El caudal de agua mantenía la tierra lo suficientemente húmeda como para dejar huellas en ella. Los pequeños piececitos de Irina estaban marcados en la orilla. Parecía haberlo seguido.
No había ninguna otra huella, así que pudo descartar la idea de que estuviera siendo llevada por la fuerza. Siguió el camino hasta una pared rocosa. No tenía más de cuatro metros de altura, pero se extendía más allá de la vista. El agua brotaba de una apertura en la piedra, lo suficientemente ancha como para que tres adultos entraran caminando a la par. Mavia tuvo que agacharse para caber.
Dentro todavía pudo ver las huellas de Irina, hasta que la luz de la entrada se desvaneció en la penumbra. Caminó varios metros a oscuras, hasta que vio un poco de luz salir desde el fondo. Apresuró el paso, pensando que sin querer habían encontrado el hogar de la voz.
La luz que veía no era la típica llama de antorcha que se acostumbraba poner en las cuevas. Era de color verde agua y no parecía perturbarse por el aire. Eran cristales brillantes; cristales incrustados en las paredes que emanaban luz por sí mismos. En ese lugar la cueva se ensanchaba, formaba un círculo perfecto de varios metros de radio. El techo se levantó lo suficiente para que ella cupiera erguida. Irina estaba parada frente a su izquierda, contemplando la pared como si fuera lo más alucinante que hubiera visto en su vida.
—¡Irina! —exclamó Mavia en un susurro—. ¿Qué haces aquí?
—¡Mavia! ¡Tienes que ver esto! —La emoción de la niña era incontenible; había encontrado un tesoro—. Eres tú.
Mavia se acercó confundida. Irina señalaba a la pared con uno de sus pequeños deditos. Allí se veía el dibujo de una mujer, peculiarmente parecida a Mavia, peleando con lo que parecía ser un monstruo. El dibujo se unía a otros, y todos juntos cubrían la totalidad de la pared. Algunos parecían tener cosas escritas en un idioma que no podían leer.
—Creo que es tu historia. Sobre cómo venciste a los Titanes —concluyó la niña, después de dar un vistazo rápido a la cueva.
—Son todas las historias de todos mis ancestros.
Deslizó los ojos por la piedra. Había cosas que ni ella sabía. Reconoció la historia de los cuatro primeros; se la sabía de memoria. Pero había retratos de generaciones que no conocía e historias que no le habían contado. Ella no había sido una buena alumna, así que no tenía esperanzas de entender todo lo que había en esos muros. Lara incluso podría traducir las escrituras. De repente se vio pensando en su hermana, mientras contemplaba los dibujos de su última batalla. Nunca supo si había sobrevivido.
—¿Quién lo habrá hecho?
—No lo sé, pero no creo que le guste que estemos aquí. Hay que irnos. —Mavia tomó a Irina del hombro y la empujó sutilmente hacia la salida.
—¿Podemos traer a los demás? A Leo le encantaría ver esto —suplicó con la esperanza de volver a ver los cristales.
—No.
Irina hizo pucheros el resto del camino, pero no insistió. Sin embargo, a Mavia le había picado el bichito de la curiosidad. En esa cueva tal vez se contaba cómo había llegado a esas tierras y qué le había pasado.
Al llegar con los demás, Irina les contó sobre la cueva de las historias. Aren no entendía ni una palabra de lo que decía, pero Leo estaba fascinado. Se decepcionó mucho cuando Mavia le prohibió ir. Estuvo triste un rato, hasta que se distrajo jugando en el agua con su hermana.
El día siguió tranquilo, con la noche abriéndose paso despacio. Los niños estaban agotados de caminar, jugar y nadar, así que se durmieron minutos después de comer. Mavia esperó una hora para asegurarse de que no estaban hipnagógicos.
Una vez en la cueva, recorrió cada centímetro del lugar buscando las respuestas que quería. Los dibujos eran difíciles de seguir y no podía distinguir del todo bien cuándo empezaba un relato y terminaba otro.
—¿Encontraste lo que buscabas? —La misma voz que había escuchado en el bosque sonó a su espalda.
Se dio la vuelta con cautela; había estado tan inmersa en esos dibujos que había bajado la guardia.
—¿Quién eres?
El hombre estaba parado en el medio de la única entrada y salida. Ella estaba desarmada y sola. El hombre sonrió.
—No tengo intención de hacerte daño. —Levantó las manos a la altura de su cabeza en señal de paz—. Estoy desarmado y soy terriblemente pacifista.
A Mavia le importaba un comino. Solo quería saber quién era y por qué estaba ahí.
—No fue eso lo que te pregunté.
El hombre dejó salir una carcajada que retumbó en las paredes de la cueva, volviéndose más sonora de lo que fue.
—Las historias te hacen justicia, niña. Tienes un carácter interesante. —Había que tener coraje para llamar "niña" a una Suprema, o ser muy tonto—. Mi nombre es Eraldo. Soy un Dragón, nacido en Drego.
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Editado: 06.07.2026