Inmortal

10.

Se quedó sobre el árbol el resto de la noche, vigilando que la manada estuviera a salvo. Las luces desaparecieron unas horas antes del amanecer. Pero continuó en alerta hasta el alba. Nada extraño pasó hasta que bajó del árbol.

No fue hasta que volvió con la manada que notó el silencio exagerado que la rodeaba. Ni siquiera los insectos que perturbaban el sueño de Irina emitían sonido (cosa que la pequeña agradecía). Ni aves, ni insectos, ni ningún animal. Nada.

Los lobos no despertaron con la salida del sol. Incluso el anciano de la manada, que siempre abría los ojos antes del alba, seguía dormido. Solo Probo se levantó. Irina, Aren y Leo despertaron uno detrás del otro.

Mavia se acercó al anciano lobo para despertarlo. No respiraba. Ninguno de los lobos lo hacía.

Probo se acercó a uno de sus camaradas. Con el hocico, movió suavemente su cabeza mientras lloraba emitiendo gemidos agudos. La pérdida de todos sus amigos le generaba tanto dolor como un corazón roto. La pequeña Irina entendió rápido lo que estaba pasando; corrió a consolarlo como pudo, sosteniendo la cabeza de su amigo peludo entre sus pequeñas manos, como si aquello alcanzara para sanarlo. Juntos revisaron a cada miembro de la manada con la esperanza de que alguno estuviera sano. Dejó al anciano para el final. Su esperanza se esfumó cuando no respondió.

Mavia posó su mano sobre la cabeza de Probo intentando consolarlo.

—¿Qué pasó? —preguntó Irina entre sollozos y moqueos.

—No estoy segura —respondió.

En toda la noche no hubo un solo indicio de peligro. Nada la hizo pensar que la manada podía estar siendo atacada, entonces, ¿por qué?

Fue Probo quien encontró la respuesta. La manada había comido la carne cruda. Los niños, Leo y él habían comido el carbón que Mavia cocinaba. Era la única explicación plausible. Habían dormido en el mismo lugar, tomado agua del mismo charco y pisado las mismas plantas; la forma de comer era la única diferencia.

De nuevo surgió el dilema de volver o seguir adelante. Era peligroso e irresponsable seguir. Ya no era seguro comer lo que encontrasen ahí y no podían imaginar qué otros peligros los esperaban. ¿Cómo iban a defenderse de algo que no podían ver?

Por otro lado, estaba intrigada por aquellas luces y sentía la imperiosa necesidad de seguir adelante. Entendía el peligro, pero algo le decía que debían seguir. Sin embargo, el hocico del lobo apuntó a un verdadero problema: los niños. Si bien no tenían vínculos profundos que los unieran, la intención no era dejarlos morir ni exponerlos a peligros extravagantes. No los salvó para dejarlos morir.

Mavia terminó optando por incluir a Irina en la discusión. Fue sincera con toda la situación: le dijo lo que había pasado, lo que quería hacer y cuáles eran sus opciones. Entre ellas, sugirió que podía volver con los humanos.

—No vamos a ir al pueblo de las hogueras. ¿Perdiste la cabeza? —sentenció la niña con su dulce voz chillona y una mirada llena de fuerza.

—¿Entiendes que puedes morir? ¿Entiendes que no sabemos a dónde vamos ni qué encontraremos?

—Prefiero una muerte tranquila, dormida, con la panza llena, que morir gritando de dolor mientras me convierto en carbón.

Era un buen punto.

Giró sobre sus pequeños talones y fue directo a decirle a su hermano que iban a seguir caminando bosque adentro, que iban a buscar las luces. Probo resopló derrotado y salió al trote detrás de ella. La niña le parecía tenaz y valiente, como un lobo. Dos minutos después, eran ellos los que marcaban el rumbo por donde habían visto venir aquellas luces.

Mavia los miró desde atrás; su manada se había reducido a dos niños, un mutante y un lobo solitario. Quizás era la más rara camada aventurera que le había tocado, pero quizás no era tan malo. Los dejó adelantarse un poco antes de seguirlos. Quería un segundo a solas para intentar sentir su entorno, sentir si había peligro. No sirvió de nada. Dependía de los sentidos y el instinto de Probo, por mucho que le disgustara.

La pérdida de la manada fue un golpe bajo para el joven Probo. Se pasaba las noches aullando solo en la oscuridad, y durante el día marchaba delante de los demás para que no vieran su rostro decaído.

Mavia era incapaz de brindarle consuelo o alegría. Ella había pasado su vida peleando, no hablando con víctimas. Los pequeños del grupo se dieron a la tarea de acompañarlo en su duelo. Tardaron un poco en darse cuenta de lo que pasaba. Al principio creyeron que estaba mal del estómago. Fue Irina quien ató los cabos. Ella y Leo habían perdido a su madre de muy pequeños y, aunque no recordaban el dolor del duelo, sentían la falta que les hacía. Llevaban un hueco en el pecho que nunca desaparecería.

Una tarde se cruzaron en el camino de un caudal de agua cristalina que desembocaba en una hoya de agua lo suficientemente grande para que todos pudieran bañarse en ella. Mavia prefirió recorrer los alrededores y ver si era un buen lugar para establecerse unos días.

Probo se alejó un poco del lugar para echarse en el pasto y descansar. A esa altura le ardían los ojos por la falta de sueño. Se quedó en un lugar donde podía ver y oír a los niños; lo último que quería era que algo les pasara. Ellos también lo veían a él.

Después de haber jugado en la hoya hasta el cansancio, Irina fue directo a donde estaba el lobo. No estaba segura, pero pensaba que lo había escuchado llorar. Se arrojó encima de él, simulando un abrazo. Aren y Leo la siguieron. Aren acariciaba sus orejas suavemente; Leo se enroscaba a su lado.

Por primera vez en días, el lobo no se sintió solo. El dolor de perder a aquellos que amamos suele pegarse con una sensación de soledad, haciéndonos creer que el mundo se terminó. Nos aferramos a ese dolor como última prueba de nuestro amor. Con los niños a su lado, Probo pudo ver que la manada no se había extinguido por completo. Sintió que le quedaba algo por lo que seguir respirando, algo que valía la pena cuidar.




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