El té recién salido del fuego humeaba con un agradable olor a vainilla. Mavia se había hecho espacio sobre un sillón lleno de papeles y polvo en el salón de los libros. Sostenía la taza con una mano mientras Eraldo le servía el té. Con la otra mantenía el cuerpo del pequeño Aren, quien nuevamente se había dormido en su pecho.
Eraldo arrojó un par de libros al piso y se sentó frente a ella. El sonido de la madera quemándose en la chimenea rompía el silencio; transmitía una sensación de paz que adormilaba al Dragón.
Los demás niños dormían en la habitación y Probo se había quedado afuera, aullando a la luna llena. Aunque les resultó un poco molesto, no le dijeron nada. En su manada, la primera luna llena después de una muerte se entonaba un aullido de tristeza; más agudo, más largo y más sonoro que los demás. El lobo debía llorar a su familia como era debido, aunque todo el bosque lo oyera.
—¿Entonces vas a decirme cómo lo supiste? —comenzó el Dragón después de darle un sorbo al té.
—Pasé mucho tiempo viviendo con un cambiador. Cuando mencionaste que podían ser criaturas, las ideas fueron surgiendo.
—¡Claro! Lo había olvidado. Shion el cambiador, el traidor que fue encerrado junto con Hydna.
Mavia asintió. No sabía nada sobre el destino de sus viejos conocidos, pero tampoco quería saber. Bebió del té; el líquido no tenía sabor en su boca. Eraldo interpretó bien su desinterés y cambió el rumbo de la conversación.
—Supongo que tu olfato tampoco funciona. —Lo miró entre las pestañas—. Yo estoy viejo, lo perdí hace tiempo… Pero tú deberías haberlo olido. —Movió la cabeza de un lado a otro—. ¡Ah! Extraño mis años de juventud.
Mavia lo ignoró.
—Dime… ¿cómo crees que llegaron esos niños hasta aquí?
—¿A qué te refieres? —Giraba la taza con movimientos de la muñeca—. Nacieron aquí.
—Lo dudo… No hay cambiadores de este lado de las montañas.
—La niña ha dicho mil veces que su madre vino del otro lado de las montañas —mencionó Mavia con una expresión pensativa.
—Mmm… Pudo cruzar embarazada o con los niños muy pequeños para recordar el viaje.
Mavia negó con la cabeza.
—Si las historias de Irina son ciertas, ningún niño hubiera sobrevivido a ese viaje. Incluso para muchas criaturas sería difícil.
—¿Para humanos? —El Dragón curvó la comisura del labio.
—Imposible… tal vez —lo pensó un momento—. Con el dominio de una esencia elemental podría haber cruzado.
—Bueno, muchos humanos de estos lares dominan algún elemento. Alguien pudo enseñarle.
Los aullidos de Probo dejaron de escucharse de golpe. Mavia giró el cuello como un búho en dirección a la puerta. Apenas habían pasado unas horas. El ritual no había finalizado y Probo no lo detendría sin una buena razón. Se levantó con cuidado de no despertar a Aren.
—¿Sucede algo? —preguntó Eraldo confundido.
—No escucho a Probo…
Eraldo dejó su té sobre una pila de libros, justo al lado del de Mavia. Para cuando terminó de ponerse de pie, Mavia ya había cruzado el umbral.
Fuera de la cueva, la oscuridad le golpeó fuerte. Sus ojos tardaron en adaptarse al cambio. Escucharon algo que corría entre los arbustos y de repente Probo lloraba de sufrimiento.
—¡¿Dónde estás?! —gritó Mavia.
Eraldo chasqueó los dedos y una llama fría pero brillante se encendió en su mano, iluminando la noche. Frente a ellos, Probo yacía herido mientras una criatura horrenda se preparaba para darle otro mordisco.
El Dragón reaccionó rápido y le arrojó la bola de fuego al pecho del animal. Mavia levantó al lobo como pudo y lo llevó corriendo al interior de la cueva. Eraldo prendió varias antorchas en la entrada y la aseguró con una puerta de fuego. Luego la siguió.
—¿Qué era eso? —preguntó Mavia mientras presionaba la herida del lobo con ambas manos.
Eraldo corrió hasta la sala posterior y volvió con una caja llena de cosas. Hizo que Probo bebiera una sustancia amarillenta. Apartando a Mavia, posó las manos sobre la herida. Una luz blanca muy suave se esparció sobre el cuerpo del animal. La respiración de Probo se calmó. La sangre dejó de brotar y su temperatura volvió a la normalidad. La herida fue cerrándose hasta dejar solo la cicatriz.
—Era un Vapro —respondió luego de que el lobo estuviera fuera de peligro.
Le sonrió.
—¿Qué es un Vapro? —volvió a preguntar ella.
Eraldo levantó a Probo en brazos y lo llevó a una de las camas libres. Al volver, se sentó en el sofá, tomó su taza de té y le respondió.
—Es una especie de criatura, tiene un ligero parentesco con las Sombras.
—¿Con las Sombras? —abrió los ojos hasta donde le permitían los párpados.
Eraldo se carcajeó.
—Por fin algo de lo que digo te resulta interesante, niña. —Ella ignoró el comentario. Levantó a Aren y se sentó en el sofá con el niño encima—. Sí, las Sombras no fueron lo único que los Titanes trajeron a este mundo. No hace falta que te lo diga, ¿o sí?
—No, pero… —dudó. Tal vez era una de esas cosas que intentaron enseñarle los Dragones cuando estudió con ellos; una de esas cosas a las que no prestó atención—. No me crucé con esas criaturas antes —agregó.
—No, claro que no. Tus antecesoras se encargaron de eso. Las Sombras son una plaga que no se puede exterminar. Son astutas, buenas ocultándose y guardando secretos. Tampoco es fácil matarlas. —Eraldo pareció buscar algo con los ojos—. Las demás criaturas son… corrientes, por decirlo de alguna manera. Si se las compara con las demás criaturas, las Sombras serían como un Demonio Negro o un Dios. Los Vapros son más como un Gnomo o un Hada.
—¿Y por qué esa criatura está viva? Si mis antecesoras las eliminaron…
—¡Ah! Mi querida Mavia, esa es una buena pregunta. Dime, ¿alguna vez oíste hablar sobre qué hay más allá de las montañas? —Ella negó con la cabeza—. ¿Alguna vez te preguntaste por qué las razas más fuertes radican al pie de esas montañas?
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Editado: 31.07.2026