La verdolaga no es una mala hierba. Es una planta que crece donde otras no pueden. Que se aferra a la tierra con raíces profundas, que sobrevive a sequías y heladas. No me gusta verla crecer porque no cabe en mi jardín ordenado. Milo es una verdolaga. Y no la he podido quitar de mi jardín.
Se ha aferrado demasiado a las raíces, es hasta cierto punto molesto. Una vez que intenté arrancarla solo hice que creciera más.
Cada vez que intento alejarme de él, termino más cerca.
Necesitaba hablar sobre esto con alguien y es la razón por la cual terminé en el apartamento de mi hermano.
Su apartamento es casi igual que su habitación en la casa de mis padres: escueta y funcional. Hay una que otra decoración, pero sé que es por parte de Elena, además de una foto de Jazmín y mía.
Odio la foto que escogió de mí, fue cuando estaba en atletismo en la secundaria. Hubiera preferido una con algún traje ridículo. Al menos esa no me recordaría quien solía ser.
Las tres veces que he venido aquí le he dicho que la cambie, no me hace caso.
—¿Está todo bien? —preguntó Charles mientras dejaba una taza de té negro frente a mí.
—Parcialmente —contesté antes de darle un sorbo a mi té.
Se sentó frente a mí. No presionó con más preguntas esperando a que hablara. Me sentí como cuando de niño rompía algo y Charles solo esperaba a que confesara. Estar frente a él solo me trae déjà vu tras déjà vu.
—Hace unos días discutí con Milo —empecé—. Dije cosas que no eran ciertas. Cosas que en verdad no pensaba.
—¿Por qué discutieron?
Dudé. El motivo sonaba ridículo en voz alta. Giré la taza entre mis manos, viendo cómo el líquido se movía contra las paredes.
—No importa el motivo —dije al final—. Fue una tontería. Un mal día que exploté con la persona equivocada.
—¿La persona equivocada, o la persona con la que sí podías explotar?
Levanté la vista de la taza. Siempre hacía las preguntas correctas.
—Es solo que… —balbuceé, no quería responderle— Eso no es el punto —continué—. El punto es que intenté alejarme, pero no funcionó. Cada vez que intento mantener distancia siempre me vuelvo a acercar antes de que anochezca.
—¿Y él nota que intentas mantener distancia?
—Sí, eso es lo peor —suspiré—. La tarde que llevaste el pastel, el día anterior, habíamos discutido. Él no se quedó mucho en el dormitorio y subió a la azotea, y yo no sé por qué pero subí a buscarlo, me senté a su lado. No hablamos sobre la discusión… y seguimos sin mencionarla.
—¿Lo has intentado?
Crucé los brazos sobre mi pecho y me encogí en mi sudadera.
—No, y él tampoco. Además —añadí demasiado rápido—, no ha buscado cambiar de dormitorio.
—¿Cómo sabes que no ha buscado?
No tenía una seguridad de eso. Me aterraba la idea de que si buscara y yo no estuviera enterado. Era mejor convencerme de ello a seguir dándole vueltas.
—No lo sé… —admití—. Solo supongo que no lo hará porque el miércoles que hubo un apagón se quedó conmigo a hablar —me mordí el interior de la mejilla al sentir que se formaría una sonrisa—. Ofreció un tema absurdo al principio, pero se quedó conmigo todo el rato.
—Aun así, es necesario que hablen sobre su discusión.
—¿No hay manera de… —busqué la palabra— dejarlo así? Estamos bien…
—Evan —interrumpió—. No puedes dejarlo así, eso has hecho con todas las personas y sabes que solo lo empeora, ¿verdad?
—Pero en ese tiempo me alejaba yo.
—¿Y ahora por qué no lo hiciste?
—Lo intenté y me di cuenta que simplemente no puedo —repliqué y alcé la voz sin querer, casi desesperado.
—Entonces habla con él —sugirió como si fuera fácil.
Miré la taza entre mis manos, mi reflejo en el líquido no era agradable. Cerré los ojos intentando ignorarlo.
—Leonardo sigue siendo tu amigo, ¿no? —preguntó de pronto.
—No es mi amigo… —murmuré, después levanté la vista, mirándolo desconcertado— ¿Y qué tiene que ver?
—¿Alguna vez han tenido un desacuerdo?
Di un pequeño asentimiento y fruncí el ceño, quería comparar a Leonardo con Milo. No era para nada lo mismo, ninguna semejanza.
—Ya sé para dónde vas —intervine—. No es igual, con Leonardo fueron por cosas absurdas, y siempre por su falta de compromiso en trabajos. Él siempre venía a disculparse porque le conviene que siga trabajando con él.
—¿Y qué es lo diferente?
—Con Leonardo no hay nada de por medio. Si se queda o no, no me importa. Y Milo… —volví a mirar mi reflejo deformado en la taza— Sí me importa —terminé, en voz más baja.
—No te había pasado esto con tus otros compañeros de cuarto, ¿o sí?
Negué con la cabeza. Mis anteriores compañeros de cuarto se iban porque no podían hacer nada de ruido, porque decían que era hasta intimidante para ellos, o eso es lo que escuchaba cuando hablaban a mis espaldas creyendo que no escuchaba. Nadie intentó siquiera acercarse como hizo Milo. Todo hubiera sido más fácil así.
—Eso es otra razón para que hables con él —declaró antes de tomar un sorbo de su té.
Me sentía irritado, asustado y angustiado después de escuchar eso. No sé qué esperaba escuchar por parte de Charles, conozco perfectamente que él dirá la verdad sin adornos. No lo que deseo escuchar, algo como: "Podrán seguir sin tener que hablarlo". Obvio que no.