Pasaron dos días y dos noches al borde del claro. La comida no fue problema; los lobos habían encontrado algunos conejos que rondaban la zona.
Mavia se encargó de trozar y cocinar algunos pedazos para los niños, que no disfrutaron mucho de su cocina. Les tocó comer la carne casi carbonizada. No se quejaron; el hambre no los dejó.
Al alba del tercer día, se dispusieron a cruzar al otro lado. Los cinco kilómetros parecían hacerse eternos. No importa cuánto tiempo estuvieran caminando, no parecían acercarse al otro lado. Primero pensaron que habían subestimado la distancia, pero pronto notaron que algo raro pasaba. La Suprema empezó a sospechar que estaban en medio de un hechizo.
—Probo, vuelve por donde vinimos y tráeme una rama —le ordenó al lobo.
Obediente, Probo salió al trote en la dirección contraria a la que iba la caravana. Al cabo de unos minutos llegó al borde del claro, tomó una rama de un arbusto seco y volvió. En total no debió tomarle más de veinte minutos llegar con Mavia.
Ella tomó la rama.
—¡Irina! —llamó a la niña con un grito poco amable.
Esta, que caminaba junto a su hermano varios metros más adelante, se sobresaltó. Con un poco de miedo, fue corriendo hasta ella.
—Necesito que hagas exactamente lo que te voy a decir, ¿de acuerdo? —La pequeña asintió con la cabeza.
Le dijo que sujetara con fuerza la rama y cerrara los ojos.
—Imagina que estás sola aquí, que te rodea solo el campo y el cielo. Relaja la mente y respira profundo. Llena tu pecho de aire y retenlo; imagina cómo una luz blanca crece en tu corazón. Cuando te diga, vas a soltar el aire por tu boca y esa luz saldrá de ella. Mientras la imagines subiendo al cielo, vas a pedirle que deshaga el manto que nos mantiene atrapados en el tiempo.
Irina siguió las instrucciones al pie de la letra. Una vez que la luz llegó al cielo, el manto invisible que los cubría cayó. A su alrededor, el claro desapareció. Se encontraban en el bosque al que querían llegar, pero era muy diferente: era cálido, verde y sin una pizca de nieve.
Se habían topado con un hechizo espacial. Eso no le gustó nada a la manada y menos a Mavia. La persona que lo lanzó no quería que cruzaran el claro.
—¿Qué pasó? —preguntó la niña totalmente confundida.
—Entramos a un bucle espacial. Es un hechizo que sirve para evitar que alguien encuentre un lugar o una cosa. Distorsiona la realidad haciéndote creer que estás perdido. Eventualmente, si no logras salir, te vuelves loco.
Irina estaba maravillada por tal descubrimiento, a la vez que se sentía muy poderosa por haber podido eliminar aquel hechizo extraño con la guía de una Suprema. Entre ese éxito inesperado, un pensamiento cruzó fugazmente por su mente: ¿Por qué Mavia, con su infinito poder, no lo había derribado? ¿Por qué le pidió a ella que lo hiciera? Pensó en preguntárselo, pero no creyó que fuera tan importante, y vio unas bellas flores moradas que la hicieron olvidar el tema.
La flora proliferaba con ímpetu a lo largo y ancho del bosque; un paisaje muy raro de ver por aquellos lares. Los árboles eran muy grandes y estaban colmados de hojas en la copa. A sus pies, el pasto crecía alto y verde; había musgo cubriendo sus raíces, mezclándose con la corteza.
—No me gusta esto —comentó Mavia en voz baja, solo para que Probo la escuchara. Él estuvo de acuerdo y sugirió volver.
La noche estaba acercándose rápido y los lobos tenían hambre. Mavia no les prohibió explorar en busca de comida, pero les ordenó tener suma cautela y no alejarse mucho del grupo. Los cazadores, que de mala gana obedecieron, se encontraron extasiados al hallar una manada de ciervos pastando a veinte metros. Pudieron matar y llevarse a tres, que ya era más de lo que necesitaban para alimentar a todos. Esa noche se dieron el mayor festín de sus vidas.
Los lobos despedazaron con ímpetu cada centímetro de sus presas, gozando del sabor de la sangre en sus lenguas. Los niños, por otro lado, volvieron a sufrir de las habilidades culinarias de la Suprema. Pero esta vez, obligaron a Probo a comer con ellos.
Resultó inoportuno que después de la cena se llevara la conversación a volver por donde vinieron. La respuesta fue clara: no. Querían quedarse a comer todos los ciervos que les viniera en gana. La Suprema no accedió inmediatamente, pero aceptó considerarlo.
Como todas las noches después de comer, cuando todos se habían dormido, Mavia se alejó un poco y se recostó en el suave césped a mirar las estrellas. El anciano lobo, como siempre, se acostó junto a ella. Mientras contemplaba el bello firmamento que tanto la obnubilaba, vio algo que la estremeció de pies a cabeza.
Se incorporó de un salto, despertando a su acompañante. Consternada, veía pasar un grueso hilo de luz verde sobre su cabeza. Era precioso; parecía una danza de esmeraldas surcando el cielo. Predominaba este color, pero si mirabas con atención, podías ver destellos violetas, azules y rosas.
—¡Qué bonito! —dijo una vocecita chillona susurrando a su lado.
Mavia no necesitó voltear para saber que era Irina. La pequeña no podía dormir con tantos insectos revoloteándole en el oído; no estaba acostumbrada a ellos y le resultaban terriblemente molestos. Su observación era precisa: las luces eran realmente preciosas. Sin embargo, sus sentidos no alcanzaban a captar todo lo que había en ellas.
—Tu madre, ¿alguna vez te habló de estas luces? —le preguntó con la esperanza de que pudiera darle alguna respuesta, aunque fuera vaga o fantasiosa.
—No, nunca. Tampoco me habló del hechizo o del bosque verde —dijo con tristeza. La pequeña empezaba a creer que todas las historias de su madre eran mentira.
—Quédate con la manada, voy a ver de dónde viene. —La niña volvió con el anciano hasta donde estaban los demás. Aunque la tristeza quería salir por sus ojos, ella sonrió ampliamente al acercarse a su hermano. No quería que él supiera lo que pensaba.
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Editado: 06.07.2026