Mavia lo observó con detenimiento; era cierto que tenía el porte de un dragón. Con la postura recta y la elegancia en las palabras, incluso llevaba una túnica que parecía estar hecha de escamas, aunque estaba muy gastada. Sus ojos verdes estaban un poco agrisados; habían perdido brillo y no se apreciaban sobre las marcadas ojeras que los sostenían. Su cabello se había vuelto de color rojo blanquecino.
—Si realmente eres un Dragón, debes ser terriblemente viejo —escupió las palabras sin recato, como si fuera lo más natural del mundo hablarle así a alguien.
Eraldo, lejos de ofenderse, estalló en carcajadas.
—Tienes razón, niña; soy todo un vejestorio. Soy más viejo que tú y tu madre juntas. Ven conmigo, te mostraré dónde está lo que buscas.
Pasó junto a Mavia con una agilidad que no parecía propia para la edad que decía tener.
—¿Quién dijo que estoy buscando algo? —desconfiaba más del hombre a cada momento que pasaba ahí.
Con una mano apoyada en la pared, giró un poco la cabeza mostrando una expresión seria y fría.
—¿Por qué otra razón husmearías en mi cueva?
Empujó la roca con la palma de su mano, abriendo lo que parecía ser una puerta oculta. La atravesó y le gritó a Mavia que lo siguiera. Lo hizo; no tenía nada que perder. De pronto, se encontró con un escenario muy distinto.
Había libros apilados por todas partes y estanterías llenas cubriendo las paredes. Entre el desorden se distinguían algunas sillas, un sillón, una mesita con un candelabro sin velas y una mesa cubierta de pergaminos y platos sucios. Al fondo se veía una puerta de madera que conducía a otras recámaras de la cueva.
Sobre sus cabezas, flotando en el techo, había una bolita de luz, brillante como el sol, que se encargaba de iluminar toda la habitación. Mavia nunca había visto algo así; se le quedó viendo tratando de distinguir si era un animal o una antorcha.
—Lo que buscas está en la tercera estantería a tu derecha —le dijo sentado en el sillón y apuntando a la estantería con un dedo tembloroso—. Es el libro con encuadernado gris, en la quinta fila de libros contando desde abajo.
Dudó un momento, pensando que no era buena idea revelar sus intenciones a un extraño. Pero quería saber. Tomó el libro indicado y leyó la tapa; el título decía: “La Domadora del Tiempo” y estaba seguido por un subtítulo: “Suprema Mayor Ícaro, Mavia”.
Miró a Eraldo con sorpresa.
—¿Es mi historia? —le preguntó.
Él asintió. Se sentó en el piso, entre una pila de papeles y otra de libros. El libro relataba todo lo que había vivido desde que nació. Incluso detallaba cómo mató a su hermano mayor, cómo casi mata a su hermana y cómo Hydna le había robado el corazón. Todo estaba ahí. Se adelantó al final, esperando que las respuestas a sus preguntas estuvieran allí.
—¿Podrías leerlo en voz alta? —pidió Eraldo. De mala gana, accedió.
“Cuando la batalla terminó, los restos de los titanes fueron encontrados petrificados en el lugar que la Suprema Menor indicó como el último lugar donde vio a la Suprema Mayor. A pesar de las intensas búsquedas, Su Alteza Mavia continúa sin ser encontrada.
Se construyó una fortaleza para custodiar la hazaña de nuestra Suprema y rendir homenaje a los caídos.
Cuando las búsquedas iban a detenerse y se le iban a dar los honores de una muerte en combate, un suceso reanimó la moral de toda la Alianza. El Dragón Zen se presentó ante la Suprema Menor con la noticia de haber encontrado el corazón aún latiente de la Suprema Mayor.
Hasta la fecha, siguen buscando a la Diablesa Plateada”.
Mavia suspiró decepcionada. La historia no decía nada sobre cómo había llegado a esas tierras. Solo sirvió para saber que Lara estaba viva y que la estaba buscando. No le importaba mucho; pensaba volver sin su ayuda, pero era bueno saber que no se habían olvidado de ella.
—Es una excelente historia, la leí varias veces —el Dragón sonreía satisfecho, creyendo haber resuelto el problema.
—No me sirve —sentenció poniéndose de pie.
La sonrisa de Eraldo se esfumó.
—¿No querías saber qué fue de tu hermana? Si quieres más información, su historia está en aquella estantería —señaló otro librero.
—No quiero saber de mi hermana, quiero saber cómo llegué aquí.
—Oh… eso es un problema —Eraldo bajó la cabeza avergonzado—. Nadie sabe qué fue de ti, no hay libros que cuenten esa parte de la historia. Tenía la esperanza de que tú me lo contaras.
—Pues yo no tengo idea. Apenas recuerdo la pelea con los Titanes… ¿El libro la relata?
—No, nadie estuvo ahí para verla… También esperaba que me lo contaras —Eraldo se veía triste como un niño que pierde un juguete.
Mavia lo miró con recelo. Aunque lo supiera, probablemente no le contaría mucho. Y entonces se preguntó por qué él tenía tantas ganas de ayudarla.
—¿Por qué me trajiste aquí y me dejaste leer esto?
Eraldo se puso de pie.
—Eres una Suprema, yo soy un Dragón. Tú comandas, yo obedezco —simuló una reverencia mientras ponía las manos a los lados del cuerpo.
—¿Eso es todo? —A ella no la convencía, pero era cierto que los Dragones tenían un estricto sentido del deber y lealtad. No eran aficionados a las mentiras y no tenía razones para no creerle.
—Eso es todo. Pensaba que podrías traer a tus acompañantes aquí. No lo parece, pero es una casa grande. Tengo cocina y habitaciones para los niños. Además, estarán más seguros que afuera.
—No hay ninguna amenaza afuera —afirmó ella, con confianza en el lobo que la acompañaba.
—¿Dices eso después de perder a toda tu manada? —la presencia de Eraldo se volvió fría, como si intentara ser intimidante—. Los he estado observando desde que entraron al prado.
Ninguno de ellos se había percatado de que había alguien siguiéndolos.
—Fue un accidente, comieron algo en mal estado.
—Niña... Has visto y vivido demasiado para pensar eso.
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Editado: 06.07.2026