Desde una humeante olla de acero se percibía el delicioso aroma de una comida recién hecha. Ilma sirvió el estofado en tres pequeños tazones de madera y los repartió entre sus hijos. Luego tomó dos tazones más grandes, los llenó y puso uno enfrente de Mavia, mientras que el otro lo dejó frente a una silla vacía.
Por último, tomó una canasta hecha de ramas de sauce y sacó las entrañas que les prometió a los lobos. Las dejó con cuidado frente a ellos, mirándolos de reojo. Esperaba que no la mordieran.
Los lobos permanecieron como estatuas mirando a la mujer. El pequeño se relamió el hocico, ansioso por saciar el hambre. Esperó a que su padre le indicara que podía comer.
Cuando Ilma tomó su lugar en la mesa, los lobos se acercaron a mordisquear las entrañas y lamer la sangre chorreada en el piso. Para entonces, los niños casi habían terminado el plato. No habían dicho una palabra desde que empezaron a comer; estaban tan hambrientos que ni siquiera notaron que su madre no estaba sentada con ellos.
En otro momento, Ilma los hubiera regañado. Después de lo que habían pasado en el bosque, no tenía el corazón para hacerlo. Los miró con ternura y algo de pena, para luego sonreír agradecida de que estuvieran con ella.
Mavia miraba el tazón de comida y la cuchara a su lado. Intentaba recordar la última vez que había comido de un plato.
—¿No es de su agrado? —preguntó la mujer antes de meterse a la boca la cuchara bien cargada de estofado.
—Es extraño. En el bosque no cocinamos la comida.
—Imagino que no —rió Ilma—. La nieve no se lleva bien con el fuego. Y el humo alteraría a los guardias de la ciudad. Supongo que se queda en el bosque para evitarlo.
—Me quedo en el bosque porque la aldea está llena de gente desagradable.
Ilma abrió los ojos como platos y los niños soltaron carcajadas sonoras. Mavia observó extrañada la escena; no entendía la razón de tal reacción.
—¿Dije algo malo?
—Llevas tiempo lejos de la sociedad, eso es seguro —las niñas guardaron silencio al ver la mirada amenazadora de su madre—. Cuéntanos, ¿de dónde vienes? Nunca vi a una mujer como tú por estos lados.
—Nací en el reino de Orien.
—¿Orien? No escuché de ese reino. Debe estar muy lejos —dijo Ilma antes de comer otra porción de estofado.
A Mavia no le sorprendió la respuesta; era difícil que un humano conociera el territorio de las criaturas.
—¿Por qué viniste a estas tierras? —continuó después de masticar y tragar.
—No fue voluntario.
Ilma la miró en silencio.
—¿Sabes dónde estás, verdad?
Mavia asintió. La pregunta de Ilma escondía una preocupación genuina. Había escuchado historias sobre mujeres arrancadas de sus hogares por la fuerza, llevadas a tierras que no conocían y obligadas a hacer cosas que no nombraría frente a los niños. La alivió saber que no era el caso.
En cuanto los pequeños terminaron la comida, los mandó a dormir. Claro que protestaron un poco, pero al final obedecieron. Detrás de la cocina había un pequeño cuarto con varios colchones y gruesas mantas. Ahí dormían los tres niños con su madre.
Cuando los tres se habían ido, Ilma ofreció a Mavia una taza de té de hierbas. Ella la rechazó, pero Ilma se preparó uno de todos modos. Se sentó frente a ella, tomó un sorbo del té y, con la voz más firme que pudo poner, hizo la pregunta:
—Dime, Mavia, ¿qué eres?
Le sostuvo la mirada, sin parpadear ni titubear. Era curioso lo valientes que podían ser los humanos cuando ignoraban por completo el peligro que tenían enfrente.
—¿Eres una bruja? —repreguntó la mujer al no recibir respuesta.
Los lobos habían tensado los músculos y tenían las orejas paradas.
—Soy una Criatura —respondió calmada, como si el tema le pareciera aburrido—. Las brujas son humanas. Yo no lo soy.
—¿No eres humana? —la recorrió con los ojos—. Eso explica tu aspecto tan raro. Desconozco lo que es una Criatura. ¿Eres peligrosa para nosotros?
La mujer relajó la postura y apartó la mirada. Por alguna razón, se había tranquilizado al saber que no era una bruja.
—¿No te sorprende que no sea humana?
Ilma sonrió.
—No. Debo ser la única de este pueblo a la que no le sorprende —se acomodó en la silla—. De pequeña conocí algunas cosas que no eran ni animales ni humanos. Así como tú salvaste a mis hijos, ellas me salvaron a mí.
—Ya veo. ¿También ibas a morir congelada?
—Ahogada.
Se miraron en silencio, sin saber si alguna de las dos estaba especulando con conclusiones erróneas, o si la incertidumbre las haría cometer un error.
—No soy una amenaza para ustedes —Mavia se puso de pie. Los lobos la imitaron—. Si puedo evitarlo, no volveré a pisar esta aldea.
Mavia no quería problemas, ni mucho menos involucrarse con humanos. Su vida era tranquila y pacífica. No tenía intenciones de cambiar eso.
—De acuerdo. Pero si algún día deseas visitarnos, será un gusto recibirte al caer la noche y despedirte antes de que salga el sol.
—Lo recordaré.
#3424 en Fantasía
#693 en Magia
fantasa magia y accion, magia acción, magia aventura dragones
Editado: 23.05.2026