Infusión

12. ⊹ ࣪ ˖ Humedad Expuesta  ˖ ࣪ ⊹

15 de marzo

Parece que mi mente está decidida a ensañarse conmigo.

Cuando volvió de sus clases, afuera llovía tan fuerte que el agua golpeaba las ventanas como si quisiera entrar. Evan estaba empapado; tiró la mochila al suelo y cerró la puerta con fuerza. Para colmo, llevaba ropa muy delgada: una de esas camisetas de manga larga con doble capa —gris claro sobre negro— que parecen abrigadoras pero no lo son. La tela mojada se le pegaba al cuerpo, marcándole los hombros, las clavículas, las costillas. Confirmando lo que ya sabía pero nunca había visto tan claro: es más delgado de lo que sus sudaderas dejan ver.

—¿No viste el pronóstico al salir? —pregunté girándome en mi silla, conteniendo una risa al ver su cabello aplastado por el agua.

Entrecerró los ojos mientras se quitaba los zapatos con brusquedad, tambaleándose un poco.

—Quise tener una experiencia inmersiva —respondió, intentando sonar sarcástico, pero el temblor por el frío lo delató.

Iba a burlarme, pero la luz parpadeó dos veces y se fue.

Evan soltó un suspiro cansado y murmuró:

—Lo que me faltaba…

Buscó su celular, que había olvidado en el escritorio, pero estaba muerto. Chasqueó la lengua y lo lanzó a la cama. Encendió una linterna que tenía guardada y la dejó en el escritorio. La tela seguía pegada a él, goteando sobre el piso, y aunque quise apartar la mirada, la penumbra hacía todo más difícil de ignorar. Solo su silueta, recortada por la luz de la linterna. Tuve que fingir que buscaba algo en mi mochila.

Me sacó de mi nube cuando me pidió una toalla. Cuando se la entregué, vi por un segundo su clavícula húmeda y las gotas bajando desde su cabello. Tuve que apartar la mirada.

—¿No vas a ducharte? Te vas a enfermar —logré decir.
—No quiero ducharme a oscuras —respondió—. Y esa linterna no alcanza.
—Bueno… tampoco creo que las velas sirvan…

Mala idea. Muy mala idea.

La imagen mental de Evan duchándose con luz de velas apareció sin permiso y tuve que ahogar un "¿qué demonios me pasa?". La imagen mental que me provocó esa frase aún me está persiguiendo.

Eso empeoró cuando Evan entró al baño para cambiarse y el cuarto quedó a oscuras.

Mi mente empezó a hacer lo que siempre hace cuando no hay nada que la distraiga: imaginar.

Empezó con sonidos. El crujido de la puerta del baño al cerrarse. El clic de la cerradura. El roce de la tela mojada al deslizarse sobre su piel. La imaginé cayendo al suelo con un golpe sordo.

No vi nada. No podía ver nada. Pero escuchaba. Y mi cerebro, ese traidor, empezó a llenar los espacios vacíos con imágenes que no había pedido.

La imagen llegó de la nada: Evan, de espaldas, con la camiseta levantada hasta los hombros, la columna vertebral marcada bajo la piel pálida. La tela mojada se despegaba de su cuerpo con lentitud, dejando ver la piel que antes estaba oculta.

Cerré los ojos. No ayudó. La oscuridad interior era peor que la exterior.

La imagen no se iba. Se quedaba ahí, en el borde de mi mente, esperando a que bajara la guardia para colarse de nuevo.

Escuché el roce de la cremallera. El sonido de un pantalón cayendo al suelo.

Me llevé las manos a la cara, como si eso pudiera borrar lo que mi mente había creado.

No debí estar imaginando esas cosas. Porque Evan es mi compañero de cuarto, y apenas estamos aprendiendo a estar en la misma habitación sin pelear, y porque pensar en él así... y ahora me encuentro escribiendo lo que me imaginé a detalle, mierda.

Cuando Evan abrió la puerta me sobresalté, pero también fue un alivio momentáneo. Me senté en la cama, agarrándome el pecho. No sabía si mi corazón estaba latiendo tan fuerte por el susto o por… lo otro.

—¿Por qué te sigo asustando cada que aparezco? —comentó, conteniendo una risa.
—Porque eres un fantasma —respondí, más rápido de lo que quería, la voz saliendo más aguda de lo normal—. Nunca te escucho llegar.

Se encogió de hombros y siguió secando su cabello con la toalla.

Lo examiné de nuevo para comprobar algo, se veía normal. Otra vez el Evan de siempre, todo cubierto, todo holgado. Como si los últimos minutos no hubieran pasado. Y aun así no podía dejar de pensar en la versión que mi cabeza había inventado hace unos minutos, en la oscuridad, sin permiso de nadie.

Odio mi imaginación. Es demasiado buena en su trabajo. Las cosas ya estaban raras antes por la discusión, mi estúpida imaginación empeoró todo.

Evan se recostó en su cama y apuntó la linterna hacia el techo. Observaba el círculo de luz fijamente, me preguntaba qué pensaba. Nunca puedo adivinarlo. ¿Él podía adivinar lo que pensaba yo? Si lo hace, estoy en problemas. Espero que esos pensamientos no vuelvan a aparecer.

—¿Cuándo crees que regrese la luz? —preguntó después de un rato.
—No tengo idea, con este edificio viejo nunca se sabe.
—Es molesto, no hay absolutamente nada que hacer así. Y todavía no quiero dormir.
—¿No quieres dormir? Se va a caer el cielo.
—Eres insoportable.

Reí, aunque el sonido salió más nervioso de lo que hubiera querido.




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