Inmortal

14.

Más tarde, ese mismo día, Eraldo estaba preparando un poco del remedio que le había dado a Mavia en la noche. Esta vez iba despacio. Calmado. Se tomaba su tiempo en seleccionar cada hierba y contaba las gotas de cada elixir que vertía en el caldero.

Incluso se daba el lujo de tararear una horrenda sonata que Irina describiría como irritante y aburrida. La niña lo observaba desde la puerta, esperando reunir el coraje para entrar a hacerle las preguntas que tanto quería responder.

—¿Te vas a quedar ahí todo el día? —le preguntó el Dragón, cansado de sentir su mirada en la nuca.

Irina entró y se paró junto a él. Apenas podía ver por unos centímetros sobre la gran mesa de piedra. Intentó pararse sobre la punta de sus pies, pero no hizo mucha diferencia. Eraldo hizo un poco de espacio y la sentó sobre la mesa.

—Eres una niña curiosa, ¿verdad? —le dijo sonriendo—. ¿Quieres ver todo lo que estoy haciendo?

Irina no respondió. Tenía la vista fija en el caldero. Su expresión denotaba tristeza e intriga. No tenía la misma expresión alegre que antes y no pasaba desapercibido para nadie. Eventualmente, Eraldo se preguntó qué le pasaba. El silencio lo había puesto más incómodo y aún le quedaba mucho por hacer.

—¿Qué problema te aqueja, niña? —le preguntó sin mirarla. Ella no respondió, así que continuó—: Estás muy callada y tienes una expresión de llanto tatuada en la cara.

—¿De verdad eres un Dragón? —Eraldo la miró. Tenía los labios arrugados, como un bebé a punto de llorar, y los ojos cristalizados.

—Lo soy.

—¿Y Mavia es una Suprema?

—Lo es.

El rostro de Irina pareció iluminarse un poco. El pobre Eraldo estaba muy confundido. Parecía que lo único que preocupaba a la niña era su raza y la de Mavia; algo extraño para él.

—¿Podrías contarme historias de ella?

—Bueno… supongo que puedo hablarte de algunas cosas que leí mientras termino con esto.

La siguiente hora fue emocionante para la pequeña. Se sintió infinitamente extasiada al escuchar los relatos de su madre a través del Dragón. Por fin podía estar segura de que no habían sido mentiras ni engaños baratos. No eran cuentos para dormir ni para llenarle de miedo el corazón: era la verdadera historia de la Suprema Mayor Mavia.

Ahora solo había un problema, una pregunta que reservó para el final de los relatos. Cuando Eraldo pasó la mezcla del caldero a un cuenco, listo para llevárselo a Mavia, y cuando explícitamente le dijo que la conversación había terminado y que tenía que irse, le lanzó la pregunta que más la estaba atormentando:

—Eraldo —lo llamó antes de que cruzara la puerta. Este se dio la vuelta expectante—. Si ella es realmente la protagonista de todas esas historias, ¿cómo es posible que la envenenara esa larva?

Eraldo no supo qué responder. A él también le había llamado la atención el suceso, entre otras cosas que había observado desde que entraron al prado.

—Es una interesante pregunta. ¿Por qué no vamos a hacérsela?

Irina bajó de la mesa de un salto y pasó por delante de él.

—Vamos.

Mavia carecía de fuerzas para levantarse de la cama de plumas. Estaba relajada, con toda la recámara sumergida en la penumbra de una vela. La casa no tenía ventanas, así que era difícil mantenerla iluminada. Sobre todo ahora que había tantas personas; la estrategia del Dragón de hacer que la bolita de luz del techo lo siguiera por todas las habitaciones ya no era tan útil.

Su calma fue abruptamente perturbada por la luz enceguecedora que entró por la puerta. Eraldo entró detrás de la pequeña. Mavia intentó incorporarse, pero no pudo sola. Él la ayudó a sentarse y le dio de beber el remedio. Cuando terminó, la volvió a recostar.

—Con esto será suficiente. Mañana va a estar como nueva —le aseguró sonriendo mientras juntaba sus cacharros. Mavia no emitió sonido.

—¿Por qué te enfermaste? —Irina lanzó la pregunta sin recato. Los niños no suelen tenerlo.

—Porque me envenenó un bicho —le respondió con simpleza, como si la niña no entendiera lo que pasaba cerca suyo.

—Eres una Suprema, no te envenenan los bichos —le respondió con la misma soberbia, con la misma molestia de explicar lo evidente.

Mavia abrió los ojos y la miró con recelo.

—¿Qué sabrás tú de las Supremas? —Irina iba a responder, pero ella se le adelantó—: ¡Ah! Ya sé. Sabes lo que la mentirosa de tu madre te dijo.

Las palabras cortaron el corazón de la pequeña. Ella sabía que su madre se había equivocado en muchas cosas, pero ¿le había mentido? A estas alturas, debía empezar a creer que sí. Y eso le dolió. Se fue corriendo a llorar con su hermano y a quejarse de la horrible Mavia.

Eraldo observó la situación sin decir nada hasta que la niña se fue. Lo sospechaba desde que entraron al páramo, pero la hostilidad repentina de Mavia se lo confirmaba: estaba escondiendo algo.

—Eso fue cruel —le dijo sentándose a los pies de la cama—. Es una niña pequeña que perdió a su madre y convirtió en bestia a su hermano. No necesita que la trates así, ni que mancilles la memoria de su madre.

—¿Te pedí tu opinión? —Ella ni siquiera lo miró—. Vete. Quiero dormir un poco.

Eraldo se rio con ganas.

—Los dos sabemos que tú no duermes.

Le dedicó una mirada gélida.

—¿Qué quieres?

—Quiero ayudarte, pero no puedo si no eres honesta. —Solo hubo silencio hasta que continuó hablando—: La pequeña tenía un excelente punto. Las Supremas no se envenenan por bichos como humanos ordinarios. Además… no rompiste el encantamiento del prado, no revertiste el hechizo en Leo, no duermes, no sabes cómo llegaste aquí. No hay que ser un genio para ver que algo pasó.

—¡No sé qué pasó!

—Está bien —intentó calmarla con una voz suave, poniendo su mano encima de la suya—. Podemos descifrarlo juntos. Dime qué es lo que sabes.

Apretó los labios frustrada. Después de todo lo que había pasado ya no tenía claro cómo confiar en otra persona. Su propia madre la había traicionado. ¿Cómo se vuelve de eso? No quería contarle lo débil y vulnerable que era. No quería decirle que necesitaba ayuda desesperadamente. Pero la necesitaba. Tal vez el Dragón, que parecía saberlo todo, podía curarla.




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