31 de octubre
Me encanta Halloween, pero honestamente solo cuando el plan consiste en maratones de películas de terror y comer dulces hasta cuestionarme seriamente mis decisiones de vida.
Sin embargo, esta vez terminé cediendo y fui a una fiesta de disfraces masiva. Tesa me invitó y Matías fue quien se encargó de insistir hasta el cansancio. Tenía pensado ir de vampiro —algo rápido, clásico y sin complicaciones—, pero mi disfraz desapareció de mi habitación por ''arte de magia''. En su lugar, Matías me entregó un mameluco verde de rana con ojos saltones gigantes en la capucha. Horrible. Y solo para que dejara de molestar, me lo puse.
Tesa y Oliver iban combinados como Daphne y Fred de Scooby-Doo. Matías se vistió de Marty McFly, aunque en la fiesta ya había como otros siete tipos exactamente con el mismo atuendo. Por lo menos yo era la única rana fosforescente de la noche, así que técnicamente su broma de hacerme pasar vergüenza no le funcionó como esperaba.
Aun así, no estaba nada cómodo. El lugar era un horno, las bebidas no ayudaban a refrescar el ambiente, la música retumbaba demasiado en mis oídos y las luces estroboscópicas empezaban a darme dolor de cabeza. Me quedé solo en una esquina cuando Tesa y Oliver se fueron a bailar y Matías se perdió con su novia. Con semejante disfraz, no tenía el valor ni la confianza para intentar entablar conversación con nadie.
Estaba a punto de cruzar el pasillo hacia la salida para tomar un poco de aire fresco cuando, de golpe, todo se volvió negro. Se fue la luz.
Un coro de gritos agudos resonó en la casa. Encendí la linterna de mi celular y empecé a avanzar despacio para buscar la puerta. No sé si era la oscuridad densa del pasillo o mi propio cansancio, pero el bullicio de la fiesta pareció apagarse por un segundo. Sentía el corazón latiéndome en la garganta cuando escuché un crujido suave que definitivamente no provenía de mis pasos.
Alcé la luz del teléfono hacia el origen del sonido… y divise una silueta rígida al fondo. Un chico que llevaba puesta una elegante máscara negra de carnaval.
Por un instante juro que pensé que me había topado con un fantasma verdadero, porque cuando parpadeé para enfocar mejor la vista… ya no había nadie ahí.
Las luces regresaron unos segundos después y al fin logré salir al patio.
Afuera también había bastante gente, la mayoría riéndose y quejándose del apagón. Respiré hondo intentando recuperar el aire y, al levantar la vista, lo descubrí de nuevo.
Estaba recargado contra una pared de ladrillo, con esa misma máscara negra y una camisa blanca sencilla.
Su disfraz era tan improvisado como el que yo había planeado llevar, pero en él se veía impecable, como si la elegancia y el misterio le salieran de forma completamente natural. Había algo en su postura reservada, en la forma en que miraba el suelo con expresión distante, que me obligó a observarlo más tiempo del que dictaba la cortesía.
Él tampoco parecía estar disfrutando de la fiesta. Y ver esa misma incomodidad reflejada en alguien más hizo que me sintiera un poco menos fuera de lugar en medio de tanto ruido.
Alguien a lo lejos lo llamó —o eso me pareció— y volvió a perderse entre la multitud antes de que pudiera acercarme.
En ese momento no entendí por qué esa imagen se me quedó grabada.
Quizá fue por el susto del apagón, o porque por un segundo creí haber visto una sombra.
O tal vez porque, al final de esa noche, en medio de una multitud de desconocidos y envuelto en un disfraz ridículo, haberlo visto fue lo único que me hizo sentir menos invisible.