Habían pasado siete días desde la cena en la casa de Ilma. Mavia permaneció en el bosque con sus lobos todo ese tiempo.
Las niñas no habían vuelto a adentrarse en los dominios de los lobos. Su madre les había prohibido alejarse de la casa. Solo podían ir al pueblo con ella o algún vecino de confianza.
La aparición de Mavia fue suficiente para que le tuviera más respeto al bosque y temiera por la seguridad de sus hijos. A diario se preguntaba que otras criaturas rondarían por los alrededores del pueblo.
Claro que no tenía manera de saberlo, pero algo era seguro. Ni ella ni sus hijas tendrían la misma suerte dos veces. Debían tener más cuidado.
Fue en la noche del octavo día que entendieron lo que había más allá de la vista. Entendieron lo peligroso que era y lo poco que podían hacer para protegerse.
Mavia estaba sentada sobre una gran piedra, en la madriguera de los lobos. Esa noche había luna llena y ella adoraba verla mientras escuchaba la sinfonía de aullidos.
El bosque se veía precioso bañado por la luz plateada. Con el roció de la madrugada, el pasto y las hojas de los árboles brillaban como si estuvieran salpicados con perlas o diamantes. Con la nieve, todo se veía resplandeciente.
Pasada la medianoche, una bestia se presentó ante ella.
Era un animal muy grande. Tenía el ancho y alto de un oso. Era peludo y sus patas eran muy cortas. Sus ojos eran alargados, al igual que su hocico desde el cual le sobresalían los colmillos. Toda su cabeza, hasta sus patas delanteras, estaba rodeadas por una melena dorada. Diferente al resto de su pelaje café.
Mavia le plantó cara lejos de la entrada a la cueva. La había oído acercarse. No quería que los lobos detectaran al visitante y mucho menos que lo atacaran. La alejó lo más que pudo.
La bestia contempló a la Suprema Mayor como si fuera un jugoso filete recién sacado del horno. Cual serpiente, estiró el cuello hasta que su cabeza sobrepasó la de ella y expandió su melena en señal de ataque.
Sus colmillos comenzaron a envolverse en sutiles llamaradas. Mavia se quedó quieta esperando el ataque, un poco de fuego no le haría daño. Y ni los dientes ni las garras de la criatura le parecían amenazantes.
Cada musculo de la bestia estaba contraído. Mostraba los dientes y clavaba las garras en la tierra, lista para saltar sobre su presa. Se acercó lentamente, tanto que apenas podía percibirse el movimiento.
Posó su hocico a unos centímetros de la cabeza de nuestra suprema, solo tenía que abrirlo para arrancársela y devorarla por completo.
Sin embargo, al olerla, la bestia se retrajo. Bajó la cabeza al nivel de sus patas y dio varios pasos atrás. Se alejó lentamente, hasta llegar a los arbustos. Desapareció en un parpadeo.
-Cobarde - Se mofo antes de volver a la cueva.
Al salir el sol, se distinguía un débil hilo de humo detrás de los árboles. Venía de la aldea humana. El olor a hollín había inundado el bosque y no tardó en llegar a los lobos. Se frotaban la nariz con las patas para intentar mitigarlo.
Curiosos, tres de ellos se acercaron a la aldea para ver qué había ocurrido. Vieron casas quemadas, personas heridas y muchos campos hechos cenizas.
Mavia imaginó lo que había pasado e inmediatamente pensó en la criatura de fuego.
¿Era una lástima? Claro que sí, pero los humanos no eran su problema.
No lo eran…
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Editado: 23.05.2026