Cinco soldados corrían por la calle principal del pueblo. El carro que mantenía prisionero al último vástago de la bruja se les escapada al galope de dos fuertes caballos.
Siendo imposible alcanzarlo a pie, los hombres se rindieron al cruzar la entrada del pueblo. El carro continúo el recorrido adentrándose en el bosque. Algunos minutos después, fue perseguido por otro grupo a caballo.
Lograron alcanzarlo a pocos kilómetros. Los caballos se habían detenido para pastar. Antes de desmontar ya habían notado que el niño no estaba. Revisaron todo en un radio de un kilómetro. No había señales de él.
Encontraron marcas en la nieve de una manada de lobos. Supusieron que se habían llevado al niño como cena. Volvieron para dar las malas noticias al párroco: el pequeño se había extraviado.
El hombre explotó colérico, arrojó una copa de vino sobre las cabezas de los inútiles que no podían cumplir una simple orden. Echó a los hombres sin recato y les advirtió que tendrían una rebaja en la paga. Dos monedas menos a cada uno.
Los soldados se marcharon molestos, pero no objetaron la decisión del hombre de dios. El párroco tenía muchas funciones extraordinarias en aquel pueblo. El Lord, que debía encargarse de administrarlo, había caído en la locura y lo había nombrado su apoderado.
El Lord, conocido como su Señoría Fautus, nunca fue muy fanático de la socialización, era raro verlo fuera del castillo o en compañía de alguien que no fuera su esposa. No se le conocieron hijos, ni ningún otro familiar vivo.
Se decía que la esposa no era la mujer más avispada, y que tenía la manía de caminar descalza en la nieve. Algunos siervos del castillo decían que la oían cantar en la azotea todas las noches, en un idioma que no conocían.
Cuando se expandió la noticia de que el Lord había caído en la locura, a nadie le sorprendió. El hecho de que el párroco se hiciera cargo de los asuntos del pueblo, incluyendo la milicia, fue un poco escandaloso. Pero ¿Qué mejor que un hombre elegido por Dios para hacer ese trabajo? Era lo más cercano a un rey que habían visto.
La iglesia del apoderado era pequeña. Rustica. Estaba hecha totalmente de madera, salvo por la cruz de piedra erguida en el altar. Las ventanas no tenían cristales, como casi todas las casas del pueblo. Su confección era demasiado costosa, igual que su colocación. En reemplazo usaban gruesas telas. Solo las colgaban en la noche y su única función era evitar que el calor escapara.
Había dos filas, de siete bancos cada una, mirando hacia la cruz. Todos los asientos estaban libres. Excepto dos.
Al frente de la fila izquierda se encontraba el párroco, que luego de servirse más vino en otra copa metálica de su colección, se sentó a contemplar la nada.
En el fondo, en el último banco de la fila derecha, estaba sentada Mavia. Los soldados pasaron junto a ella sin notarla, preocupados por sus asuntos no voltearon a ver que era el bulto gris de la esquina. Y aquel que la vio de reojo, la confundió con un creyente haciendo sus plegarias.
Cuando se aburrió de verlo beber, se puso de pie. El ruido de las pisadas alertó al clérigo, quien rápidamente ocultó el vino.
-¿Puedo ayudarle? - preguntó poniéndose de pie con ese aire místico que le gustaba presumir.
-Conocí muchos monstruos en la vida, pero ninguno capaz de quemar niños por placer.
El párroco sintió como un escalofrió subió por su espalda, pero pensando que estaba frente a una simple aldeana se tragó el miedo con un sorbo de la copa.
-Muestra tu rostro, estas en la casa de Dios. Estas frente a su siervo.
Solo por diversión, lo obedeció.
Camino hacia la tenue luz de la lámpara de aceite en medio de las filas de bancos. Reveló su plateado cabello, su rostro lleno de cicatrices y el fino destellar de sus ojos grises.
A solo un metro del hombre, él pudo distinguir con precaria claridad sus facciones. Nunca había visto algo parecido. Supo de inmediato que no estaba frente a un aldeano.
-¡¿Qué eres?! ¡¿Cómo te atreves a venir aquí?! - increpó temeroso. La voz le temblaba y sus manos sudaban.
-Soy lo que estabas buscando. Soy la razón por la que esa criatura no quemó la casa de Brita Jonella.
El hombre no respondió. Todas las palabras habían sido borradas de su mente. Mavia, más que cualquier otra persona, tenía el aspecto de una criatura infernal. De una bruja. En su mente no cabía otra posibilidad, pero ¿Cómo era posible que estuviera ahí parada? Era un lugar protegido, un lugar santo, no debería poder entrar.
-En la tarde estabas más efusivo-. Sonrió de lado-. Soltando palabras alentadoras a tu gente mientras quemabas vivos a niños inocentes.
-Esa familia era servidora de las fuerzas oscuras, llevan la brujería en la sangre-. Retrocedió un paso-. Debían morir para que otros puedan vivir en paz.
-¿No serás tú quien sirve a esas fuerzas? – al hombre se le desfiguró la cara por la sorpresa - De dónde vengo, la muerte brutal de los humanos sirve para una sola cosa: Magia oscura. Magia prohibida.
Al párroco se le fueron las ganas de defender sus actos. Se quedó congelado mirando a la bruja; quería echarla a patas. Quería arrojarle un balde de agua bendita y verla retorcerse hasta los huesos.
No podía articular un movimiento.
Tenía las pupilas dilatadas y la boca abierta lo suficiente como para esbozar un claro grito, temblaba de pies a cabeza, pero ni una sola célula de su cuerpo lo obedecía ¿Por qué era diferente ahora? ¿Por qué no podía tratarla como una simple bruja más?
-Yo soy lo más cercano a una bruja que has visto en tu miserable vida, pero estoy tan lejos de ellas que ni siquiera puedes empezar a compararnos-. Cerró sus dedos alrededor del metal de la lampara-. Tú, por otro lado, has cometido actos igual, o más aberrantes que el mal al que pretendías combatir.
Empujó la lámpara de aceite al piso y el fuego abrazo la madera con un ímpetu familiar. El aceite se esparció por el suelo alrededor del párroco. La túnica blanca que simulaba su pureza, absorbió todo el espeso líquido que llegó a tocarla para luego ser consumida por las llamas junto a su portador.
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Editado: 13.06.2026