Inmortal

1.

En un bosque, a las afueras de una pequeña aldea, dos niñas y un niño recolectaban hierbas medicinales para su madre.

La mayor de las niñas no tenía más de nueve años. Se llamaba Brita. Su cabello era del color del sol y totalmente lacio. Llevaba un ropaje ligero, que solo constaba de un vestido de arpillera sucio y desgastado, y un par de zapatos hechos de piel de oveja.

El vestido no iba acorde al clima. Había nevado por siete días consecutivos. Se notaba que la niña tenía frío. Su piel estaba encrespada y tenía los labios ligeramente azulados. De a momentos, le tiritaban los dientes, pero ella los detenía en cuanto lo notaba. No dejaría que sus hermanos se dieran cuenta.

La otra pequeña era Karin, tenía cerca de seis años, los ojos azules como el cielo y la piel más blanca que la nieve. Era tan pálida que se le notaban las venas de los brazos y el rostro.

Iba más abrigada que su hermana mayor, pero de igual forma no era mucho. Llevaba el mismo tipo de vestido y botas, pero su espalda, hombros y pecho estaban cubiertos por piel de oveja. Sus piernas estaban descubiertas. A ella también le chasqueaban los dientes.

—Se te romperán los dientes si dejas que se golpeen —le decía Brita—. ¿Quieres ser una amargada señora sin dientes cuando crezcas?

La pobre niña quedaba a merced de las punzantes palabras de su hermana, e ignorando que no eran ciertas, acataba la advertencia y tenía cuidado de que sus dientes no golpearan.

El niño se llamaba Aren, era el más pequeño. Tenía entre cuatro y cinco años. Su aspecto era igual al de sus hermanas: cabello rubio, piel blanca y ojos azules. Su vestimenta era la adecuada. Llevaba pantalones, botas y una capa de piel de oveja. Él no tenía frío. No debía estar ahí, pero su madre tenía trabajo que hacer y su padre ya no estaba, así que las niñas lo tomaron de la mano y lo llevaron con ellas. Les pareció mejor idea que dejarlo solo.

No era la primera vez que los tres salían por recados de su madre y normalmente volvían en un par de horas. Pero aquel día, la nieve cubría todo el camino hasta las hierbas, y los niños no lo encontraron. Terminaron caminando bosque adentro, por lugares que nunca habían pisado. Lo más lógico habría sido volver sobre sus propios pasos, pero su madre les dijo:

—¡No vuelvan sin las hierbas! Las necesito para tratar los dolores del señor Roti. ¡Él paga muy bien! Así que, si quieren comer hoy, más les vale que las traigan.

Así que los niños siguieron caminando. Al cabo de un rato, una ligera nevada empezó a caer. Al principio a los niños les pareció divertido. Los tres empezaron a pescar copos de nieve y discutir cuál había agarrado el más grande, o el más lindo, o el más frío.

Se dieron cuenta tarde de que la nevada estaba tapando sus pisadas. Cuando quisieron volver sobre sus pasos, no encontraron el camino.

Las horas pasaron y el sol comenzó a bajar. La madre, preocupada por la tardanza de sus hijos, fue hasta el campo de hierbas. Ella sí lo encontró; el campo estaba en una parcela de tierra en la que ella retiraba la nieve casi a diario. Lo que no encontró fue a sus hijos. Ni siquiera un rastro de ellos. Pensando que los malcriados se habían ido a pasear a la aldea, arrancó un par de hierbas congeladas y volvió a su cabaña.

Puso a hervir los tallos de las plantas, cortó las hojas y las mezcló con una pasta verde, se lavó las manos y emprendió marcha a la aldea. Lista para darle a Brita la paliza de su vida, pues era la mayor y la responsable de sus hermanos. Pero claro, no los encontró.

Recorrió hasta el último rincón de la aldea. La plaza, el mercado e incluso fue hasta el arroyo. Resignada, volvió a su hogar y terminó el ungüento con el cual, más tarde, trató los dolores de espalda del señor Roti.

Con lo que le pagó, compró algunos pescuezos y papas para hacer un estofado. Pensó que los niños volverían cuando se cansaran de jugar, les diera hambre o se pusiera el sol.

—Hoy no cenarán —decía Ilma mientras cortaba las papas en cubos—. Así aprenderán. Sí, así obedecerán.

A los pequeños les hubiera encantado estar calentitos en su casa, esperando que su madre terminara de preparar el estofado de pescuezo que tanto les gustaba y que rara vez podían comer. Si Ilma lo hubiera sabido o sospechado, habría salido al bosque a buscarlos, pero ni siquiera lo imaginó. Sus hijos habían ido un millar de veces a ese campo y regresado sin problema. ¿Cómo iban a perderse?

La noche llegó, y con ella el frío se había hecho insoportable. Aren estaba bien, pero Brita y Karin estaban sufriendo. Los tres se acurrucaron debajo de un árbol, tratando de calentarse entre sí. Pero era inútil.

Los niños habrían muerto congelados en unas cuantas horas, pero antes de que eso pasara, una manada de lobos los encontró. Los niños se aterraron al verlos. Las bestias se relamían las fauces mientras les colgaba la baba y mostraban los dientes. Entre gruñidos y pasos sigilosos, vieron su vida terminar.

Pero el destino fue curioso esa noche.

De repente, los lobos dejaron de acercarse. Levantaron las orejas y escondieron los dientes. Muy despacio, con la cabeza agachada y el rabo entre las patas, retrocedieron. Desde los árboles, entre ellos, apareció una mujer vestida de pies a cabeza con piel de oso. Los lobos parecían temerle, pues se movían desesperados para no estorbar en su camino.

La cara de la mujer estaba al descubierto. Los niños la vieron a la perfección. La mujer tenía el cabello largo y plateado, los ojos negros y la piel igual de blanca que Karin, pero parecía herida. Sobre su rostro se marcaban líneas rojas esparcidas como rayos.

Brita tomó coraje y se levantó. Parándose frente a sus hermanos, miró sin miedo a la mujer.

—¿Quién eres? —le preguntó con la inocencia de una niña, pero la voz firme de un adulto.

—Mi nombre es Mavia.

—Yo soy Brita Jonella, hija de Ilma Jonella. Ellos son mis hermanos, Karin y Aren Jonella.




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