28 de marzo
Las cosas malas no dejan de pasar. O no sé si decir que todo el día fue malo. Lo que sí sé que lo es: una tubería reventó por las lluvias y el agua se filtró hasta el techo de nuestro piso. Nos pidieron desalojar mientras la reparaban por tres días. Iba a irme a casa después de las clases, son dos horas de carretera. Nada lejos. Pero mientras caminábamos a clase, sentía la mirada desaprobatoria de Evan.
—Es una pérdida de tiempo —dijo como por sexta vez.
—Solo es por tres días, Evan. No es lejos y tampoco cansado.
—Lo es. Y van a seguir lloviendo toda la semana.
—Siempre llueve a partir de las seis, yo nunca salgo de clases a esa hora.
Habíamos llegado a la bifurcación y Evan seguía hablando.
—La lluvia puede agarrarte desprevenido —soltó, casi como un gruñido—. Es ineficiente, es más fácil quedarte con Charles. Hay espacio para nosotros dos.
—Ya rechacé la invitación de Charles.
Charles había dicho lo mismo que Evan, son parecidos, pero Charles fue más persuasivo, solo que después de un simple "no, gracias" lo aceptó. En cambio, Evan es convincente y busca argumentos técnicos como ese de "pérdida de tiempo". Además de insistente.
—Charles no se negará si cambias de opinión.
—No voy a cambiar de opinión.
Iba a dar por terminada la discusión, di la vuelta y ahí Evan soltó rápido, casi tropezando con sus palabras:
—¿Y si me quedo dormido y no estás para despertarme?
Regresé a mirarlo. Por un momento creí que él me miraba con súplica. Pienso que fue mi mente haciéndome malas jugadas de nuevo.
Abrí la boca para negarme de nuevo, pero la cerré al sentir que cualquier cosa que dijera no era lo correcto en este momento. Suspiré y cerré los ojos sintiendo que iba a arrepentirme.
—Está bien.
Abrí los ojos de nuevo, encontrándome con la expresión neutral de Evan. Pero su ceño fruncido se había suavizado.
—Con una condición —agregué.
Evan arqueó una ceja.
—Yo limpio y si me deja Charles, cocinaré —dije con firmeza.
—Ya haces eso aquí.
—Entonces nada cambiará.
Su ceño fruncido y la mirada desaprobatoria regresaron, aun así aceptó.
—Bien —dijo después de un resoplido molesto—. Nos vemos, Camilo —añadió, remarcando "Camilo".
Tengo que aceptar que ya no me molesta que me llame por mi nombre. "Milo" solo me molesta cuando lo dice Matías, Tesa o cuando lo dicen mis compañeros y maestros. Es como si ahora solo fuera suyo… mi nombre, no yo… da igual.
Durante las clases me escribió Evan para preguntarme si había empacado todo en la mañana.
"Sí, todo está en la maleta", contesté.
"Charles va a ir por mis cosas, también recogerá las tuyas
Ya le dije que te quedarás con nosotros"
"Iba a llamarle yo después de esta clase"
"Lento"
"Dice el que necesita 10 minutos para reaccionar después de despertar"
"Cállate"
"No estoy hablando, es texto"
"Entonces deja de escribir"
Iba a seguir escribiendo, y solo lo dejé porque Matías quería ver con quién me escribía. Escondí el teléfono y le dije que no era nadie. Me preguntó cuál era la razón por la que sonreía. Espero que hayan sido solo inventos suyos porque no recuerdo haber sonreído… estoy seguro de que no.
Al salir de mi última clase, Evan me estaba esperando afuera del salón.
—¿Cómo sabías en qué salón estaba? —pregunté en cuanto me acerqué.
—Dejas todo a plena vista, como tu carnet —dijo encogiéndose de hombros.
—Entrometido.
—Eres demasiado transparente, ese es tu problema.
No me dejó armar otra discusión porque comenzó a caminar y habló rápido:
—Charles nos está esperando en el estacionamiento.
—Estoy comenzando a arrepentirme de aceptar —admití.
—No puedes rechazar dos veces, tus cosas ya están allá.
Evan 1 y Camilo Milo 0. O algo así. No llevo la cuenta.
El auto de Charles seguía oliendo a auto nuevo aunque dijo que lo compró ya hace dos años. Elena, su novia, dijo que seguro es porque casi no lo usa y prefiere caminar. Evan, que estaba a mi lado en el asiento trasero, dijo que solo es porque cambia el aromatizante a cada rato.
—No huele a aromatizante —señalé—. Si fuera así no me gustaría. Odio los aromatizantes para auto.
—¿Qué? —dijo Evan como si hubiera dicho que el cielo es verde.
—Odio los aromatizantes en general —me encogí de hombros y agregué sin pensar—. Y las velas aromáticas.
—Ups —exclamó Elena, acomodándose en el asiento de copiloto para mirarme—. Siempre tengo el apartamento lleno de velas aromáticas.
—Ah, no hay problema —contesté, dándole una sonrisa porque se veía en serio preocupada.
Y sí, lo primero que noté cuando ya estaba en el apartamento de Charles fue que olía a algo dulce mezclado con cera. Era canela, tal vez. No lo pude identificar por la cera, es lo que no me gusta de las velas aromáticas. Se mezcla demasiado con la cera que hace una combinación de aroma rarísima.