Inmortal

16.

Cuando Eraldo se adentró en la cocina, encontró a Aren arriba de la mesada chupando una fruta. Leo vigilaba que no se cayera e Irina los miraba sentada en una banqueta, a solo unos pasos de ellos. Mavia estaba al otro lado de la habitación masticando un pedazo de pan. El silencio era brutal.

—¿Qué les parece si hacemos algo dulce de comer? —se frotó las manos incómodo. Nadie respondió—. Vamos, va a ser divertido.

—No es lo mío —sentenció Mavia saliendo de la habitación.

Irina le dedicó una mirada de desagrado.

—¿Y qué es lo tuyo? —increpó la niña.

Mavia la escuchó, pero no se dignó a responder. Eraldo respiró profundo. «Con que así estamos», pensó. Tomó un par de utensilios e ingredientes y empezó a hacer la mezcla para una tarta de zanahoria.

Irina se acercó a ayudarle. Estaba enfurruñada; pelaba las zanahorias con violencia y murmuraba insultos.

—¿Quieres hablar de lo que te molesta? —indagó el Dragón, estirando la masa.

—Nada me molesta.

—Esa zanahoria no te cree —señaló la verdura maltratada en su mano—. Y yo tampoco.

—¡Es una impostora! —escupió rabiosa—. ¡Una farsante!

—¿Crees que no es quien dice ser? —respondió calmado.

—¡Claro que no! —arrojó la zanahoria sobre la pila de cáscaras—. La Mavia de la que hablaba mi madre era fuerte y poderosa. Ella es inútil. Ni siquiera puede curar a Leo.

El nombrado paró las orejas.

—Eso no la hace una impostora. —Colocó la masa en un molde redondo y acomodó los bordes para que no rebalsen—. ¿No es posible que tuviera problemas y por eso ya no sea la misma? ¿No es posible que tu madre también exagerara en sus cuentos?

Irina lo miró furiosa.

—¡¿Por qué la defiendes?!

—No lo hago. Solo te hago pensar a ti.

La niña resopló y mantuvo la boca cerrada un rato. Eraldo cortó e hirvió las zanahorias mientras tanto.

—Es que no entiendo por qué no nos ayuda —replicó después de un rato—. Se supone que es todopoderosa.

—No puede. —Eraldo le dio un mortero para aplastar las zanahorias.

—¿Por qué? —La pasta naranja despedía un olor delicioso al mezclarse con la canela. Era relajante.

—Tuvo un problema y ahora no puede usar su poder.

Irina lo miró con los ojos bien grandes.

—¿Cuándo? ¿Qué le pasó?

—No sabe. Lo último que recuerda es estar peleando y luego despertó en estas tierras. Sin magia ni armas. Nada.

Hizo un puchero. Le pasó la mezcla y se cruzó de brazos.

—Los Titanes deben haberle hecho algo.

Eraldo se quedó tieso sosteniendo la mezcla.

—¿Cómo sabes de eso?

—Mi madre nos contó la historia de la batalla.

Estaba desconcertado. No era un secreto lo que había pasado, pero que una humana supiera al respecto era demasiado, más en esas tierras. El único registro de esos hechos estaba en su hogar.

—¿Cómo se llamaba tu madre? —Se le ocurrió que tal vez no había sido una humana ordinaria; tal vez en algún libro se hablaba de ella.

—Katrina —sonrió al recordar su bello rostro—. Del Río.

El nombre no le sonó conocido.

—Bonito nombre.

Se quedaron en silencio un rato. Solo se escuchaban los balbuceos de Aren y el ruido de los objetos con los que estaban cocinando.

—Al menos podría enseñarme magia —alegó metiendo la tarta al horno de leña—. Así yo lo curo.

—Tal vez sea mucho para ella ahora, pero yo puedo hacerlo, si gustas.

—¿De verdad? —Él asintió—. ¡Qué bien!

Se puso a saltar eufórica por toda la cocina. No hubo más berrinches.

Un par de días después, Eraldo ya le había enseñado lo básico. Irina aprendía más rápido de lo que él esperaba por ser humana. Leo también podía hacer algunas cosas, pero su condición lo limitaba. En poco tiempo, Irina pudo absorber y controlar pequeñas cantidades de energía; logró conjuros sencillos como hacer chispas con los dedos y cambiar el color de las flores.

Una tarde, Mavia se acercó a observar la clase del Dragón. Estaban fuera de la cueva, como siempre, a solo unos metros de la entrada. Se sentó contra la piedra y se quedó observando en silencio junto a Probo. Aren se acercó cuando los vio. Había estado agarrado de la túnica de Eraldo toda la tarde esperando que jugaran con él; cansado de esperar, se sentó en el regazo de Mavia. Se acurrucó en su pecho para dormir una siesta. Mavia lo rodeó con sus brazos para que no se cayera al quedarse dormido.

Aquello ya se les había hecho costumbre. El pequeño no dormía si no era acurrucado con alguien: Leo o Probo eran los elegidos en la noche y Mavia durante el día.

Cuando Eraldo terminó con la lección, se fue a sentar junto a ellos.

—Me impresiona lo rápido que aprenden. —Le crujieron las rodillas al sentarse—. Ningún humano maneja tan rápido y tan bien la magia como esos dos. No sin una Sombra dentro.

—La niña ya tenía un buen control —respondió tajante, desinteresada por la charla.

—Eso es más que buen control —señaló a la pequeña (había pequeños fueguitos saliendo de las puntas de sus dedos)—. Ella sabía hacer algunos trucos porque su madre le enseñó, pero eso es diferente. No debería ser tan fácil.

Aren se movió ligeramente, como si le estuviese molestando la charla. Eraldo guardó silencio por un rato. Cerró los ojos para descansar un momento, pero los abrió de golpe al oír un grito de júbilo de Irina. La niña había logrado formar una enorme bola de fuego con la mano. Se la lanzó a Leo y este la devolvió de un golpe. Recién entonces Mavia entendió de qué hablaba Eraldo.

—¿Lo ves? —señaló él con asombro—. O tienen sangre de criatura o son unos prodigios. No hay más explicaciones.

—La madre era humana. ¿Qué hay del padre? —Por fin mostraba un poco de interés en el tema.

—No lo conocieron y su madre nunca les dijo el nombre. La busqué a ella en mis libros, pero no hay menciones.

—¿Cómo se llamaba?

—Katrina Del Río.

—¿Katrina? —Los ojos de Mavia destellaron al fulgor de un recuerdo casi enterrado.




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