Algunas horas después de que el humo dejara de verse y el viento se llevara lejos del bosque el olor a quemado, Ilma apareció entre los árboles.
Mavia la miró intrigada. Tenía la ropa sucia y un poco quemada; su cara estaba cubierta de hollín, al igual que sus manos.
—¿Cómo me encontraste?
Ilma miró sobre su hombro. Detrás de ella había varias huellas de lobo.
—Ya veo.
—Señora, no pretendo molestarla. Solo vine a pedirle que levante el sortilegio que puso en nuestra casa —la mujer entrelazó las manos en señal de súplica y cerró los ojos, atemorizada de las represalias de su petición.
—¿Sortilegio?
—Sé que su intención fue protegernos. Mis hijos y yo se lo agradecemos —inclinó sutilmente la cabeza, enfatizando la expresión del sentimiento—. Pero nuestros vecinos ahora creen que yo causé el incendio. Creen que soy bruja.
—No sé de qué me estás hablando.
—¡Por favor! Tenga piedad… —se arrojó al suelo de rodillas y elevó las manos hasta la frente—. Nos apedrearon cuando nos acercamos a ayudar con el fuego. Nuestra casa no sufrió daños; el fuego nos rodeó. Por eso creen que yo lo causé.
Mavia no mentía. Realmente no tenía idea de qué hablaba la mujer. Ella no había hecho nada para proteger su casa y mucho menos para desviar el fuego. Estaba por decírselo, pero la mujer siguió hablando.
—Yo lo vi, vi la bestia que causó los incendios. Pero nadie me cree, dicen que miento. Yo la vi pasar enfrente de nuestra casa, la vi oler la puerta y la vi salir corriendo —con esas palabras, Mavia entendió—. Sé que la bestia volverá, siempre lo hacen. Por eso necesito que libere el sortilegio, para que nuestra casa se queme y seamos libres de sospechas.
—Entiendo tu angustia, humana. Pero no puedo ayudarte —Ilma la miró como si le hubiera arrancado el corazón—. No puse ningún encantamiento en tu casa; no me interesan los asuntos de los humanos —exclamó queriendo sonar imponente, pero apartó la mirada al final—. La criatura no los atacó porque mi olor perdura en tu casa. Si quieres estar libre de sospechas, busca la forma de borrar mi olor. O quema tu propia casa.
Dio media vuelta y entró en la cueva. Ilma se sintió abatida. Se marchó en silencio y con la cabeza gacha. Pasó el día rezando para que la bestia apareciera de nuevo esa noche.
Algunas horas después del atardecer, Mavia se encontraba en el corazón del bosque, acompañada por Probo, el lobo más fuerte de la manada.
La nieve caía tranquila, tiñendo de blanco todo el paisaje. Las pisadas quedaban grabadas en ella por algunos minutos; formaban un camino errante antes de ser cubiertas. Los viajeros habían seguido el sutil rastro de la bestia desde la aldea. Se sorprendieron un poco al ver lo lejos que llegaba. Tuvieron que caminar varios kilómetros y cruzar el Arroyo de las Lágrimas para encontrarla. Mayor fue su sorpresa al averiguar de dónde provenía.
El lobo caminaba al frente, con la cola en alto y los sentidos en alerta. Su pelaje, gris blanquecino, le daba protección y camuflaje en la nevada. Todos los pelos de su cuerpo se erizaron cuando un peculiar aroma llegó hasta su hocico. Gruñó mostrando los dientes en respuesta.
A pocos metros se encontraba una pequeña cabaña hecha de ramas y barro, oculta entre los árboles. La nieve la había cubierto tan bien que parecía una loma en el camino, salvo por la entrada, donde colgaba el cuero de diversos animales cosido irregularmente con un grueso hilo negro.
Mavia observó el lugar. No había huellas de ningún tipo, no olía a ninguna criatura; parecía una vivienda campestre como cualquier otra que pudiese encontrarse en el bosque. A excepción de un pequeño detalle que solo un olfato agudo como el de un lobo podía percibir: la cabaña despedía un sutil olor a la bestia que ellos perseguían. Era el olor que habían estado siguiendo.
—Mi nombre es Mavia, Señora de los Lobos —habló con voz firme y autoritaria, pero intentó no sonar amenazante. No quería asustar al habitante de la cabaña—. Te pido que salgas y hables conmigo.
Probo gruñó al detectar que algo se movía tras la cortina de cuero. Se le erizaron los pelos de la cola y bajó la cabeza mostrando los dientes.
—Tranquilo, es inofensivo —le dijo para que no atacase a lo que saliera de ahí. Aunque realmente no sabía si era peligroso o no.
Una mano se asomó por el borde del cuero, haciéndolo a un lado. Un poco de nieve cayó desde el techo de la cabaña. Desde la improvisada puerta salió una mujer bastante joven; no pasaba los treinta años humanos. Tenía el cabello de un peculiar color azabache. Sonrió al ver a sus visitantes.
—Por fin llegan. Temía que se perdieran en el camino. Los he estado esperando —la mujer salió de la cabaña con evidente entusiasmo. Parecía realmente feliz de recibirlos.
Sus visitantes intercambiaron miradas desconfiadas. El aspecto de la mujer era extraño. Tenía un vestido hecho del mismo cuero que colgaba en la entrada. Llevaba los pies descalzos, por lo que se pusieron rojos en cuanto pisó la nieve. Estaba sucia de pies a cabeza, llevaba meses sin cortarse las uñas y la sonrisa dejaba ver una colección de dientes color gris anaranjado.
—¿Nos estabas esperando? —Mavia estaba escéptica; no se le ocurría ninguna razón para que esa persona esperara su visita.
—Por supuesto, incluso envié a mi querido peludo por ti —la mujer tenía una voz dulce y aguda, como de una niña pequeña—. Vengan, pasen. Está helando aquí afuera.
En un rápido movimiento, la joven desapareció dentro de la cabaña. Dudaron en seguirla, pues no sabían qué había detrás de esa cortina. La Suprema entró primero, seguida de cerca por su fiel compañero. El techo era tan bajo que tuvo que agacharse bastante para no golpearse la cabeza.
Una vez dentro, ambos se sentaron en el primer rincón que encontraron. El piso estaba lleno de mantas y pieles, al igual que las paredes. Era cómodo sentarse en ellas. No había mesas, sillas o camas; no se veía ningún tipo de mueble o comodidad. Solo un pequeño fuego que calentaba e iluminaba el ambiente.
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Editado: 13.06.2026