Probo se quedó junto a Mavia esa noche. Aren durmió sobre el lomo del lobo. Ella volvió a pasar la noche leyendo y pensando. La conversación con Irina la había perturbado. Si sus palabras eran ciertas, ¿de dónde venía su incapacidad emocional?
El lobo despertó al amanecer, pero no se pudo mover hasta que Mavia le quitó al niño de encima. Lo dejó seguir durmiendo en el sillón cubriéndolo con una manta. Su rostro angelical se veía tan pacífico, sin preocupaciones ni pensamientos turbulentos. Al contemplarlo dormir, se encontró con una sensación extraña, como si el niño le transmitiera paz. Probo se acercó a ella y buscó su mano para que le acariciara la cabeza.
Encontró a Eraldo en la cocina. Cortaba unas rebanadas de pan y las iba poniendo en un plato enorme. En el centro del plato había distintas mermeladas y algunas frutas.
—Buenos días, Alteza —le dijo, simulando una reverencia.
—No me llames así —se sentó en una butaca frente a él. El Dragón sonrió divertido—. Tengo algunas preguntas para ti.
—Claro, ¿qué quiere saber? —Dejó el cuchillo a un lado.
—La falta de corazón me volvió fría, ¿verdad?
Los labios del Dragón formaron una línea recta. Se debatió entre decirle lo que quería escuchar o lo que pensaba. Al final, optó por lo segundo.
—No, no lo creo.
—¿Y qué crees que pasó?
—Creo que no pudo sobreponerse a lo que su madre y su hermana le hicieron. Sumado al abandono de su amado y a la culpa de saber que les había hecho daño. —Buscó permiso con la mirada para seguir. Ella estaba inexpresiva, como siempre—. Creo que, a un nivel que no entiende, simplemente decidió apagarlo todo —continuó—. La ausencia del corazón lo hizo mucho más fácil. Eso creo.
Mavia se removió incómoda en la butaca. No le gustaba, pero tampoco era irracional. Al contrario, parecía plausible.
—También pienso que no es tan cierto lo que dice. —Él se sentó frente a ella—. No es una persona expresiva; las emociones le cuestan, sí. Pero están ahí. Lo veo en cómo trata a esos niños, a Probo… a mí. Estoy seguro de que, si se deja llevar, va a lograr recuperar su sentir.
Se quedaron en silencio el tiempo suficiente para que se volviera incómodo. Eraldo volvió a los panes, pero Mavia se quedó en el mismo lugar.
—¿Tiene algo que ver con perder mi poder? —preguntó después de pensar un rato.
—Lo consideré, pero si fuera eso, lo habrías perdido mucho antes. —La miró con lástima; sabía lo difícil que era para ella sentirse débil—. Aunque creo que sí ayudaría que pudieras conectar contigo misma. Después de todo, la magia responde a las emociones. Al deseo. Sería más fácil recuperarlo si pudieras sentir algo.
El Dragón puso los últimos pedazos de pan sobre el plato y se fue a buscar a los niños. El ruido silbante de la tetera invitó a Mavia a sacarla del fuego. Vertió el contenido en cinco tazas, previamente llenadas con hierbas. Los pequeños hicieron muecas por la amargura del té; no era el que Eraldo solía servirles. La Suprema había confundido los frascos.
Irina se negó a entrenar ese día. Y al siguiente, y al siguiente. Pero Leo siguió aprendiendo con la espada. Incluso Mavia se unió al juego. Pasó la tarde entrenando con el niño, enseñándole algunos trucos y movimientos; cosas que Eraldo ya era viejo para enseñar.
Sus pies se movían con ligereza en la hierba fresca. Por primera vez en mucho tiempo, una chispa de alegría destelló en su mirada, derritiendo las gélidas facciones que llevaba tatuadas. Pero no fue hasta que sus pies se enredaron con los de Leo y ambos cayeron al suelo como bolsas de papas, que una risa profunda se escapó de su garganta, acompañada por la risa angelical del niño.
Fue genuino, dulce y único. Tan natural y espontáneo que nadie notó lo que pasó. Ni Mavia se dio cuenta de lo que había experimentado. Irina los miraba desde lejos, medio escondida detrás de un árbol, con envidia y recelo. Ella también quería formar parte de la alegría de su hermano.
Mavia la vio cuando se levantó.
—También puedes aprender si quieres —le dijo al acercarse—. Es más fácil y seguro que la magia.
Ella no respondió. Solo la miró con desdén y se alejó. Probo la siguió. Aren se acercó a Mavia levantando una flor por encima de su frente. Ella la tomó dándole las gracias. El niño sonrió y se dirigió hacia Leo. También le dio una flor. Leo le dio una espada de madera y empezaron a jugar entre ellos.
—Eraldo. —Mavia se había acercado al anciano, quien estaba disfrutando de la calidez del sol. Hizo un sonido para hacerle saber que la escuchaba—. Aren, ¿no debería hablar?
El Dragón se incorporó. No se le había cruzado por la cabeza, pero era cierto. El pequeño ya rondaba los seis años; era raro que no emitiera sonidos.
—Bueno, lo revisé de pies a cabeza —dijo el Dragón mientras se sentaba en el sillón de la sala de libros—. No hay ninguna razón física para que no hable.
Ya era casi de noche. Mavia y Leo recién entraban en la casa. Habían pasado el día entrenando. Él fue a asearse y ella se quedó conversando con el Dragón.
—¿Y por qué no lo hace?
Él se encogió de hombros.
—No lo sé, tal vez no quiere.
—¿En serio? ¿No se te ocurre ninguna explicación mejor?
—No sé tanto de humanos como crees. Mis conocimientos se limitan a estos libros —señaló toda la habitación con un giro de la muñeca—, y no hay mucho de ellos.
—Mavia —la llamó Leo desde la puerta que conectaba con el resto de la casa. Ella y Eraldo lo miraron—. ¿Dónde está mi hermana? No la encuentro.
—¿No entró contigo? —le preguntó Eraldo a Mavia.
Ella negó con la cabeza.
—Se fue enfurruñada al bosque hoy temprano, Probo la siguió. Pensé que ya estaban aquí dentro.
—Iré a buscarla. —El anciano Dragón se puso de pie, seguido por Mavia.
—Iré contigo.
—Yo también voy —gritó Leo.
—No —sentenció Mavia—. Es peligroso. Tú cuida de Aren.
Tomaron un par de antorchas y se adentraron en la oscuridad del bosque. Supusieron que había ido al peñasco, como hacía todas las veces que se alejaba del grupo. La encontraron sollozando, sentada en el borde, con Probo medio dormido apoyando la cabeza sobre sus piernas. Se sentaron uno a cada lado. Las luces ya brillaban en el cielo.
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Editado: 31.07.2026