Inmortal

15.

Al otro día, Mavia estaba totalmente renovada. Se reunió con los demás en la cocina. Aren mordía una fruta roja jugosa sentado al borde de una mesada de piedra gris.

Leo y Probo estaban comiendo en el piso. Eraldo le dio un cuenco a cada uno. El contenido tenía un aspecto grumoso y olía parecido a la carne asada. Ambos parecían disfrutarlo. Irina estaba al lado de Aren, sentada en una banqueta de madera observando a Mavia con enfado. Comía un pan untado con miel que Eraldo acababa de sacar del fuego para ellos. Había hecho tantos que la niña no podía contarlos.

Mavia se sentó en otra banqueta frente a Irina y tomó uno de los panes directo de la fuente.

—¿Dónde está Eraldo? —preguntó llevándose el pan a la boca.

—Biblioteca —respondió Irina, sosteniendo su mirada acusadora.

El pobre Dragón había estado trabajando sin descanso.

—¿Encontraste algo? —Su voz se infiltró entre las pilas de libros que rodeaban al hombre hasta llegar a sus oídos.

—Desafortunadamente no. —Con esfuerzo, se puso de pie. Había estado sentado en el piso tanto tiempo que se le entumecieron las piernas—. Ninguno de mis libros habla de su mal. Lo siento.

No le sorprendió la respuesta. Habría sido un milagro encontrar la solución a todos sus problemas en la biblioteca de un anciano.

—Bueno, supongo que eso es todo.

—Tengo otra opción para usted, Majestad. —Parecía dubitativo, como si no estuviera convencido de lo que iba a decir. Ella lo interrogó con la mirada—. No lo sugeriría si hubiera otra opción, claro. Y es que no creo que la haya…

—Habla —lo apresuró—. ¿De qué opción se trata?

—Estoy seguro de que un inmortal debe tener la respuesta a su pregunta. Creo que preguntarles sería una idea productiva.

El rostro de Mavia vagó entre el desconcierto y la burla.

—¿Preguntarle a un inmortal?

—¡Sé cómo suena! Pero no lo propondría si no creyera que es la única opción.

El sonido de su risa reprimida retumbó en su pecho.

—¿Cómo pretendes hacer eso?

—Pues de la misma forma que lo hacían los primeros habitantes de estas tierras: usando el Espejo de la Muerte.

Mavia abrió los ojos como platos. De niña había escuchado la leyenda del espejo, pero era simplemente una historia. No había registros que probaran su existencia, y vaya que los había buscado.

—¿Tú sabes cómo encontrarlo?

Eraldo la miró fijamente, como si tratara de leerle la mente.

—Sígame.

Se internaron juntos en los recovecos de la casa; resultó que era terriblemente grande. Perdió la cuenta de cuántas escaleras bajó. Sus pasos resonaban en la oscuridad; ni una gota de luz se filtraba en ese lugar. Sus ojos se habían ido acostumbrando a la sombra, así que no tenía problemas para ver. Distinguía claramente a Eraldo delante de ella, quien parecía moverse con una agilidad mayor a la que se esperaría para alguien de su edad. Se preguntó qué edad tenía. Aunque quiso hacerle la pregunta, el silencio le quitaba las palabras. Generaba una sensación tan intensa que no se sentía segura de esbozar palabra. Tenía el presentimiento de que algo más la escucharía, algo que escapaba a sus sentidos.

A lo lejos empezó a distinguir una tenue luz que indicaba el final del camino. Al llegar, tuvo que cerrar los ojos un momento. Mantuvo su mano apoyada en la pared de piedra y no dio ni un paso hasta que no los pudo abrir.

En el medio de la habitación había una pequeña hoguera siendo alimentada con troncos secos por Eraldo. No generaba humo ni calor; solo producía luz. Detrás de esta había una placa de oro redonda. Fina como un pelo, estaba apoyada sobre un pedestal sostenida por un soporte de madera.

—Helo ahí —dijo el Dragón señalando la placa dorada—. El Espejo de la Muerte.

Mavia se quedó atónita. Ahí estaba, al alcance de su mano, uno de los artefactos más poderosos y buscados en la historia de las criaturas.

—¿Cómo es posible? ¿Cómo tienes esto?

—Es una larga historia, luego se la puedo contar. Ahora, déjeme explicarle cómo funciona. Venga.

Le hizo señas para que se acercara. Con cautela, se paró donde él le indicaba, justo enfrente del espejo. Podía ver su reflejo distorsionado en el oro, resaltando las marcas rojas que recorrían su piel.

—Ponga su mano sobre el espejo y diga su nombre; luego llame a la muerte por el nombre que usted conoce y dígale que venga.

Cuando Mavia elevó la mano para cumplir con las instrucciones, Eraldo la sujetó.

—Debo advertirle que, si la muerte se disgusta, le quitará la vida.

A ella no podía importarle menos. Su vida debió terminar enfrentando a los Titanes. De hecho, tenía varios reclamos que hacerle a la muerte. Apoyó la mano sobre el fino metal, cuidando de no ejercer mucha presión.

—Ícaro, Mavia. Ordeno a la muerte presentarse ante mí. —Retiró la mano de la placa, solo para ver que nada había pasado—. No funcionó.

Eraldo negó con la cabeza.

—Lo hizo mal; tiene que llamarla por el nombre que usted conoce.

Pensó un momento y luego lo volvió a intentar.

—Ícaro, Mavia. Le ordeno a Morti presentarse ante mí.

Cuando retiró la mano, comenzó a formarse una imagen diferente en el oro. Era difícil de distinguir; solo se veía una silueta borrosa de algo que no tenía forma humana.

—Tiempo sin saber de ti, querida mía —la voz emanaba del oro haciéndolo vibrar. Resonaba grave y firme, haciendo que se le erizaran los pelos. Lejos de sonar agresiva, parecía atrapante. Incluso podía detectarse algo de alegría—. ¿A qué debo el placer de tu llamado? —le preguntó despacio. Se tomó su tiempo para pronunciar cada palabra.

—Después de la pelea con los Titanes, aparecí en una tierra desconocida y habiendo perdido todo mi poder. Quiero recuperarlo y pienso que tú podrías ayudarme.

El silencio volvió pesado el ambiente. Mantuvo la vista fija en los dos puntos plateados que resaltaban sobre el oro. Solo eso probaba que la muerte seguía con ellos.




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