30 de marzo
Con todo esto había olvidado que el 3 de abril empiezan las vacaciones de Semana Santa.
El dormitorio sigue igual a como lo dejamos. Evan no volvió a ignorarme ni a alejarse. Sigo sintiendo que lo hará en cualquier momento y es molesto.
Tal vez todo se resolvería si le preguntara por qué me dejó dormir en la misma cama. Soy un cobarde.
31 de marzo
Hoy mientras hacía tarea —claro, en el suelo— Evan se sentó a mi lado y leía un libro que tenía que analizar. Después de que terminó, se levantó y cuando se estiró su espalda crujió.
—¿Cómo puedes trabajar así? —preguntó mientras se levantaba.
—Es lo mismo que estar encorvado en tu silla por horas —contesté.
Evan me pateó suavemente la pierna y regresó a su escritorio. Pude ver una sonrisa.
Y eso ha sido así desde ayer. Ya no me evita. A veces habla de cualquier cosa, mayormente se queda en silencio pero está ahí.
Se ve tan tranquilo últimamente. Ya no tiene esa mirada… esa mirada cansada de alguien que siempre vivía a la defensiva. Sigue siendo como un fantasma en la habitación, pero ya no parece cumplir ninguna condena. Más bien disfruta asustarme. No puedo acostumbrarme a que hable de la nada, cuando aparece de la nada. Estoy casi seguro de que lo hace a propósito.
Por ejemplo, hoy estaba en la cocina preparando algo tranquilo y, de pronto, Evan apareció detrás de mí:
—¿Qué vamos a cenar?
Me golpeé la cabeza con un gabinete al levantarla, y él se rió, bajito, como cuando un niño hace una travesura. Sin duda lo disfruta, y yo tal vez disfruto ser su payaso… o lo que sea.
Ya no me asusta su misterio.
Me asusta el misterio de lo que me provoca.
Sigo sin poder preguntarle sobre lo que ocurrió en el apartamento de Charles. Ahora solo me dedico a tomar las piezas del rompecabezas con paciencia. No estoy desesperado por llegar al centro. Sin embargo, es como si estuviera ocupado juntando las figuras de una caja de formas para bebés. Jodidamente ridículo.
Estoy concentrado en encajar círculos y cuadrados, fingiendo que no sé perfectamente qué forma estoy evitando.
Evan solo era alguien a quien observé desde la distancia correcta; hoy en día, estamos en un mismo cuarto donde se va la luz en los peores momentos, solo para hacerme sufrir u obligarme a afrontar aquello que ni siquiera sé que debo admitir.
Comencé a escribir para decir la verdad; en cambio, escribo para callarla. El cuaderno dejó de ser un lugar para respuestas y se convirtió en un escondite.
Solo queda temer que alguien descubra que la caja tiene una forma sospechosamente parecida a algo muy cursi.
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3 de abril…
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Cómodo. Una palabra extraña para mí. Nunca me había sentido realmente cómodo ni en mi propio cuerpo y ahora lo estoy con un chico que llegó como una mala hierba. Una verdolaga que dejé crecer demasiado tiempo y terminó envolviéndome en ella. Se hizo parte de mi rutina… de mis pensamientos. Y ya no se siente invasivo.
Y ahora hay que separarnos por unas simples vacaciones de dos semanas.
Había terminado de empacar hace unos días. Milo lo hizo a último momento. De igual manera tardaría en irse porque iba a irse con Teresa y ella tampoco había terminado de empacar. Yo podía irme desde ayer, pero no lo hice. Aún no quería irme. Y era estúpido. Lo vería en dos semanas.
Milo terminó de empacar y dijo que necesitaba aire. Subimos a la azotea. Nos sentamos en el concreto, lado a lado. El clima ya había mejorado hace unos días, pero cuando el sol empezaba a esconderse, comenzaba a ponerse fresco.
—¿Qué piensas hacer en las vacaciones? —preguntó.
—Dormir —admití, encogiéndome de hombros.
Sonrió y se inclinó un poco hacia mí.
—¿Eres un gato, Evan?
—¿Por qué?
—Porque son tranquilos —empezó enumerando con los dedos—, independientes, duermen mucho—
—No me compares con un gato —interrumpí.
—Déjame terminar —pidió, y su sonrisa se agrandó.
No protesté más y esperé.
—Que buscan a alguien cuando no pueden dormir.
Sentí la cara caliente. Lo empujé, cayó de espaldas y me jaló con él. Caí a su lado, pegado a su costado, casi encima.
—Igual de arisco que un gato —comentó entre risas.
—Ya cállate.
—¿Por qué? ¿Prefieres un búho o un cuervo?
—¿Tienes una lista de animales a los que me parezco?
—Puede que sí. ¿Quieres comprobar?
No respondí. Era probablemente obvio que sí.
—¿Y tú qué harás? —pregunté antes de pensar demasiado.
—¿En vacaciones? —asentí y él volvió a mirar el cielo—. Mi mamá seguramente va a ponerme a cocinar. Ruby quiere que vea películas con ella. Emilio va a intentar humillarme en videojuegos otra vez.
Hablaba despacio ahora. El viento movía algunos mechones de su cabello y yo solo podía mirarlo.
—También quiero dibujar —continuó—. Hace mucho no dibujo algo que no sea para la universidad.