Maldita luz. ¿No está nublado hoy?
Me duele todo. La cabeza, la garganta, los huesos. Como si alguien me hubiera golpeado mientras dormía.
Milo está...
Se quedó dormido en la silla.
¿Por qué no se ha ido?
¿Por qué los lentes? Se le resbalan por la nariz. Si se caen, van a... No sé. Romperse. Es estúpido quedarse dormido con los lentes puestos.
Una libreta roja en sus piernas. La pluma en el suelo. La lámpara sigue encendida. ¿Así pasó la noche? Está gastando luz. Y parece que se va a romper el cuello.
¿Por qué tuve que enfermarme? Todo va de mal en peor.
Tengo frío. Pero sigo teniendo fiebre. ¿A qué hora se supone que debo...? Milo es quien sabe a qué hora debo tomar el medicamento. Se está esforzando mucho. Se va a enfermar por mi culpa. Y se va a romper el cuello.
Debo despertarlo. Es lo menos que puedo hacer.
Pero mi garganta... siento como si tuviera una espina clavada. Cada vez que trago, duele.
Necesito un té. El que me preparaba mi hermano. Jengibre con limón. O miel. No recuerdo.
No. No le voy a preguntar. Los dulces de miel son suficientes.
Milo se movió. ¿Ya está despertando?
No. Aún no.
Tendré que despertarlo yo. Y probablemente ya esté cansado. Harto de cuidarme. Y esta vez sí se irá. Como todos.
[⋆⋅☆⋅⋆]
Milo abrió los ojos antes de que pudiera intentarlo. Los lentes se resbalaron más y los atrapó justo antes de que cayeran al suelo.
Me miró. Directo. Con esos ojos verdes que a veces parecen grises.
—¿Estás bien? —preguntó. Su voz sonó alterada. Como si le hubiera pasado algo a él, no a mí.
Mi garganta me está matando. El cobertor pesa, pero siento frío. La luz me molesta. Y él sigue aquí. No entiendo por qué.
No entiendo nada.
Y eso me irrita.
No. No lo estoy.
—Sí —respondí.
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19 de febrero
Evan mejoró lo suficiente como para que yo esté satisfecho con mi esfuerzo. Ya no protesta tanto y no necesita ayuda para cada movimiento.
Algunas cosas siguen siendo incómodas. Me duele el cuello porque me quedé dormido en la silla. Casi se me caen los lentes cuando desperté. Lo primero que vi fueron los ojos de Evan fijos en mí. Pensé que tal vez necesitaba algo y no pudo despertarme. Debí haber puesto una alarma, pero eso podría haberlo molestado.
—¿Estás bien? —pregunté, más alterado de lo que quería.
Me observó por lo que pareció una eternidad. Pero seguro solo fue un segundo.
—Sí.
No me convenció.
Revisé mi celular y fui directamente a la cocina para prepararle algo de comer antes de tomar el medicamento. Escuché que se levantó de la cama. Volteé de inmediato. Estaba casi arrastrándose al baño.
Bueno, ya podía moverse un poco.
Sonreí. No pude evitarlo.
Logró comerse la mitad de la sopa. Durmió después de tomar el medicamento. La fiebre había bajado notablemente y ya no necesitaba el trapo. No hubo más protestas. Ni miradas intensas. Solo él durmiendo.
Aun así, me quedé por si empeoraba de pronto.
Después de tres horas de siesta, me pidió algo. Finalmente.
—¿Podrías... —se detuvo. Dudaba— pasarme mi computadora?
—¿Vas a hacer tarea?
Asintió.
Claro. Responsable hasta en las peores condiciones. Lo sé, era solo un resfriado, pero prefería que descansara todo el día. Aun así, eso no está en mis manos. Son sus responsabilidades.
Me levanté y le entregué la computadora. Se sentó y yo, sin pensar, acomodé la almohada en su espalda.
Me miró un microsegundo. Pero no dijo nada.
—¿Irás a tus clases mañana? —pregunté.
Dio otro pequeño asentimiento.
—¿Seguro?
—Ya no... —se aclaró la garganta—. El clima mejoró.
—¿Y tú? —remarqué—. ¿Mejoraste?
Se quedó mirando la pantalla. Suspiró.
—Voy a ir a mis clases —dijo, mirándome de reojo.
A él le gusta que lea entre líneas. O solo lo hace para alejarme.
Me obligué a no insistir más. No protestó. Está un poco mejor. No molestaré.
Acercarme demasiado solo me empuja al principio, una y otra vez.
Todo vuelve a ser incómodo. Pero esta vez puedo hablar sin tener que ser consciente de mi tono.