Inmortal

8.

Con el avance de las horas la noche se tornaba cada vez más fría. Leo mantuvo calientes a su hermana y Aren, haciéndose una bolita y envolviéndolos con una de sus patas y la cola. Aunque estaban muy bien acurrucados, no era suficiente. Probo se les unió, junto con un cachorro, para ayudarles a vencer el frio.

No podían prender fuego pues los humanos aun los estaban buscando. El incendio les había dado tiempo, pero no duraría mucho. Al amanecer la manada se movería al norte, donde el clima era más frio y había menos humanos.

Mavia no estaba segura de que hacer con Aren. Le había prometido a Irina y a su hermano que los ayudaría, pero no le debía nada a él. Mientras pensaba en dejarlo con alguna familia humana, un viejo lobo se le acerco.

Estaba sentada lejos del resto, sobre el tronco de un árbol caído. No sentía frio así que le daba igual permanecer lejos o cerca de la manada. El lobo se acostó a sus pies y resopló, como si le estuviera reprochando algo.

-¿Qué?-Comentó ella al oírlo-Estoy cerca, los veo mejor desde aquí.

El lobo no hizo ningún sonido, solo cerró los ojos y pretendió quedarse dormido. Ella continúo la conversación.

-La niña y la bestia son una cosa, pueden cuidarse solos, pero el niño moriría en horas sin alguien que lo proteja. No creo que resista el clima del norte, ni siquiera si lo cubro de piel hasta las orejas- El lobo se removió un poco dejando salir una especie de gruñido estirado. - Si, lo sé. Debí dejarlo morir con el resto de su familia, ahora lo que pase será responsabilidad mía.

Siguió pensando dándole vueltas al tema un rato más. Se removió en el tronco tanto que dejo de resultarle cómodo. Bajó al suelo y se recostó junto a su compañero peludo. Contempló las estrellas hasta que los primeros rayos del sol empezaron a salir, y la luz de las estrellas ya no llegaba a sus ojos.

-Dime… ¿Crees que deba dejarlo aquí?

El lobo, que apenas empezaba a despertar, la miró fijamente con sus profundos ojos ámbar.

No.

Los lobos no abandonan a nadie.

La manada continúo la marcha con el alba en la espalda. Aren viajaba sobre el lomo de Leo e Irina iba caminando junto a ellos cuidando que no se cayera.

Los ancianos marcaban el paso, asique el avance era un poco lento. Los lobos más fuertes estaban en los laterales, protegiendo el grupo de predadores y otros potenciales peligros. Los cachorros viajaban en el centro, junto con Leo y los dos humanos. Los demás se distribuían entre el centro y el final del grupo, donde iban Mavia y Probo.

En total la manada contaba con veinte lobos, de los cuales cinco eran cachorros, cinco eran ancianos, siete eran machos y tres eran hembras.

-¿A dónde iremos?-Pregunto Irina a su hermano. Estaba desconfiada de las intenciones de Mavia y no le agradaba la idea de ir al norte. - Madre decía que solo hay cosas malas al norte, deberíamos ir al sur.

Inquieta por sus propios pensamientos y miedos, la niña retrocedió para hablar con la Suprema Mayor. No sabía si ella conocía las historias sobre esa tierra, ni la razón para no acercarse.

-Deberíamos ir al sur - Expresó cuando la tuvo lo suficientemente cerca como para que la escuche. Mavia la ignoró por completo, pasando a su lado.

-Escúchame - insistió la pequeña corriendo detrás de ella. - Hay monstruos horribles habitando estas tierras, no es seguro. Deberíamos ir al sur.

-En el sur los humanos se reproducen como ratas, hay miles de ellos. Además, la manada no está hecha para el calor. El frio es nuestro lugar, sin humanos. - Respondió sin darle mucha importancia.

-¿Y porque crees que los humanos no vienen aquí? - Mavia la miró de reojo. - El frio no es problema, ellos se adaptan. Aquí hay gigantes de hielo, osos enormes y dragones de invierno. No es seguro.

-¿Dragones de invierno? - Se mofó - ¿Escupen hielo en vez de fuego?

-¡Si! – Gritó Irina creyendo que la había convencido. - Cuando rugen sale nieve de su boca, impacta con más fuerza que una tormenta.

-¡Oh! Tienes una gran imaginación.

-¡No! ¡No lo estoy inventando! Mi madre me lo contó, ella cruzó todo este lugar desde esas montañas. - Dijo señalando los picos que se veían a varios kilómetros de ellos. - Y peleó con criaturas así.

Nuestra Suprema no vio porque seguir alentando la imaginación de una niña, asique dejó que hablara sin expresar ninguna opinión ni gesto. No creyó que las historias fueran ciertas. Llevaba varios años recorriendo esas tierras y nunca se había topado con nada semejante. Todo lo peligroso siempre venia de la mano de algún humano.

La madre de Irina le había contado muchas historias atemorizantes para llenarle de miedo el corazón. Era claro que no quería que sus hijos se acercaran al norte, pero ¿Por qué? ¿Qué era peor que vivir entre humanos? Humanos que le habían quitado la vida y amenazaban la de sus hijos.

Sin darse cuenta, la pequeña intrigó a su oyente. Ahora tenía más razones para ir. Ahora quería saber que se escondía en esas montañas.

Luego de una hora hablando sin conseguir respuesta, y de repetir unas veinte veces que no estaba mintiendo, Irina se cansó y volvió con su hermano. Con los oídos de la niña lejos, Mavia se dirigió a Probo.

-¿Tu qué opinas?

Resultó que los lobos tampoco se acercaban mucho al norte.

Había un claro, de cinco kilómetros de ancho y trescientos de largo, que dividía el bosque en el que estaban y el que llegaba a las montañas. Ningún Alfa lo había cruzado.

No tenían razones como las de Irina, pero simplemente a ninguno le pareció necesario hacerlo. La comida les sobraba y los humanos no solían molestarlos ¿Para qué arriesgarse?

-Podemos quedarnos un par de noches junto al claro, y ver qué pasa. Si vemos algo fuera de lo normal volvemos, y lidiamos con los humanos. Si no, seguimos.

El claro estaba a cuatro kilómetros desde su posición, asique al ritmo que llevaban les tomaría unas seis horas llegar. Para media tarde estarían ahí.




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