Inmortal

2.

Durante todo el camino, Brita habló sobre su madre, sobre las personas de la aldea y sobre su vida con ellos. Le contó a Mavia que su padre había muerto trabajando en las minas de carbón y que su madre trabajaba como curandera desde entonces.

—Madre tiene muchos clientes. Casi toda la aldea quiere atenderse con ella. ¡Es la mejor curandera! —decía la pequeña mientras intentaba seguirle el paso—. Deberías dejar que viera tus heridas, seguro puede curarlas.

—¿Mis heridas? —Mavia la miró intrigada. No estaba herida; hacía años que su cuerpo no recibía daño.

—Tu cara está llena de cortes. ¿No lo notaste? ¿No te duele?

—No son heridas, ya no —rió para sus adentros—. Son cicatrices. No pueden tratarse.

—Oh, entiendo. Aunque igual deberías verla, tal vez te pueda ayudar a quitarlas.

Brita se detuvo y trató de reacomodar a Aren en sus brazos. El niño era pesado; le costaba trabajo cargarlo. Sus brazos estaban cansados y le dolían. De a poco, el pequeño se deslizaba de su agarre.

Mavia notó el problema, pero esperaba que la niña le pidiera ayuda para intervenir. Ella no lo hizo. No se quejó, ni siquiera suspiró. Cada vez que Aren se caía, ella reafirmaba el agarre y seguía caminando. Después de la quinta vez, decidió que era suficiente.

—Déjame cargarlo un rato, deben dolerte los brazos —le dijo arrancando al pequeño de sus manos.

Brita sonrió y le dio las gracias. Aren también lo hizo. No quería decirlo, pero no estaba muy cómodo con Brita; ella le había estado clavando los dedos en las costillas todo el camino. Además, tenía miedo de que lo dejara caer.

Mavia lo sentó sobre su hombro derecho. Él se sujetó de su nuca para no caer hacia atrás. Se sintió muy cómodo y seguro, mucho más que en los delgados brazos de Brita.

—¡Ahí está el señor Panter! ¡Ya casi llegamos! —exclamó Brita mientras rebasaba a Mavia y al lobo, corriendo de alegría por volver a casa.

El señor Panter era un viejo guardia semirretirado que pasaba sus noches cuidando la entrada secundaria de la aldea. La paga era pobre, pero el hombre tenía a su anciana esposa muy enferma y necesitaba el dinero para comprar medicinas. En general, lo único que hacía era tomar nota de los nombres de todas las personas que entraban y salían de la aldea. O bueno, lo hacía cuando no estaba dormido. Su trabajo era aburrido y escaso; casi nadie entraba a la aldea por el camino del bosque.

Los viajeros le tenían mucho miedo a los lobos y osos, así que preferían hacer algunos kilómetros más y rodear el bosque. La entrada principal estaba al este de la aldea y daba directo al mercado. El camino estaba en buen estado y tenía un pelotón de guardias armados en constante vigilancia.

—Buenas noches, señor… Oh, está dormido —dijo un poco decepcionada. Miró a Mavia, preguntándole con la mirada si estaba bien pasar. Ella le hizo señas para que siguiera caminando.

Desde detrás del señor Panter salió un perro gigantesco, gruñendo y mostrando los dientes. Brita se asustó y salió corriendo hacia Mavia.

«Tiene miedo de un perro, pero no de mí», pensó al verla correr.

Siguió avanzando, ignorando al animal. Este gruñó más fuerte y atinó a morderla. Una mirada de la mujer bastó para hacerlo agachar la cabeza. Retrocedió llorando.

—Pobre perrito, le tiene miedo a tu lobo —comentó la pequeña, quien se había agarrado del ropaje de Mavia.

—Claro que sí; los animales se alejan cuando sienten peligro.

—¿Tú no le tienes miedo a los lobos? —preguntó, mirando el tieso rostro de su salvadora.

—Deberás guiarnos a partir de ahora —ignoró la pregunta—. No conocemos el camino a tu casa.

—Claro, solo síganme. Nuestra casa está siguiendo ese camino —señaló un pequeño surco de cabra entre la hierba.

A lo lejos se veía una tenue luz y un poco de humo. La pequeña dijo que era su madre cocinando y comenzó a hablar sobre todas las cosas deliciosas que sabía hacer. Deseó que la estuviera esperando con un exquisito pastel de carne, pero luego recordó que en el invierno era difícil hacer dinero. Y sin dinero, no hay pastel.

Al llegar a la choza, Brita vio a su madre sentada en la entrada y corrió a sus brazos. Ilma saltó de emoción al ver a su pequeña. El abrazo fue tan fuerte que le quitó el aire. Todo el enojo se había convertido en miedo cuando el sol se puso y los niños no volvieron.

—¿Dónde diablos se habían metido? Los busqué por todas partes —decía Ilma mientras besaba repetidas veces la cabeza de su hija. Nunca había sentido tanta alegría en su vida.

—Fuimos al campo de hierbas, pero nos perdimos y terminamos en el bosque. La señora Mavia nos trajo.

Solo cuando Brita lo señaló, Ilma notó la presencia de Mavia y de los lobos. Vio que cargaba a su pequeño bebé y que Karin estaba dormida sobre un lobo. Se le puso la piel de gallina. El aspecto de Mavia no le daba confianza, pero los lobos la aterraban.

—Gracias por traer a mis hijos. Debió ser una larga caminata —la voz le tembló ligeramente mientras Mavia la examinaba—. Espero que no le dieran problemas.

—Sus hijos casi mueren congelados. No están vestidos para salir a andar entre la nieve.

La mujer se sobresaltó con la mención de la palabra muerte. Sabía que las niñas no tenían ropa apropiada, pero nunca pensó que podían morir congeladas.

—Lo sé. Son épocas difíciles; no pude comprar suficiente piel para hacer tres abrigos y tres pares de botas. Ni hablar de cuatro. Verás que yo tampoco estoy muy abrigada —eso era cierto; Ilma estaba vestida casi igual que Brita.

En el camino, la mujer de los lobos había pensado en castigar a la madre por tal acto de abandono. Pero viéndola, entendió que se debía a otro tipo de problema. Aunque eso no excusaba el enviarlos solos al bosque.

—No vuelvas a mandar a tres niños al bosque o cerca de él. Estas tierras son más peligrosas de lo que crees.

—No lo haré, nunca más, señora. Ahora podría… —extendió los brazos esperando que Mavia entregara al pequeño Aren.




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