La bestia de fuego se dirigió a la aldea una vez más. Ahora, por petición de la Suprema y con un claro objetivo.
Quemó algunos campos, árboles y casas al azar. Se tomó la molestia de dejarse ver cerca del mercado por un par de guardias nocturnos. Vestidos con sus pesadas armaduras plateadas y sosteniendo largas lanzas bien afiladas, no pudieron darle caza. Intentaron seguirla sin éxito; era muy rápida para ellos. Camuflada entre las sombras de la noche, se movía con tal agilidad y sutileza que solo un buen cazador podría con ella.
La pequeña casa de la familia Jonella fue el último lugar que visitó antes de volver al bosque. Fue cuidadosa en despertar a la familia antes de prenderle fuego al lugar. Rugió tan fuerte que toda la aldea la escuchó. No esperó a que salieran, pues otros aldeanos ya tenían sus ojos en ella. Con un ligero movimiento de la melena, una pared de fuego se levantó en torno a la casa.
Mavia le había pedido que no lastimara a nadie esa noche, pero no sabía si eso sería posible. Leo no tenía control de las llamas una vez que dejaban su cuerpo. La aldea podía quemarse por completo con todos sus habitantes, o podía no hacerlo. No dependía de él. Antes de marcharse, se escondió entre los árboles a observar la reacción humana y los daños causados.
Ilma y sus hijos habían despertado por el grito de la bestia y no tardaron mucho en notar el fuego subiendo por las paredes de su hogar. Salieron lo más rápido que pudieron. La choza estaba hecha de madera, paja y barro; era el alimento perfecto para las llamas de la bestia.
Por un lado, la madre de los tres pequeños se sintió aliviada. Eso debía sopesar las sospechas levantadas en su nombre. Pero, por otro, su hogar se había quemado. Ahora no tenían donde dormir, comer o trabajar, y el invierno era cruel. ¿Cómo se las arreglarían para sobrevivir? Algunos vecinos se acercaron con cubetas de agua para intentar apagar las llamas. Fue inútil, claro. El fuego se apagó cuando no le quedó nada por quemar.
Al menos podía estar tranquila de que no los quemarían en la hoguera ahora. O eso pensaba, hasta que el párroco de la iglesia llegó con un pequeño grupo de soldados.
—¡Es ella! —vociferó señalando a Ilma con el dedo—. ¡Ella trajo la desgracia a nuestro pueblo! ¡Arréstenla! Junto con sus hijos. Son hijos del demonio.
Ilma gritaba piedad mientras se aferraba a sus pequeños con todas sus fuerzas. Uno de los soldados la golpeó en la cabeza tan fuerte que se desmayó. Lo último que escuchó fue el llanto aterrado de los niños. Sus vecinos no hicieron más que mirar cómo se la llevaban a rastras e inconsciente. Miraban a los pequeños llorar y gritar; miraban con desprecio, con asco.
Leo había visto todo desde la distancia. Cuando los soldados se fueron, corrió para contárselo a Mavia. Para cuando la criatura llegó, los primeros rayos del sol se asomaban en el horizonte. A ninguna de las oyentes les sorprendió la historia; incluso para Irina, los humanos eran conocidas bestias.
Inmediatamente iniciaron el camino a la aldea. El viaje fue lento, pues la pequeña bruja no podía caminar muy rápido y se negaba a ser cargada por su hermano o Mavia. Tardaron casi seis horas en llegar a la entrada, donde el viejo señor Panter seguía haciendo guardia. Esta vez estaba despierto.
Leo se escondió entre el cabello de su hermana, y ella se pegó a Mavia tanto como pudo. Ninguno de los dos quería ser visto. Para suerte de ambos, la Suprema que caminaba junto a ellos era lo suficientemente grande y llamativa como para desviar la vista de cualquier otra cosa. El hombre vio pasar enfrente a la mujer de gran altura y cabello platinado; por un segundo pensó en detenerla y preguntarle quién era, como hacía con todos los visitantes. Abrió la boca, pero las palabras no salieron. Tal vez fue por su apariencia o por el lobo que seguía sus pasos. Solo se quedó ahí sentado, mirándola caminar.
—¿Es real? —se cuestionó a sí mismo en un hilo imperceptible de voz. Quizás el sol del mediodía le estaba afectando la vista. No podía ser un humano, no podía ser un lobo real. Su mente claramente le jugaba una mala pasada.
Mavia le ordenó a Probo volver con la manada; no podía ocultarlo en el pueblo y la cara del viejo Panter le dejó claro que no era bienvenido. El lobo se marchó refunfuñando con la cola entre las patas, pero ni por un instante pensó en desobedecer a su ama. Desconcertado, Panter se retiró a descansar debajo de la sombra de un frondoso árbol. Se convenció de que había sido su imaginación.
Desde ese lugar ya se podía ver el humo de la hoguera, aunque los de olfato más agudo lo habían percibido algunos kilómetros atrás. El olor a madera quemada se mezclaba a la perfección con la pestilencia de la carne calcinada. No era difícil adivinar lo que estaba pasando. Encontrar el origen del humo fue sencillo; era cuestión de seguir el olor a muerte y el ruido de los gritos justicieros de toda una aldea ignorante.
Mavia había robado un capuz para ella y otro para Irina. La niña continuaba aferrada a ella como si su vida dependiera de ello. La escena le recordaba a la muerte de su madre, momento desde el cual tenía un especial rechazo por las multitudes. A empujones se abrieron paso entre la gente hasta llegar al frente. Irina permaneció detrás de Mavia, pues no quería ver el fuego ni lo que causaba.
La escena era mortificante. Sobre el pedestal de madera ardiente se encontraba el cuerpo de un humano pequeño. Por la altura, dedujo que era Karin. La niña que había salvado de morir en la helada nieve ahora había encontrado la muerte entre las abrasadoras llamas.
Las personas a su alrededor estaban eufóricas, felices de cumplir las órdenes de su dios e implacables con el deber de justicia impuesto por ellos mismos. Irina, al igual que su hermano, estaba aterrada. Temía ser la siguiente en arder.
Ilma estaba dentro de una jaula de acero colocada sobre un carruaje tirado por caballos. Había cuatro guardias vigilándola. Estaba de rodillas, llorando desconsolada, aferrándose a su hijo menor. Un par de horas más tarde el fuego se estaba apaciguando; solo quedaban un par de brasas encendidas. Solo quedaban los vestigios de la dulce Karin, que fueron impunemente removidos para que el fuego devorara a su próxima víctima.
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Editado: 13.06.2026