—Mejor un enemigo que puedo ver, que uno oculto a los sentidos —se dijo Mavia mientras volvía con los niños.
No estaba segura de que Eraldo fuera amigo o enemigo, pero si decía la verdad y había amenazas que no podía detectar, entonces era mejor quedarse con él, aunque no le gustara la idea.
El rocío matutino anunciaba el final de la noche. La suave brisa que empezó a correr entre los árboles hizo tiritar a Irina hasta despertarse. Mavia llegó solo un momento antes de que abriera los ojos. Aren y Leo dormían uno encima del otro, sin mostrar señales de despertar pronto. Probo permaneció vigilante hasta ver la silueta de Mavia acercarse, y solo entonces pudo cerrar los ojos un rato.
Su descanso no duró mucho, pues un grito agudo lo volvió a poner en alerta de inmediato. Irina saltaba de un pie a otro sin parar de gritar. Nadie entendía qué le pasaba hasta que, corriendo de puntitas, fue hasta Aren y lo tiró del lomo de su hermano.
Ahora se podía ver con claridad que una enorme masa babosa estaba trepando por la espalda del niño. Era del tamaño de un tronco y rosada como un cerdo. No tenía ojos ni boca y de su piel se escurría una baba transparente, pegajosa como savia de árbol.
Aren despertó confundido por el golpe y empezó a llorar del dolor. Para cuando se dio cuenta de que algo reptaba en su espalda, Mavia ya lo había agarrado de una pierna y puesto de cabeza. Con la mano libre, tironeó el gusano hasta que pudo despegarlo. Soltó al niño haciendo que cayera de cara al piso. El pobre salió corriendo a refugiarse en las garras de Probo mientras se restregaba las lágrimas por toda la cara. Ahora Mavia batallaba para sacarse de encima aquel asqueroso bicho.
Con la ayuda de un palo logró despegarlo de su mano. Lo arrojó lejos. Cuando tocó tierra, el animal empezó a escarbar hasta desaparecer. Si bien solo era un gusano, no pudo evitar pensar que a ese tipo de peligros se refería Eraldo. No tenía idea de qué criatura reptaba bajo sus pies. ¿Y cuántas más habría? ¿Sus lobos habrían sido víctimas de un animal semejante?
Debían ir a un lugar más seguro y la casa de Eraldo era la única opción por el momento. Como pudo, les explicó a sus acompañantes lo que pensaba; les habló del Dragón y de la cueva llena de libros. No tuvo que convencer a Irina de ir: ella estaba deseando volver. Aren no podía entender nada y Leo seguiría a Irina donde fuera.
Así, el pequeño Aren montó al lomo de Probo y, con Irina marcando el paso junto a su hermano, emprendieron el camino hacia la cueva. Mavia iba caminando detrás de ellos cuando se percató de que la piel de su mano se había puesto roja. Con cada paso, el color se iba extendiendo por su cuerpo hasta cubrirlo por completo. Tenía la respiración agitada y le fallaba la vista. Ni siquiera se dio cuenta de cuándo llegaron.
Eraldo los estaba esperando con la puerta abierta, por lo que Irina entró primera. Saludó enérgicamente a su hospedador y, con una alegría desbordante, presentó a su hermano y demás acompañantes. Todos fueron cálidamente recibidos.
—¿Dónde está Mavia? —preguntó Irina al no verla detrás de Probo.
El lobo retrocedió sobre sus pasos solo para encontrársela desplomada en el piso, justo antes de entrar a la casa. Probo la arrastró con el hocico hasta llevarla dentro. Irina gritó de la impresión al verla. Estaba hinchada y cubierta de sudor. Eraldo la levantó en brazos y la llevó hasta una recámara trasera. Había una mesa llena de papeles y algunas vitrinas con elixires, calderos y otros artefactos. Todos lo siguieron preocupados.
—¿Qué le pasa? —le preguntó la niña.
—Estuvo en contacto con una Larva de Tierra, ¿verdad? Son animales muy venenosos; no hay que tocarlos con las manos desnudas.
—Aren lo tuvo en la espalda y no está así —señaló mientras inspeccionaba al pequeño.
—La espalda del niño está cubierta por ropa; el veneno no traspasa la ropa muy rápido. Deberías quitársela antes de que la absorba.
Estaba por sacarle la remera cuando el Dragón la detuvo.
—No lo toques con las manos —le extendió dos pedazos de papel—. Usa esto para cubrir tus dedos.
Usando el papel como si fueran guantes, le sacó la remera al niño. Después se dedicó a observar lo que hacía el Dragón. Corría de un lado a otro de la habitación, susurrando cosas que no llegaba a entender. Recolectaba frascos cuyo contenido era vaciado en un caldero y mezclado con algunas hierbas.
Irina no solo estaba intrigada por el accionar del hombre, sino también por la situación de Mavia. Tenía entendido que las criaturas eran fuertes, y que ella era la más fuerte de todas. ¿Cómo era posible que el veneno de un gusano la dejara así? Era una cosa más en la que su madre le había mentido. No podía estar más desilusionada.
Eraldo hizo que Mavia bebiera lo que había preparado, aunque le costó trabajo ya que estaba prácticamente inconsciente. Luego la llevó a la habitación donde la dejó descansar junto con sus demás invitados. Aunque se ofreció a dejarles una habitación a cada uno, ellos insistieron en quedarse juntos. Irina, además, pasó el resto de la noche y del día cuidando a Mavia hasta que abrió los ojos.
—¡Despertó! ¡Señor Eraldo! Mavia despertó —salió gritando en busca del Dragón, pues este le había dicho que le avisara en cuanto despertara.
—Vaya, eso fue más rápido de lo que esperaba —confesó el hombre mientras se acercaba a revisarla.
—¿Qué pasó? —susurró Mavia como pudo.
—Fuiste envenenada por una Larva de Tierra. Si hubieran tardado un poco más en llegar, se te hubiera desprendido la piel de la carne.
Irina hizo un gesto de asco y horror. Solo de imaginárselo le daban escalofríos.
Mavia suspiró.
—Envenenada por un bicho… ¿podré caer más bajo?
#3888 en Fantasía
#791 en Magia
fantasa magia y accion, magia acción, magia aventura dragones
Editado: 06.07.2026