mensaje y toqué la puerta varias veces. Tu compañero me abrió.
Evan me miró. Fue una mirada rápida, de reojo, como si acomodara piezas en su cabeza.
—Él es Milo —dijo al final, antes de volver la vista hacia el muchacho.
—Charles —respondió él, extendiéndome la mano con una sonrisa amable—. Su hermano.
Estreché su mano y solté un suspiro que no sabía que estaba conteniendo al escuchar la palabra “hermano”.
Charles soltó mi mano y volvió a mirar a Evan.
—Te he dicho que no uses los audífonos a todo volumen cuando estás solo —añadió. No sonó molesto. Sonó protector.