Lunes. Siempre hay demasiado movimiento esos días, pero en el dormitorio de Evan y Milo solo había dos personas evitándose.
Podrían salir a cualquier lado para evitarse, Milo podía ir a lugares donde puede entrar sin tropezar con fantasmas. Cualquier excusa serviría porque ninguno va a cuestionar a dónde fue el otro. Pero decidieron quedarse en el mismo lugar. Un cuarto que solo tiene tres espacios, si el baño cuenta.
Si uno está en la cocina, el otro estará en su cama. Si uno está en su cama, el otro se mueve a su escritorio. Por ciertas razones, evitaban alejarse mucho del otro.
Evan no ha dormido. En la noche, su cerebro estaba alerta, pensando en que por fin cruzó un límite y al día siguiente Milo ya no estaría en el dormitorio. Se seguía repitiendo: “Esto ya está afectando mi entorno”. Cuando eso es lo más cercano a “me importa” que puede tener. Y a pesar de eso, no lo admite.
Sin saberlo, ambos están en el mismo espacio repitiendo la discusión y se dan cuenta de que podían haber dicho cosas mejores. Evan ha mantenido distancia millones de veces de Milo y aun así, se atrevió a hablar como si lo conociera de toda la vida. Milo no sabría decir qué es exactamente lo que siente. Solo sabe que es demasiado y que prefiere no nombrarlo, como si ponerle palabras lo volviera más real.
El dormitorio B-06 está en completo silencio. La música, los pasos y risas en los pasillos se escuchan con claridad. A ninguno le molesta. No se necesita explicar el porqué.
Evan estaba en su cama, el libro “El corazón de las tinieblas” abierto entre las manos, pero solo parecía estar mirando de qué estaba hecho el papel. El texto era inteligible para él, podía leer las palabras pero no unirlas en una simple oración. Sus ojos ardían, cerró el libro y lo dejó a un lado. Miró al techo. No ofrecía respuestas, pero tampoco exigía nada.
Iba a levantarse para lavarse la cara, pero no hizo ningún movimiento. Se quedó así. Parpadeó. Una vez. Dos veces. A la tercera, no abrió los ojos. Todavía intentaba recordar alguna oración del libro, pero solo recordaba palabras que deformaba cada vez que repetía:
Tierra. Sierra. Guerra... Tierra. Tiara. Teína. Tierra.
La palabra fue lo último que cruzó por su mente. Todo se mantuvo a oscuras. Cuando abrió los ojos, la luz que entraba por la ventana era grisácea, solo iluminaba el centro que dividía el cuarto. Estaba nublado afuera, en la mañana el cielo estaba despejado. Se incorporó apoyándose en sus codos. El silencio era distinto y oscuro. Ni siquiera estaba la luz de la cocina. Cuando se levantó, su cuerpo se sentía lento. No pesado. Desincronizado con su mente que estaba llena de preguntas.
Fue a la cocina y encendió la luz. Estaba todo en orden y demasiado limpio. Milo había limpiado como tres veces la cocina hoy. Evan regresó al centro de la habitación. La cama: no había indicio de que alguien hubiera estado ahí. Escritorio: demasiado ordenado, al igual que la cocina. Baño: no había nadie porque la luz no estaba encendida.
Evan se pasó una mano por la cara. Todavía tenía sueño porque haber tomado una siesta de dos horas obviamente no era suficiente para recomponer un día sin dormir. Ni siquiera hubiera querido tomar esa siesta. Miró la hora en su celular: 6:30 p.m.
Observó la pantalla, su fondo azul sin ningún garabato. Aún le ardían los ojos. Se quedó así, esperando que alguna notificación apareciera. Nada. Se sentó en la cama. Desbloqueó el celular y abrió el chat de Milo.
¿Saliste?
Escribió. Su pulgar se detuvo unos segundos antes de presionar el botón de enviar. Al mandarlo, se levantó y fue al baño a lavarse la cara. Luego, revisó su celular. Una notificación, Milo había respondido.
azotea
Evan lanzó el celular de vuelta a la cama. No añadió nada más. Se quedó parado en medio del cuarto, mirando a la ventana. Solo había silencio en el cuarto. Ninguna pluma contra el papel. Ningún ruido en la cocina. Se sentó en la cama de nuevo. Notó que la chaqueta que Milo cuando levantó la vista. La chaqueta seguía ahí, colgada de la silla, con sus parches y pines. Evan la miró un momento. Todavía estaba aquí. Él todavía estaba aquí. Y eso era lo único que importaba.
Suspiró y finalmente se levantó.
Salió del cuarto y caminó para ir arriba.
Las escaleras estaban casi vacías. El ruido del edificio se diluía conforme subía. Cada paso sonaba más de lo necesario. Podía detenerse. Estuvo a punto de hacerlo. Decidió no hacerlo. Abrió la puerta y una brisa fresca le hizo sentir un escalofrío. Milo estaba ahí, sentado en el suelo con su cuaderno de bocetos sobre sus piernas. Con tan solo una camiseta de manga corta.
Evan se acercó apenas, se sentó lo suficientemente cerca para mirar su cuaderno sin inclinarse. Milo no lo tapó. Líneas torcidas, cuadrados imperfectos, fallas en perspectiva. Bocetos. Solo eso.
Se resfriará, pensó Evan. Mas no se lo dijo.
Miró hacia el frente. Pudo ver lo que dibujaba Milo. Solo edificios. Evan enrollaba las mangas de su suéter, luego las soltaba, una y otra vez. Abrió la boca. La cerró. Miró hacia el cielo, gris, casi oscuro, como si la lluvia lo amenazara.
—Va a llover... —murmuró Evan.
Milo detuvo el lápiz.
—Sí —respondió.
Y volvió a mover el lápiz.
Ninguno se movió, a pesar de que el viento era cada vez más fresco y húmedo. Evan se puso la capucha de su suéter. Milo ni se inmutó, pero tenía la piel de gallina.