Después de que el pequeño Leo recuperara su humanidad, los días pasaron rápido y tranquilos. Los días dieron paso a los meses. Los colores de la arboleda fueron menguando de verdes brillantes a amarillos chocolatosos. Las hojas pintaron el césped y desnudaron las ramas. El más pequeño de los inquilinos disfrutaba el sonido de las hojas crujiendo bajo sus pies.
Los niños dejaron de andar solos por el páramo durante el día; alguien debía ir siempre con ellos. Se les prohibió salir después del atardecer. Aren se apegó mucho más a Mavia durante ese tiempo: dormía, comía y jugaba solo con ella cerca. Irina, por el contrario, cada vez estaba más recelosa de la mujer que la había llevado a vivir en una cueva; no desaprovechaba ninguna oportunidad para mostrar su desdén con algún comentario punzante o gesto grosero.
La niña se mantuvo aprendiendo el arte de la magia. Leo fue perfeccionando su habilidad para cambiar de forma; de a poco, pudo convertirse en un venado. Eraldo trató por todos los medios que la sangre de cambiador floreciera en Irina, pero no tuvo éxito. La niña no podía cambiar de forma.
—No tiene caso que sigamos forzándolo —le dijo una tarde—. No eres capaz de aprender más que magia ordinaria. En tu cuerpo, la sangre de tu madre predomina.
Irina explotó en llanto colérico y se negó a practicar magia por tres días enteros. Terminó volviendo con más ganas cuando descubrió que Aren pudo soltar pequeñas brisas de los dedos. Algo parecido a la furia le salía por los poros. Su magia se estaba volviendo peligrosa, errática. A Mavia le recordaba sus días estudiando con los dragones; le recordó cómo las emociones se le salían de control y… recordó el día del sol negro. Pero no dijo nada. Confió en la experiencia y sabiduría del Dragón, hasta que un día las cosas se salieron de control.
—¿Qué tienes ahí? —Aren se acercaba corriendo a Mavia con algo entre las manos—. ¡Ah! ¿Es otra flor?
El pequeño de la casa era un alma sensible; adoraba recolectar flores e insectos. Eraldo creía que era su forma de mostrar afecto. Por un segundo, Mavia pareció esbozar una sonrisa al recibir la flor. Lo siguió mientras el niño corría a buscar otra. Al mismo tiempo, Irina y Leo estaban entrenando. El Dragón creía que era buena idea que aprendieran a defenderse, pues el mundo es peligroso y el páramo no era la excepción. Mavia ya le había advertido que Irina no parecía lista; pensaba que no era buena idea enseñarle magia ofensiva a tan temprana edad, pero él se carcajeó.
—Me alegra mucho saber que te preocupas por ella —le dijo el Dragón en tono sarcástico—. Pero ¿a qué edad empezaste a pelear tú? ¿Lo recuerdas?
Mavia pudo discutir, defender su punto, pero eligió guardar silencio. Ya había dicho lo que pensaba; lo demás no era asunto suyo.
—¡Ah! —Irina gritó a su espalda. Fue un grito de frustración, de hartazgo—. ¡No es posible que no pueda hacerlo bien!
Mavia la miró de reojo solo para ver qué había pasado.
—Una flecha de fuego es difícil de hacer y más difícil de controlar. Toma meses de esfuerzo hacerlo bien —intentaba animarla Eraldo—. Adelante, hazlo otra vez.
Inspiró profundo, con los ojos cerrados. El fuego se arremolinó entre sus brazos. Con las señas fue dándole forma de una flecha. Intentó lanzarla y se desvaneció como un suspiro. Entre los chillidos de frustración y los gruñidos de enojo, se oía la espada de madera de Leo golpeando contra un árbol; resultó que el cambiador disfrutaba más de las armas que de la magia. Los ronquidos de Probo llegaban desde la sombra de un árbol cercano.
—La magia responde a las emociones, Irina. Si no las controlas, nunca podrás lanzar esa flecha. —La niña estaba claramente enojada; le lanzó una mirada llena de desprecio. Al Dragón no le importó—. Otra vez.
Todo se repitió, pero esta vez, cuando la flecha se desvaneció, Aren soltó una risita. El niño tenía un caracol subiéndole por el cuello; la risa era porque tenía cosquillas. Pero Irina pensó que se reía de ella. La furia la controló. En un instante, el fuego brotó de sus costados volviéndose lanzas puntiagudas que salieron disparadas en todas direcciones a la orden de un grito agudo.
La sorpresa invadió los rostros de todos y el miedo se sumó a los niños. Eraldo vio los picos salir hacia Leo, así que se movió rápido y lo cubrió; los detuvo con un movimiento del brazo. Mavia protegió a Aren con su cuerpo. Los picos se clavaron en su carne como dagas y se desvanecieron instantes después. Probo tuvo suerte de estar tendido en el suelo o nadie habría podido salvarlo. El grito lo despertó; levantó la cabeza con las orejas erguidas.
—Irina… —balbuceó Leo, incrédulo de lo que acababa de pasar.
Ella también estaba incrédula. Asustada y confundida, salió corriendo bosque adentro. Leo intentó seguirla, pero Eraldo lo tomó del brazo y le ordenó entrar a la casa junto con Aren. Probo se fue detrás de la niña.
—¿Está bien? —El Dragón se acercó a Mavia. Era poca la sangre que brotaba de las heridas y ella no mostraba signos de dolor.
—Te advertí que no estaba lista —le dijo ella.
—Lo siento, debí escucharla. ¿Está herida?
—Sí, debiste.
Mavia se fue siguiendo los pasos de Probo. No estaba segura de qué iba a hacer cuando la encontrara, pero sabía que tenía que hacerlo. Eraldo se la quedó mirando desconcertado mientras se alejaba. ¿Acaso Mavia estaba mostrando enojo y preocupación?
—Sería bueno… —murmuró para sí mismo mientras entraba en la casa. El atardecer estaba a solo unas horas y los niños estaban asustados.
A Mavia no le tomó mucho trabajo encontrar al lobo y a la niña. Estaban sentados al borde de un peñazgo, mirando el atardecer. Las lágrimas brotaban de los ojos de Irina como gotas enormes e incontenibles. Sus sollozos apaciguaron el andar de la Suprema, que venía dispuesta a regañarla. Se sentó junto a ellos y solo entonces notó la altura a la que estaban. Nunca se habían alejado tanto de la cueva.
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Editado: 31.07.2026