Infusión

11. ⊹ ࣪ ˖ Amargo y Dulce ˖ ࣪ ⊹

No he dejado de cuestionar todo lo que ocurre. Y odio no tener respuestas. ¿Por qué ofreció el té? ¿Por qué subió? ¿Es su escondite ahora? No pregunté nada. Él caminaba delante de mí sin mirarme.

La luz del pasillo siempre parpadea y ahora me marea más de lo normal. Odio la luz cálida. Debí quedarme dormido y no subir.

Cuando Milo abrió la puerta, se detuvo un momento. Al asomarme vi a mi hermano, sentado en mi cama. Tuve un déjà vu de cuando llegaba tarde a casa y mi hermano estaba esperándome. La diferencia es que antes esperaba para regañarme. Ahora solo espera. Y eso es peor.

Se suponía que vendría mañana.

—Llamé tres veces —dijo Charles.

Miré el celular en mi cama. No vi necesario llevarlo conmigo arriba.

—Lo dejé aquí —dije.

Charles suspiró y se levantó.

—Ya vi.

Solo eso. No preguntó dónde estábamos, por qué salimos si iba a llover. Nada. Y eso no me tranquiliza.

Tenía una bolsa en la mano, no la de siempre donde trae los tuppers. Mediana, de papel kraft, tenía un logo de una pastelería en ella. Fue a la cocina y sacó un pastel pequeño de fresas. Sé que es irónico que me guste el té negro y el café amargo, pero me gustan mucho los postres dulces. Y él lo sabe bien.

—¿Comieron? —preguntó mirándonos a ambos.

Milo, que había estado parado junto a la puerta todo este tiempo, respondió primero.

—Iba a preparar algo.

Y se movió a la cocina.

Charles asintió. Guardó el pastel en el refrigerador. Y luego me miró a mí.

—Primero come antes de comer el pastel, ¿entendido? —ordenó Charles.

Usó el mismo tono que usaba cuando quería comer galletas antes de la comida. Otro déjà vu.
Solo asentí. De niño hubiera rodado los ojos.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó Charles a Milo. No era una pregunta como tal, ya se estaba enrollando las mangas de la camisa.
—Ah... ¿puedes rallar el queso? —señaló con la barbilla el queso en la encimera.

Charles asintió. Milo le indicó dónde estaba el rallador y comenzaron a cocinar. Y en ese momento me sentía a años luz. Me quedé en la entrada de la cocina sin saber dónde poner las manos. Mis pies quietos. La cocina es demasiado pequeña para tres personas. Apenas si puedo quedarme con Milo sin que choquemos con cada movimiento, pero ellos nunca chocaban.

Charles dijo algo que no escuché con claridad que hizo reír a Milo. Y las veces que lo he escuchado reír últimamente no fue igual a esa risa. Ahora solo hacía risas sarcásticas o nerviosas. Lo más raro es que se ve... natural. Como si se conocieran de hace años. Me molesta o... como siempre, no tengo idea.

Por inercia, finalmente me moví. Puse la mesa. Algo que a veces hago cuando Milo “mide mal las porciones”. No sé si él sabe que sé que es mentira. Pero no lo digo. Saqué dos platos y me detuve.

—¿Te... te quedarás? —pregunté a Charles.

Charles me miró, alzando una ceja. Que esa pregunta saliera de mi boca le es raro. Pero aun así asintió.

Aunque me extraña esto de que estemos los tres, es mejor a que me quede solo con Milo. Sé que lo estoy evitando y suena egoísta, pero... quiero un respiro por una vez en mi vida. No sé por qué es tan difícil. Pero cuando Milo hace una pregunta que solo tiene como respuesta “sí” o “no”, siento que cualquier respuesta es incorrecta. O insuficiente. O las dos.

Tres platos, tres vasos y tres tenedores en la mesa. Anomalía.

Cuando sirvieron la cena, Milo se sentó frente a mí y Charles a mi lado. Seguían hablando y el ruido de sus voces era un murmullo constante, como el de la televisión de fondo. Solo estaba girando el tenedor en mi plato, enrollando la pasta sin fin. Dejé de hacerlo cuando sentí la mirada de Charles. La misma mirada de cuando niño: “no juegues con la comida”.

En un momento Charles le preguntó a Milo si tenía hermanos, levanté la mirada.

—Yo soy el mayor de cinco —dijo, una sonrisa que pude identificar como orgullo se formó en sus labios.

Charles alzó las cejas, sorprendido.

—¿Cinco? —repitió con incredulidad—. ¿Recuerdas todos sus nombres?
—La que nació después de mí se llama Ruby —dijo—. Luego mi hermano Emilio. Y las menores son gemelas: Amber y Jade.
—Vaya… debió ser ruidosa la casa —comentó Charles.
—Sí, pero luego no puedes vivir sin ese ruido.

Solo pude pensar que para Milo debió de ser un cambio muy abrupto de una casa ruidosa a este dormitorio donde el sonido de una hoja se escucha como un estruendo.

—Nosotros solo tenemos una hermanita —mencionó Charles—. Se llama Jazmín. Tiene 13 años.
—¿Y ella también es callada como tú? —preguntó Milo, mirándome.

La pregunta me tomó por sorpresa. No porque fuera difícil de responder, sino porque me incluyó. Después de minutos de ser un espectador en mi propia cocina, de repente Milo me miraba y esperaba una respuesta.

—No —dijo Charles por mí—. Jazmín habla por los dos.

Milo rió. Yo bajé la mirada a mi plato. La pasta seguía ahí, enrollada en el tenedor. Ya debía estar fría. Apenas si había probado bocado. Charles se dirigió a mí.




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